Una temporada en el Mercado Adolfo López Mateos

Diablo
Diablo

Por Máximo Cerdio

Fotos: Máximo Cerdio y Julio Mora

 

-Ah! je suis tellement délaissé que j’offre à n’importe quelle divine image des élans vers la perfection.

Une saison en enfer, ARTUR RIMBAUD

 

En la profundidad abisal del Mercado Adolfo López Mateos, que según el más reciente censo alberga 4 mil 127 locales, habitan seres que pasan casi de manera imperceptible por los ojos de los locatarios o comerciantes, de los clientes o marchantes y de los introductores, ellos son los diableros.

De acuerdo con información de los locatarios, el mercado comienza a trabajar desde las tres de la madrugada y “descansa” hasta las 10 de la noche. Las huestes estibadoras se mueven en la madrugada y desaparecen cuando la luz solar inunda los pasillos del mercado.

Diablo
Diablo

 

José, el diablero pirata

El texto en rojo de una de las entradas al Mercado Adolfo López Mateos no puede ser más claro: “Prohibida la entrada de diablos de 9:00 AM a 3:00 PM”.

“Es que a esa hora es cuando los la mayoría de los clientes hacen sus compras y como los pasillos son muy angostos pues no dejan que entremos. Si te agarran los inspectores te quitan el diablo y te multan; tienes que pagar 300 pesos”, dice José Magdaleno, diablero en este centro de abasto inaugurado el 27 octubre 1964 por el entonces presidente de México Adolfo López Mateos.

José Magdaleno tiene 34 años de edad y toda una vida en el mercado: “Yo soy del mercado, mi mamá tuvo un puesto aquí; todos me conocen, aquí está mi familia, mi verdadera familia”.

También relata que el trabajo para los cargadores comienza desde las 3:00 de la madrugada y a eso de las 9:00 concluye casi totalmente.

José gana alrededor de 130 pesos diarios como estibador, los que no le sirven para mantener a su familia, por lo cual también realiza otras actividades: “Nadie se mueres de hambre, aquí le buscas y encuentras. Trabajo lavando coches, cargando cosas y como todos me conocen me regalan frutas, comida, que le llevo a mis hijos y a mi esposa”.

José platica que hace 15 años la situación económica era mejor: “Yo trabajaba aquí y en la Central de Abastos, en México. Por todo, yo me andaba llevando 400 o hasta 500 pesos diarios”.

El 21 de junio de este año, el gobernador Graco Ramírez dijo que había entregado 300 montacargas a la Asociación y a la Unión de Estibadores Asociados al Centro Comercial Adolfo López Mateos A.C., pero a José no le tocó.

“A mí no me dieron nada. Yo soy un diablero pirata. No me gusta que me manden, además tampoco me gusta dar cuotas ni las asambleas en donde también piden dinero; con trabajos y gana uno para el chivo”, confiesa José Magdaleno.

Pirata
Pirata.  Foto: Julio Mora

 

Casi 40 años en el infierno

Yo tengo 48 años de edad y 38 años de diablero, dice Fernando Estic, mientras acaricia los manubrios a su diablo encadenado en el espacio de carga y descarga reservado para los introductores del mercado.

Fernando habla a una velocidad tal, que apenas se puede entender. “No, no, no, a mí no me tocó diablo; los que agarraron diablo son los encajosos y envidiosos; entregaron pocos diablos y los tienen ahí amontonados”.

Fernando platica que él es independiente, que no está afiliado a ninguna asociación, pero que para que lo dejen trabajar tiene que llevar a cabo algunas faenas:

“Hacemos mucha talacha. Nos mandan a nosotros a limpiar las azoteas; nos mandar a levantar basura y a hacer el aseo en algunas partes del mercado para que se vea limpio y la gente le dé gusto venir a comprar; pero por eso no nos cobran cuotas ni nos afilian”.

Fernando Estic se queja de la falta de dinero: “Antes sí había mucha lana y nos iba bien; de a 200 o 300 pesos sacábamos pegándoles duro a la chamba, pero comenzaron a venir los de Guerrero, esos comenzaron a meterse al mercado y ahora nos quitan clientes, por eso ganamos poco porque hay poco y ya somos muchísimos; más de 400”.

Diablos
Diablos

 

 

Lucas el diablero callado

Son las 12 del día y la zona de frutas del mercado está poco menos que desierta. Algunos comerciantes acomodan en sus locales la mercancía que se ha quedado. Desde la entrada por el Circuito Adolfo López Mateos hay diablos encimados y algunos encadenados: todos viejos, con las llantas desgastadas y algunos con soldaduras ásperas como cicatrices.

No es posible encontrar a alguno de los líderes, sólo está un hombre bajito y correoso, que acomoda chiquihuites en un local.

-No están los jefes. Terminan a las 9 y se van y no regresan hasta mañana.

Se llama Lucas y según él lleva 32 años trabajando como diablero en el Mercado Adolfo López Mateos.

Lucas carga de todo: mangos, plátanos; toda la fruta que traen los introductores al mercado. Los lleva de los locales a los taxis y a las camionetas de los clientes que tienen negocitos en Cuernavaca, Temixco y Jiuepec. En su instrumento de trabajo caben 10 cajas de 30 kilos.

Este cargador callado cobra 10 pesos por viaje y todos los días se lleva de 120 a 150 pesos; después que termina la actividad de carga y descarga ayuda a los comerciantes y se gana otros pesos más para mantener a sus cuatro hijos y a su esposa. “Uno anda como los taxistas; buscando por todas partes para completar. Cada vez hay menos trabajo en el mercado”, comenta, con la cara hacia el suelo.

Como la mayoría de los diableros, Lucas no tiene seguro social ni otras prestaciones y cuando tiene alguna lesión tienen que pagar médicos particulares o acudir a dispensario o a la Cruz Roja.

“Si he sufrido lesiones, me lastime, me caí; me lastimé tobillo y me medio compuse; no queda uno bien”, susurra.

Este diablero hermético dice que antes, cuando era joven, trabajaba más duro y rendía más el dinero porque las cosas costaban menos.

Diablos
Diablos. Foto: Julio Mora

 

 

Santos, el diablero de Xoxocotla

“Yo soy de Xoxocotla y todos los días vendo desde mi pueblo hasta el mercado. Llego a las 4 y a eso de las 10 ya terminé; después me voy a vender frutas picadas en las escuelas de mi pueblo; porque acá, como diablero, sólo me llevo 150 pesos y a veces hasta 200 pesos”, dice Santos Valdez Bruno, de 51 años de edad y con 34 años trabajando como estibador en este mercado que ha soportado dos incendios significativos: en 2003 y en 2010, éste consumió cerca de la mitad de locales comerciales de chiles secos, lácteos, carnes, hierbas, y afectó la bóveda.

Santos Valdez relata sus inicios como cargador: “Mi padrastro trabajaba aquí y yo le ayudaba, ya después me quedé en su lugar, me lo heredó el esposo de mi mamá”.

“Yo antes cargaba 500 o 60 kilos en mi diablito, pero en un accidente, me dejaron caer un bulto de frijol y me fracturaron la cadera: un año estuve tirado en la cama, pero logré recuperarme. Ahora sólo hago cargas pequeñas y con mucho cuidado”, comenta.

A Santos sí le tocó uno de los diablos azules que repartió el gobierno. Según él, cada diablo cuesta de 600 a 800 pesos y si se cuidan bien uno de estos dura entre 7 y 10 años.

Una de las cuestiones que más preocupan a Santos es que no tiene prestaciones. “No tengo seguro social; mis hijos y mi esposa sí tiene seguro popular, pero aunque yo tenga seguro no me atienden. Yo padezco ataques epilépticos y tengo que ir con un médico particular”, se lamenta.

Al diablero Santos Valdez Bruno no le rinde el dinero. Paga 18 pesos de ida y 18 de regreso a Xoxocotla y luego la comida… Trabaja vendiendo frutas para ayudarse. “Con eso no me alcanza para mantenerme y mantener a mis dos hijos, a mi esposa ya mi nuera. Gracias a Dios mi esposa trabaja acá, en el mercado, vende dobladitas”, concluye.

Diablero
Diablero