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¿Cantinas para mujeres?

Cantina

Carolina Alvarado

La mujer que camina delante de mí se detiene frente a una cantina en El Calvario, abre las puertas abatibles, mete únicamente la cabeza, echa una mirada y sigue su camino; unos metros más hacia el centro llega a la cantina La Estrella, sube el primer escalón y se detiene ante el letrero que le advierte que en ese local no se tolera que las mujeres entren. Aun así, al mero estilo western, abre las persianas de par en par ¿cuándo abriste tú conmigo las persianas del Tenampa?, mete medio cuerpo, parece que busca a alguien.

Me detengo llevada por la curiosidad de la reacción de los clientes. Adentro, el animado público detiene su algarabía, quedan en suspenso las risas, las anécdotas, la plática o el lance de dados ante la intromisión femenina.

Al parecer no está quien busca. Se va y, aliviados, los contertulios continúan su misión etílica y de diversión.

La mujer, de evidente aspecto extranjero, toma foto a la placa que rememora palabras de Malcolm Lowry en su fachada frontal. Llama desde su celular a alguien. Con suave acento sudamericano, dice:

–No dejan entrar mujeres en La Estrella y la otra tampoco es como las de la Ciudad de México. ¿No hay en el centro una cantina como las que te digo?… Noooo, en el Sanborn´s no; el bar es muy aburrido.

Sigue su recorrido guiada por su interlocutor.

–¿La Cueva? Suena bien. Ahí te veo. Vale. Por esta calle bajo todo derecho.

Quizá nota mi interés por su búsqueda y me pregunta si sé dónde está el establecimiento recomendado y cómo llegar a él.

Le doy indicaciones y le preguntó qué tipo de cantinas “parecidas a las de la Ciudad de México” busca. Porque allá  hay de todo tipo de “antros”, le digo.

–Incluso en la calle de López hay unas pulquerías nuevas, con barricas a modo de asientos y aserrín en el piso; obra plástica en las paredes y botana vegana. De esas sí hay varias en el centro, aquí a unos pasos, señalo.

Nada de eso; busca cantinas tradicionales como las que visitó en un tour recientemente en la capital del país.

Los recuerdos de las tradicionales cantinas del centro de la Ciudad de México llegan y busco en la memoria alguna cantina en Cuernavaca como la que persigue afanosamente nuestra visitante.

No sé si hay cantinas que, como las tradicionales en la capital del país, tienen mesas de lisa y brillante superficie para poder hacer la “sopa” del dominó y con porta vasos en sus esquinas para evitar que la fría cerveza caiga sobre las cartas en la partida. Por supuesto, con una hermosa barra que muestre la amplia oferta de vinos y licores y que el enorme espejo deje ver, de espaldas a los parroquianos, el devenir en las mesas.

Una barra baja para descansar los pies; sillas altas y cómodas para esperar, detrás de la barra el soñado “¿lo de siempre?” de tu solícito cantinero enfundado en su traje de aspecto funerario: camisa blanca, chaleco negro y corbatín.

Pero dejemos el anhelado trago servido en barra de caoba, más propio del escritor cubano Leonardo Padura y su sediento protagonista, el detective Mario Conde.

Un establecimiento en el que entraban los tríos a ofrecer un bolero (y qué hiciste del amor que me juraste, y qué has hecho de los besos que te di); el vendedor de flores para “amarrar” la conquista en ciernes; el vendedor de juguetes que hará presa al etílico padre de familia, quien expía la culpa del abandono a su crio llevándole un carrito.

A las cantinas cercanas a los grandes diarios El Universal, Excélsior, Ovaciones, la Revista Siempre –donde se reunían periodistas e intelectuales–, y a las que entraban a vender libros en un atado…

Regreso de mi tour imaginario.

Quizá La Estrella –reflexiono– sería mejor experiencia, pero está restringida la entrada.

Sin ánimo de convocar al manoseado lenguaje de equidad de género, me pregunto: ¿Hay cantinas con esas características exclusivas para mujeres?

Los espacios exclusivos para mujeres distan mucho de la experiencia que busca la sedienta turista.

Los espacios “únicamente” para mujeres funcionan bajo la premisa de que las féminas irán en pos de diversión carnal; ofrecen a sus gritonas clientas los   sexuales contoneos pélvicos de un joven mamadísimo que baila  alguna canción, moderna enfundado en unos jeans rotos y a punto de caerse.

Alejado de las ansiosas manos de las “damitas”, el gogo dancer baila desde una tribuna elevada y cruza miradas con algunas de ellas. El bailarín se arrancará el pantalón y la apretada trusa dejará ver sus atributos.

Ya se sabe, si quieres más que un baile, la tarjeta que te dieron en la entrada dice a quién contactar.

A ellas, a las que van por más acción, les ofrecen mesas cercanas a la pista de baile, donde desfilan jóvenes encuerados casi al alcance las manos; la carta de bebidas les ofrece cocteles exóticos con nombres ridículos, alegóricos al sexo: “orgasmo rosa”, “dame más”… En el lugar hay pantallas con interminables videos de cantantes sexys rodeados de untuosas mujeres.

Sí, en Cuernavaca hay lugares de “sano entretenimiento” que incluyen presencia femenina, les llaman “botaneras” y  tienen como característica común el mal gusto. Son lupanares pringosos y mal olientes; con escasa botana que no va más allá de cacahuates, palomitas y chicharrones de harina, con estridente música de banda o música en vivo que no permite la plática.

Pero si uno caminó muchas calles en el centro y quiere quitarse la sed con una cerveza fría, en un lugar donde el único ruido sea el de las pláticas y la alegría del juego de mesa; los rumores de la historia contada en la confianza de la cercanía; la televisión en audio bajo y el caldo de camarón fuerte y caliente; la sopa de médula y el sope de frijoles muy picantes para la cruda; queridos lectores, todavía hay en Cuernavaca cantinas como el Bar Lido, el Danubio y el …. Donde Mario Conde o una sedienta turista puedan hacer realidad su sueño.

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