
Por Máximo Cerdio
Foto: OjoCojo
Los jornaleros son en su mayoría campesinos que migran de sus pueblos porque no tienen trabajo. Son reclutados por “enganchadores”, que van a los municipios más pobres de Puebla, Guerrero, Oaxaca o Chiapas, principalmente, y contratan a los hombres para el corte de caña; de preferencia buscan jóvenes pero ante la necesidad de mano de obra recurren a los viejos. Junto con los hombres, llegan las mujeres y los niños que no pueden quedarse abandonados en sus localidades y que son mano de obra adicional sin costo para los productores.
Cada temporada de corte de caña (zafra) en Tlaltizapán, Zacatepec y Cuautla, Morelos, cerca de 800 jornaleros abandonan sus pueblos durante ocho meses (que dura el corte de la caña), para buscar mejores condiciones de vida…
En Zacapetec, se localiza el ingenio “Emiliano Zapata”, en el cual según información del gobierno estatal, para esta zafra (2012-2013) se cortarán 191 mil toneladas de vara dulce, de las que se obtendrán 172 mil 438 toneladas de azúcar estándar (7% más con respecto a la zafra anterior); esto, en 191 días de trabajo.
El precio del corte de caña varía en Morelos. Según algunos jornaleros entrevistados, el “puño” de caña que son alrededor de 200 varas, se paga desde tres pesos a 27 pesos (dependiendo del precio que alcance el azúcar). Un jornalero joven que trabaje 12 horas diarias por seis días, puede ganar hasta $1,200 pesos; pero si es viejo, vienen sacando 500 o 600 pesos.
A un costado de la carretera Tlaltizapán-Jojutla se localiza un albergue al que el gobierno llama Unidad Habitacional Emiliano Zapata: se trata ni más ni menos que de galeras o barracas: filas y filas de brevísimos cuartos de cuatro metros de ancho por ocho metros de largo, en los cuales viven, amontonadas, las familias jornaleras.

Hay lavaderos y baños comunes (que siempre están muy sucios, a decir de uno de los inquilinos); una cancha de básquet a donde llegan los camionetas para llevar a los jornaleros el almuerzo que las mujeres les preparan a los hombres, unas aulas para todos los niños que quieran estudiar.
Las familias tienden dentro y fuera de sus cuartos porque se “roban la ropa”, y cocinan frente a sus casas, en los corredores de tierra, en fogones improvisados con tabiques y comales de tapas de tambos de grasa.
Los corredores de las galeras sirven también como patio para el montonal de chamacos descalzos y sucios de entre siete y 10 años, que se la pasan jugando cuando no tienen clases (que es con mucha frecuencia) con cualquier caja de cartón o balde de plástico o algún pobre cachorro de perro al que envuelven en una manta percudida. No tienen conciencia del tiempo, de su condición y de lo que el futuro les esconde con esos sueldos miserables de sus padres. Ellos juegan y juegan hasta la noche en que la oscuridad los cansa y los manda a dormir.
María de los Ángeles, de Michoacán
Doña María de los Ángeles Gavea Aguilar es de Michoacán y tiene 43 años. Su esposo, don Alfonso, tiene 67 años y es de Tlaquiltenango, Morelos. Tienen dos niñas: María Guadalupe de 8 años y Maricruz, de tiene 14 años.
El cuarto en el que vive (cuatro metros por ocho) está dividido en dos por una sábana vieja y sucia. Al fondo hay un catre vencido por el peso adulto y los años de uso, ahí duerme la señorita Maricruz y, abajo, en dos petates María Guadalupe, doña María de los Ángeles y don Alfonso.
Hay también unos huaraches nuevos: “le costaron 120 pesos y no se los ha querido poner…”, dice doña María de los Ángeles con su único diente y su ropa desgastada y muy vieja y agria. “Salió a la zafra a las 8 de la mañana y va a regresar en la noche, como las 8”, abunda.
En el pequeño cuarto hay una televisión vieja, seguramente en blanco y negro, ropa, una mesa de metal con trastes y una botella familiar de Coca-cola. “Se puede acabar todo, menos la “Coca”, dice la señora riéndose.
También hay clavos muy flacos en la pared que sustituyen a roperos o estantes o percheros.
“Mi esposo gana poco”, afirma nuestra entrevistada. “A los que les va bien, es a los nuevos: ganan como mil 200; pero los viejitos ganan poco. Uno que se llama Carlos, ese gana bien, porque está nuevo y mi papá ya está viejito y le dan poco dinero”, precisaMaricruz.
Como muchas otras familias la de doña María de los Ángeles va de un lugar a otro buscando las cosechas: esperan a que termine el desgrane de mazorcas y el cultivo de frijol en Michoacán, para trasladarse a Morelos, a la zafra; este ciclo lo repiten desde hace ya varios años.

Doña Alberta Juárez, de Guerrero
Doña Alberta Juárez tiene 47 años de edad, su esposo, Ignacio, tiene 55 años y es de los viejos que gana poco porque las fuerzas no le dan para más.
Según nos cuenta, Doña Alberta Juárez ha sido jornalera desde que tenía 14 años: venía desde Teloloapan, Guerrero a los sembradíos morelenses.
“No hay mucho dinero en la caña, si no cortan no sacan nada. A la semana vienen sacando como 500 o 600 pesos, según los puños que corten. Algunas veces lo pagan a 3 pesos. Hay unos que se van desde las cinco y a las dos o a las tres ya llegaron. Otros se van desde las ocho de la mañana y llegan a las ocho de la noche”, nos dice esta mujer, con la cabeza agachada, mientras prepara el almuerzo para su marido. “En media hora viene la camioneta que se lleva todos los almuerzos a los campos, para nuestros esposos”, refiere.

A eso de las 8, van llegando los hombres, oscuros por la noche y el tizne de la hoja de caña. Los que tiene familia se meten a las barracas a dormir; los que no tienen quién los espere, se van a la explanada de las canchas de básquet y fuman viendo las estrellas, quizá recordando a sus familias, tal vez a una novia que allá, en sus pueblos, observa el mismo cielo. Y así, cada día, todas las noches del mundo.
Nota. Un agradecimiento especial a mi amigo Florencio Hernández Pérez, por la información brindada.
