
Por Elsa Castorela Castro
Las mujeres acostumbradas a llevar la comida al campo, también la llevaban a los hombres que hacían trabajo comunitario en la construcción de un lugar donde vivir; aún en la distancia del tiempo mantienen esa tradición de aportar su trabajo para la comunidad.
Antes de ocupar los terrenos de la ahora colonia Lagunilla, hombres y mujeres se reunían a la una de la madrugada bajo un frondoso árbol, ahí se tomaban los acuerdos. Es la historia que recuerda Sofía Villalobos Mendoza, cuya hija, Elia Díaz Villalobos, fue la primera abanderada.
Su lugar de encuentro es el Centro Comunitario, aquí las mujeres se transmiten su saberes sin egoísmo, entre ellas se venden y compran lo que producen en alrededor de 20 talleres de manualidades, todas son bienvenidas, aun cuando hay discapacidad, la paciencia prevalece, se ayudan mutuamente.
La capacitación es una historia permanente: corte y confección, tejido, bordado brasileño, dibujo, huaraches, postres, repujado, moños con listones, bordado de listón, pintura textil, electricidad, aerobics, composturas de ropa, lavandería, entre otros servicios.
Este centro también fue una guardería, la cerraron después que un padre de familia se llevó a su hijo sin el consentimiento de la madre, eso les ocasionó un fuerte problema, dejaron de dar el servicio.
En sus inicios, a este centro comunitario llegaban estudiantes de la Universidad de Indiana, venían a aprender español y ellos enseñaban inglés. Acudían a esas clases hasta 80 niños, de mayo a junio; al finalizar el curso había un convivio y pequeños regalos.
En sus inicios, los habitantes, hacían kermeses y bailes para recaudación de fondos, primero para construir su iglesia, la gente era solidaria, construyeron sus escuelas, su mercado y finalmente su centro comunitario con el apoyo de una fundación de Holanda.
Daban talleres de plantas medicinales, cultura de belleza, aprendieron a preparar la soya en sus clases de nutrición y muchas cosas más.
Aquí quedó nuestra juventud, nos hicimos viejas, platicaban conmigo, a la vez que evocaban su historia, mientras sus manos bordaban.
