
Por Stella Turcato
Ocoxaltepec, Ocuituco.- Aquí donde parece acabarse el mapa, en este día nublado ni siquiera se ve el coloso, cuyo brío reciente nos atrajo desde una ciudad que ignora cuanto pasa acá en lo alto.
Las banderas amarillas en la Ayudantía municipal y uno que otro juego de flechas que indican “Ruta de evacuación” advierten parcamente sobre la cercanía a la zona de influencia del volcán. A no ser por la altitud de 2,350 metros sobre el nivel del mar, y el clima oficialmente templado (yo digo frío) y húmedo de montaña, por momentos se pierde la noción de esa proximidad.
Da la impresión que en este lugar no les preocupa mucho la ira de la elevación más persistente en la retina de cualquiera que haya habitado el paisaje del Centro del país.
–Si es por mandato divino, si está en las profecías, no nos vamos a escapar de ninguna forma –dice don Efrén, a manera de síntesis de su sentir y que, seguramente, compartirán muchos de sus coterráneos. Y no será la única vez que se refiera a dios; de hecho, será la constante en la conversación.
Para tener más de nueve décadas a cuestas, a don Efrén García apenas se le ha ajado la cara. Él nos mira con la razonable curiosidad de quien vive en la calma de un pueblo de poco más de mil 200 habitantes; pero eso sí, nos ve con menos extrañeza que los pocos pobladores que, de dos en dos, nos cruzamos por el camino cuesta arriba.
De historias a historias

En su patio que ahora es de piso firme, el hombre que ha de ser el más anciano de la comunidad, intercala los relatos que se contaban cuando él era un niño con los conocimientos que más tarde adquirió en la formalidad escolar.
–Se decía que el volcán humeaba porque se aparecían dos luceros y se comentaba que el humo era el anuncio de la Revolución de Francisco I. Madero. Después aprendí en la escuela que era la respiración de la tierra; por ahí respira el volcán.
Mientras el nonagenario intenta con gestos apartar a sus perros que no han dejado de merodearlo, me pregunto cómo hará este hombre para conservar tanta lucidez y no presentar visibles deterioros típicos de su edad. Porque él escucha y habla con una gran claridad:
–Ahora estoy formulando unas palabras que voy a decir en el desfile del 16 de septiembre –advierte orondo, al rememorar pasajes de la gesta insurgente que conmemora esa fecha–. He estudiado mirando los libros.
Y da muestras de ello. Son precisas las citas de la historia de México y la ubicación en tiempos, sobre todo cuando habla de la época de Benito Juárez, a quien, se nota, admira por haber consolidado el principio del Estado laico.
También recuerda:
–El primer gobernador que vino al pueblo fue José Refugio Bustamante.
–¿En qué año? –preguntamos, como poniendo otra vez a prueba su ya demostrada memoria.
–Por el ’38.
Y no se equivocó. Después confirmaríamos que ese personaje gobernó Morelos de 1934 a 1938.
Ya no son los canes los interesados en el diálogo. Un gatito de pocas semanas de vida se apodera de la escena. Sus maullidos constantes buscan la atención del longevo que, como todo campesino, le tiene afecto a los animales.
Las remembranzas llegan hasta el gobernador Lauro Ortega y los conceptos se vuelven más opinativos. Habla del PRI de antes y el de ahora, y elogia a su antecesor Partido Nacional Revolucionario.
Devoto del culto Espiritualista, don Efrén se da margen para criticar a la jerarquía católica; y a pregunta expresa, sintetiza lo que, a su juicio, le ha ocurrido a esa institución religiosa.
–A la Iglesia le pasó lo mismo que al PRI.
Y se vuelve más crítico:
–Me da coraje Salinas, porque traicionó a Colosio, al que le di un abrazo en Anenecuilco.
Como si secundara a su amo, al oír el apellido del odiado expresidente de la República, el maúllo del pequeño felino toma un tono de lamento.
El volcán y la volcana, vivos

Casi dos horas transcurridas, con intermitentes referencias a la montaña humeante y ni una sola vez es mencionada por su nombre oficial. Aunque las nubes tapan la estampa del coloso, una serie de tronidos nos recuerda su poderío y los pocos kilómetros que nos separan de él.
–Han de ser truenos. Es la lluvia que viene –Son las conjeturas de visitantes y locales; yo prefiero creerle a don Efrén, que opina al contrario:
–He estudiado en los libros que el volcán y la volcana están vivos y que el volcán tiene el nombre de Goyo.
El veterano campesino que procreó 14 hijos, de los cuales sólo cuatro están vivos, que ha sido objeto de estudio, debido a su religión, por parte de alumnos del Colegio Madrid de México y de una universidad poblana, asegura:
–Las personas de aquí no tienen temor al volcán; hay que tenerle temor a dios.
Don Efrén alterna entre lo espiritual: “Quién de nosotros tiene el corazón limpio”, a lo más terrenal: “Actualmente los políticos están más apartados del pueblo, nomás a su gente ayudan”.
Pero sus creencias religiosas no están desvinculadas al gran cerro que humea, puesto que de algún modo él supone que Don Goyo anuncia la venida del Señor.
Trato de regresarlo al tema que nos trajo hasta este pueblo que, por tener más árboles que gente, huele a pino, a eucalipto. Quiero descubrir qué se siente vivir casi un siglo de cara a la elevación que inspiró al inglés Malcom Lowry.
Junto con su hijo Atanasio, ya me había contado sobre el único desalojo que aquí se recuerde, el de diciembre de aquel memorable año 2000. Pero también sobre los hechos más recientes: cuando a menos de 24 horas de un temblor con epicentro en el estado de Guerrero, se registraron intensas exhalaciones volcánicas.
Atanasio reconoce que, de parte de las autoridades de los tres niveles de gobierno, no reciben suficiente información de cómo organizarse en caso de una emergencia volcánica. Como en cualquier otro peligro, los pobladores se atienen “al toque de campanas”.
Mi corazón no anda en pleito

Esa circunstancia y lo apartados (olvidados) que los veo del centro del poder estatal, me obliga a preguntarle a don Efrén si por esa razón quisiera decirle algo a los que mandan, a los que están en Cuernavaca y poco saben de ellos.
–¿A quién me voy a dirigir? ¿A Graco?
El hombre intenta un discurso que, más que demandante, es de buenos deseos:
–Señor gobernador: muchas gracias, quizá me escuche, soy un humilde campesino, pero tengo 92 años de vida en Ocoxaltepec y ojalá que me escuche y tenga un buen tiempo, un buen trabajo, un buen gobierno…
Si acaso, quien todavía viaja solo en transporte público, se anima a pedir que se respete el descuento de ley en los pasajes para adultos mayores. Nomás eso.
La bondad y sabiduría del anciano quizás se resuma en la frase que me soltó ante tanto cuestionamiento: “Mi corazón no anda en pleito”. La misma que me rondó todo el sinuoso camino de regreso, de olor a pino, a eucalipto.
