El ángel que dios me mandó

Patrulla
Patrulla

Carlos Quintero J.

 

Yo sé dónde está su esposo

Eran cerca de las 4 de la tarde del viernes 28 de septiembre del 2012.

Ella llegó de lo desconocido; con miedo, como espantada, como si alguien la viniera siguiendo, recordaría casi un año después Marina «N».

La mujer se disponía a cerrar su negocio cuando la vio entrar y hablar con su hijo menor.

Era una adolescente de 15 años de edad, ojos claros, cabello castaño, tez blanca; «era una niña linda».

–¡Yo sé en dónde está tu papá! Dile a tu mamá que yo sé dónde está.

Enseguida, el joven se acercó a su madre y le dijo:

–Esta niña dice que sabe dónde está mi papá.

–Acércate, pásate… ¿Cómo sabes en dónde está mi esposo? ¿Quién te mandó? –Preguntó Marina con desconfianza, ya que esa mañana un grupo armado había secuestrado a Miguel, su cónyuge.

Cinco personas, todos delgados, encapuchados y armados, llegaron por él hasta el local de frutas y verduras, ubicado en el poblado de Acatlipa de Temixco, Morelos.

–A ti te andamos buscando ¡hijo de tu pinche madre!–le dijo uno de ellos al tiempo que otros dos lo sometían, apuntado con la pistola a la cabeza.

Lo subieron a una camioneta, Honda Odissey, color arena, con placas del estado de Guerrero, y se lo llevaron.

Marina quedó en shock; no supo que hacer hasta horas después que se presentó la adolescente.

–Lo único que quiero decirle es donde está su esposo. Ahorita su esposo está solo; es el momento.Ahorita puede ir por él –volvió a decir la menor.

–Yo quiero saber dónde está él, pero no puedo ir sola. ¿Estás dispuesta a que alguna autoridad me acompañe?

–Sí–respondió ella.

El tiempo apremiaba, sobraban explicaciones.Ambas salieron del local y caminaron hasta la calle Allende, ahí encontraron una patrulla, adscrita a la Unidad del grupo especial de Base de Operaciones Mixtas (BOM).

Ciro Rodríguez, un agente ministerial comisionado al grupo, observó a la mujer y a la niña que le hicieron señas.

Marina le comento al policía sobre el secuestro de su esposo, él las llevó hasta la instalación provisional del BOM, en el interior del balneario Exhacienda de Temixco.

–¿A qué viene? –le preguntó el guardia del campamento.

–Vengo a denunciar un secuestro que hubo en la mañana.

–Hay uno registrado al diez para las ocho, pero nadie denunció.

–Tal vez le parezca ridículo pero mi trabajo no me lo permitió. No pensé en nada; yo solo quería esperar para saber qué hacer. Vengo ahorita a denunciar.

–¿Y esta niña, qué es de usted?

–Señor, esta niña ni la conozco pero dice que sabe en dónde está mi esposo.

Un sargento del Ejército Mexicano se entrevistó con la mujer y la joven.

Marina narró que esa mañana regresaba junto con Miguel del mercado, ella bajó de la camioneta y después él.

Un grupo de hombres armados se dirigió al negocio y les gritó a los presentes que se tirarán al suelo mientras se llevaban a su esposo.

Todo pasó tan rápido para ella que no pudo asimilar el hecho; mientras, su hijo le preguntaba a dónde se habían llevado a su padre. No sabía qué decir y comenzó a llorar… Lloró mucho.

Los vecinos, y la gente que supo de su tragedia, se acercaron para tratar de darle ánimos, pero ella se sentía como si hubiera sido mutilada de una parte de su cuerpo.

Por momentos se deprimía, pero después trataba de reaccionar y pensaba en sus hijos que la veían sufrir, y creía que debía transmitirles valor.

«Dios mío ayúdalo, ayúdame y dame la fuerza que necesito», se decía a sí misma.

Alrededor de las 11 de la mañana de ese día, uno de los secuestradores le llamó a su teléfono celular, pero contestó su hijo mayor.

El delincuente exigió un pago de 200 mil pesos para liberar a Miguel y le permitió hablar con él. El hombre le ordenó a su hijo que vendiera las dos camionetas que utilizaban para su trabajo para pagar su rescate.

Después de meditar por algunas horas, Marina decidió llamar a un abogado que conocía para pedirle su consejo y saber qué hacer, fue en ese momento que llegó la niña.

–Yo te estoy agradecida sinceramente, sí lo que estás diciendo es verdad–le dijo Marina a la joven.

–Tú no sabes el dolor que yo siento, tú no sabes el momento que estoy viviendo, ahorita que se llevaron a mi esposo siento que no soy nada.

–No llore señora.¿Sabe por qué? Porque su esposo está bien.

–Pero no entiendo porque tú sabes dónde está mi esposo.

La jovencita explicó, ante el militar, que uno de ellos era novio de su prima, y se llamaba David; otro Elías y a un hombre lo identificó con el apodado de El Gallo

, dueño de la casa en la que Miguel se encontraba secuestrado.

–¿Tú cómo sabes el lugar?–cuestionó Marina.

–Porque una vez me invitaron y yo fui–respondió la adolescente.

–Sí nosotros te llevamos a que identifiques el lugar, ¿estás dispuesta a hacerlo?

–Sí.

Rescate con ayuda de una menor

No obstante, ante el probable escenario de un enfrentamiento entre militares y captores, el sargento sacó una computadora portátil y, a través del programa cibernético Google Maps, localizó la casa de seguridad con la información que dio la menor.

– A ver, el lugar ya está ubicado. Es esta la casa y atrás hay un terreno baldío. La calle se llama Alcatraces, es número 160 de la colonia Nueva Morelos de Xochitepec; está atrás de una escuela–dijo el militar a los subalternos.

El mando ordenó cómo debían desplegarse. Ustedes por acá, los otros por allá y así detalladamente.

–¿Sabe qué, señora? Ustedes no nos pueden acompañar, pero aquí se quedan y en cuanto yo tenga reporte de lo sucedido, yo se lo haré saber–le dijo el soldado a la mujer.

Ella y la niña permanecieron en el campamento.

Durante este lapso, Marina le dijo a la niña que se comunicara con sus padres para decirles en donde se encontraba.

–Es que mi mamá no nos va ayudar, señora.

–¿Por qué?

–Porque hay algo de familiaridad y ella no puede comprometerse.

–¿Cuántos años tienes?

–Tengo 15 años.

–Yo no sé qué valor tan grande te movió como para venirme a avisar en donde está mi esposo–dijo la mujer y comenzó a llorar.

Ante el llanto, la adolescente le confesó que la noche previa supo que iban por su esposo. Ella estaba en su casa,lavando trastes, y escucho cómo el amigo de sus padres, El Gallo, y sus primos planearon el secuestro desde hacía una semana.

El día en que ocurrió el hecho, aproximadamente a las dos de la tarde, la menor pasó por el negocio de frutas y verduras y observó a la mujer llorar desconsoladamente.

Después, escuchó que su madre y su tía comentaron que su esposo se encontraba en la casa “del tal Gallo».

Al llegar a su casa, subió a su dormitorio y se acostó en la cama, no podía borrar de su mente el sufrimiento de la familia. Le dijo a su mamá que iba a casa de su prima y decidió avisarles a los familiares de la víctima.

–Yo los vi, señora, tan preocupados, tan angustiados, tan tristes que eso fue lo que me movió a mí a venir otra vez y decirle a usted dónde está su esposo. Porque usted, señora, yo sin saber y sin conocerlos, yo creo que son unas grandes personas.

La mujer agradeció mucho a la niña por exponer su vida, sin esperar nada a cambio. La niña la abrazó y le dijo:

–No se preocupe, ahorita ellos lo van a encontrar.

Al cabo de algunos minutos, sonó su teléfono, era el sargento.

–Señora, ¿cómo es su esposo?–preguntó el militar.

–Es gordito, tiene manchas en la piel, en la cara también.

–¿Qué ropa trae?

–Un pantalón de mezclilla y camisa cafecita.

–Quiero decirle que lo acabamos de rescatar; aquí,en el lugar que la niña mencionó. Eso fue cierto, señora.

Sin embargo,en ese momento, ninguna persona fue detenida; aunque la mujer recordó que la menor le había dicho que también había involucrados policías de Xochitepec, que brindaban protección a la banda.

Los militares y policías rescataron a Miguel, amarrado, semiinconsciente, con las manos y pies hinchados, con el rostro cubierto con cinta canela; abandonado en una casa en obra negra, de dos plantas, sucia. En el piso de arriba había jaulas para gallos, paja y costales para alimento de animales.

Cerca del inmueble, los elementos de seguridad encontraron la camioneta utilizada en el secuestro de Miguel; era un vehículo que había sido robado el 5 de septiembre de 2012.

Debido a las lesiones, la víctima tuvo que ser trasladado al hospital y después a la Procuraduría General de Justicia estatal para rendir su declaración, al igual que su esposa y la niña, quien al ser entrevistada dijo llamarse Leila Cristel.

El hombre se encontraba cabizbajo, sentado. Miró a su esposa y le dijo:

–Gracias, Mari; porque cinco minutos que hubieras llegado más tarde y yo no estuviera aquí. El aire me estaba faltando, las fuerzas ya no las sentía.

Ella le explicó que todo había sido gracias a Leila y que había vuelto a nacer.

Derivado de la investigación, la policía ministerial descubrió que los padres de la menor, Angélica Zapata García y Manuel Macedo Zavaleta, de 35 y 37 años de edad, respectivamente, participaron en el secuestro.

La sentencia

El 15 de julio de 2013, el tribunal, integrado por Leticia Damián Avilés, Elvia Terán Peña y Luis Jorge Gamboa Olea, jueces de Primera Instancia, de Control, Juicio Oral y Ejecución de Sanciones, sentenciaron a 25 años de prisión a los imputados por el delito de secuestro agravado y el pago de 2 mil días de multa, equivalente a la cantidad de 113 mil 400 pesos.

Los demás cómplices: David Lucena, Samuel «N», El Gallo, y la tía de Leila continúan prófugos de la justicia.

El 29 de julio del 2013, el abogado defensor de los sentenciados interpuso el recurso de casación y el 16 de agosto conoció del caso la Tercera Sala, se asignó como ponente al magistrado Miguel Ángel Falcón Vega.

El 10 de septiembre de 2013, se realizó la audiencia y asistieron como abogados defensores Félix Guadarrama Flores y Alfonso Trinidad García, quienes solicitaron la revocación de la sentencia en primera instancia, pero el fallo fue confirmado.

Los magistrados determinaron de vital y oportuna la intervención de la niña y reconocieron sus principios y valores; ya que su bondad, honestidad y valor cívico fue la diferencia, no sólo de frustrar los malévolos planes, sino de salvar la vida de Miguel.

Leila Cristel no quiso regresar a su casa y fue canalizada a una institución gubernamental especializada. Una versión no confirmada, aseguró que la adolescente regresó con uno de sus abuelos.

Aunque Marina siempre expresó su agradecimiento, está a la espera de poder volver a ver a la joven, para apoyarla, ya que la considera, “el ángel que dios me envió”.