
Por Máximo Cerdio
Los cachorros
Ante la mirada de los policías, los hombres rociaron gasolina y prendieron fuego a la primera choza. Dentro, se escucharon pequeños ruidos de animal. Los reporteros gritamos a los incendiarios que eran unos cachorros y que entraran a sacarlos, pero los comuneros sólo abrieron la puerta y desde el humo brotaron dos bolas peludas y ladrantes de color café, de apenas semanas de nacidas, buscando a su madre.
-Yo me lo quedaría pero es muy pequeño mi departamento.
-Yo no puedo, ya tengo perro y mi mujer se va a encabronar si le llevo a otro animal.
Mientras, los críos tatarateaban sobre el piso de tierra.

Eran las 10:30, del jueves 17 de octubre de 2013, había comenzado el desalojo en contra de quienes habitan de manera irregular una parte de la reserva El Texcal, localizada en Jiutepec, Morelos. Eran más de 600 policías de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado (SSP) y cerca de 50 personas que se dijeron ser comuneros de Tejalpa.
No había personas dentro de las chozas: les avisaron un día antes que los lanzarían porque es reserva federal, aunque hubieran comprado “de buena fe”; esto, sin una orden de un juez, como lo reconoció Iván Fernández Galván, subsecretario de Gestión Ambiental de la Secretaría de Desarrollo Sustentable.
La mamá de los perritos

Los incendiarios seguían avanzando, algunos eran muy jóvenes y llevaban paliacates o trapos cubriéndoles la nariz y la boca, más para ocultarse de los medios de comunicación que para protegerse del humo.
Metros más adelante de la primera casa quemada, encontramos a la mamá de los cachorros: una perra canela, flaca, con algo negro en el hocico, quizás un pájaro muerto, asustada. Nos vio y se perdió en la maleza, rumbo al lugar donde la llamaban sus hijos.
Lo incendiarios entraban a las chozas, se asomaban para ver que no hubiera tanques de gas y rociaban gasolina, luego con unos sopletes prendían fuego a los las viviendas, la mayoría de ellas, hechas de tablas y lonas; quemaban, ropa, camas, colchones, trastos.
El calor aumentaba. Una lona de vinil blanca y roja con logotipo del Partido del Trabajo con la imagen del gobernador de Morelos junto a la de André Manuel López Obrador decía: “Graco gobernador El voto obradorista es petista”. El fuego devorando poco a poco el rostro sonriente de Graco Ramírez Garrido Abreu.

El coyote

Por allá, apareció otro perro flaco. En circunstancias distintas a las que se vivían por el operativo, ese animal se hubiera confundido fácilmente con un coyote, lo delataban sus orejas caídas de perro corriente.
-Vele si renguea y si tiene los cuartos traseros manchados. Jojojó.
El casi dálmata

Conforme nos adentrábamos en la vegetación, las chozas se volvían casas: de más habitaciones, construidas con material de más calidad. Hasta los perros, eran más finos.
Los discípulos de Satanás, es decir, los diablos incendiarios, encontraron una casa de cuatro habitaciones. Revisaron que no hubiera gente y prendieron fuego a los cuartos. Se escuchaba cacaraqueo de gallinas y el chompipipipipi, de algunos guajolotes.
-¡Abran los corrales. Dejen salir a los animales! –ordenamos de nueva cuenta los reporteros. Los hijos del chamuco y los policías no hablaban, iban a lo suyo.
Como un toro entrando al ruedo, de entre el humo, salió un perro pinto.
Se dirigió a nosotros, no para reclamar lo que le estaba haciendo a su casa, sino asustado. Algunos fotógrafos lo acariciamos para tranquilizarlo. Se sentaba y se queda viendo cómo la casa se deshacía en llamas. El perro hacía intentos por entrar.
-¡Agárralo, que no vaya a querer entrar, se le puede caer la casa encima. Agárralo! Ordenaban algunos compañeros.
La casa se fue quemando poco a poco y se extinguió en los ojos negros del animal.
Los guajolotes y las gallinas se internaron entre la hierba. Iban haciendo tremendo escándalo. No era para menos.
Avanzamos. El can se fue tras de un funcionario.
Los perros de humos

Una pareja de perros nos franqueó el paso: era adultos, uno negro y el otro café. Salieron del humo de una de las viviendas. Pero, como los demás animales que habíamos visto incendios atrás, los caninos no ladraban ni defendían las casas, su actitud y su mirada era más bien desconcierto.
Uno de los perros se me acercó hasta casi tocarme la cámara con su nariz. Se detuvo y regresó con el otro perro. Algo se dijeron y se perdieron por una vereda.
Los cochinitos
Avanzamos cerca de 10 minutos, subiendo y bajando en un terreno de hierbas y piedras volcánicas. Adelante había una zona plana con una casa de dos pisos, bien edificada. Junto a esa casa, había una accesoria con una tienda.
Los incendiarios subieron al segundo piso de la casa y destruyeron muebles y electrodomésticos. Se oyeron ruidos de ventas de cristal y ve vieron pedazos cortantes que daban hacia la calle.
La tienda, pintada de color azul, fue saqueada y los estantes fueron destruidos. Los garrafones de agua fueron perforados con los machetes.
Frente a esa casa una edificación de madera ardía y una vara con una bandera en lo alto retaba a los dedos de fuego.
En el patio de esa casa de dos pisos había tres cerdos rosados, de la misma edad. Seguramente sería la cena de navidad de los habitantes emprendedores de ese hogar.
El último perro

Cerca de ahí un hombre, un niño y cinco mujeres llorosas observaban cómo la madera caía bajo la fuerza de las llamas.
Estaba con ellos un perro negro, viejo y polvoso en calidad de damnificado.
Un gato de días de nacido apareció por la calle, tembeleque, llevando sobre sus débiles patas las seis vidas que aún le quedaban.
