
Por Chris Nicolás
Tres Marías, Huitzilac. Tiene 88 años y todas las mañanas camina unos dos kilómetros hasta su ranchito para llevar de comer a sus perros guardianes. Crió a sus 12 nietos y a sus 13 bisnietos; barre, trapea, lava y hace la comida a diario con la misma energía de una adolescente.
Delgada, bajita de estatura y con la piel marcada por los años, doña Juanita es el ejemplo de fortaleza, trabajo y ganas de vivir de muchos de los habitantes del pueblo de Tres Marías.
Los vecinos la admiran, la respetan y tratan con mucho cariño; siempre se caracterizó por ser una mujer trabajadora, honesta y amiga de todos los del pueblo, cualidades que hasta el momento conserva.
Son las siete de la mañana del primer lunes de vacaciones de Semana Santa para muchos, pero la señora Juana Martínez Aguilar no descansa ni el día de su cumpleaños. Ella se levanta temprano para subir “a la azotea y tender la ropa que sus hijas lavaron la noche anterior”.
El frío de aquí, el norte del estado, es penetrante; pero a Juanita parece no calarle. Suda por tanto trabajo que tieneque hacer durante todo el día, para ayudar a sus tres hijas –dos de ellas, madres solteras– cuando se van a trabajar en lo que ella misma describe como “la vendimia de quesadillas”.
Casi un siglo de vida, de experiencia, de trabajo y a doña Juanita no le duele nada; ni un sólo hueso. Los médicos le dicen que ya no trabaje tanto, que no camine tanto, que descanse en su casa y viva tranquila; pero, de alma rebelde y trabajadora, ella hace caso omiso a las indicaciones de los profesionales.
“Dicen que a mi edad ya no es bueno caminar tanto, que mejor me quede en mi casa; pero jamás podría estar de inútil, postrada en mi cama o en un sillón viendo la televisión. Me gusta trabajar, me encanta salir a caminar y venir a dejarle de comer a mis perros al rancho: esa es mi medicina para sentirme joven y fuerte y si a eso le agregamos una cervecita me siento como chamaca de 15 años”, bromea.
Son las 9 de la mañana y va a comprar mandado para elaborar los guisos para las quesadillas. Estas vacaciones de Semana Santa son el mejor periodo de ventas para sus hijas, así que tienen que estar preparadas y prevenidas. Doña Juanita las apoya: “les ayudaré siempre y cuando ellas sigan siendo tan trabajadoras como hasta el momento”.
Pasadas las 10 de la mañana, después de hacer las compras en el mercadito ambulante que se instala todos los lunes en el centro del pueblo, doña Juanita camina apresurada a dejarle desperdicios a los fieles guardianes que custodian con recelo un terrenito que alberga medio siglo de historia.
El sol comienza a calentar el pueblo, el frío se desvanece, las nubes corren hacia el norte y entre más transcurren los minutos, el ambiente se torna un tanto más caluroso. Al menos para los oriundos del lugar, los 18 grados centígrados que marca el termómetro ambiental, les parecen infernales.
Con su bata a cuadros que la distingue, sus vestidos debajo de la rodilla, calcetas que cubren lo que el vestido no alcanzó a tapar y sus zapatitos impregnados de polvo por sus largas caminatas, Juanita recorre, como todas las mañanas, las calles de la llamada “Colonia” para llevar de comer a sus tres canes.
Camina poco más de un kilómetro para llegar a su ranchito, va a marcha veloz, como si alguien la persiguiera, como si trajera mucha prisa de llegar. Algunos de sus vecinos dicen que “no le aguantan el paso”, que es increíble cómo a su edad, aguanta tanto “de arriba para abajo…”
En el trayecto, su demacrada apariencia y semblante frágil podría engañar a cualquiera y hacerle pensar que no tolerará el largo trayecto; pero mientras camina, platica de algunos de sus “compadres y comadres” que se quedaron en el camino de la vida.
Narra sin titubear, sin faltarle el aliento; pareciera que no se ha cansado ni un poco. Sonríe y bromea cada vez que puede:
–Como que con este calorcito se antoja una chelita, ¿no?
Ella es una de las mujeres de mayor edad en el pueblo, pero es la única que –pasados los 80 años– sigue de pie, trabajando y recorriendo Tres Marías todas las mañanas. Parece que toda la gente la conoce, es increíble que cada cinco metros, todos la saludan.
–¡Juanita, buenos días!
–Doña juanita ¿ya se va a su rancho?
–Juanita, pásele a tomar un café…
“Hasta parezco reina de la primavera saludando a todos, ¿verdad?”–Ironiza Juanita cuando llega a su rancho– “Pero que no nomás me saluden, que se manden con las chelas…”

En el lugar, hay una pequeña construcción rústica. Entra y saca una bolsa con colas de pollo, tortillas y “chales” para dar de comer a sus perros. Les limpia su bebedero y comedero para dejarles agua limpia y comida para el resto del día.
Recoge hojas y pasto seco, barre un poco y recorre con nostalgia el resto de su terreno, en donde el pasado mes de marzo sembró un poco de maíz para cosechar en agosto.
–Este era el tesoro de mi señor, siempre estaba verde y con siembra de la temporada; desde que falleció, quedó en el olvido. Traté de sembrarlo dos años seguidos después de su muerte, pero era mucho trabajo y tenía que ayudar a mis mujercitas en casa; no podía descuidarlas tampoco–lamenta.
Ella es viuda desde hace 15 años, madre de 3 mujeres y dos hombres, de quienes dice estar orgullosa por haberlas hecho tan trabajadoras.
–Mis muchachas me salieron bien chambeadoras, en donde estén nunca se van a morir de hambre. Y mis hijos, esos ni se diga: son excelentes jefes de familia –dice, entre lágrimas.

A pesar de su avanzada edad, la mujer físicamente se nota mejor de salud que muchas otras. Como por ejemplo, doña Mari de 72 años, vecina de Juanita.
–¡Pobre doña Mari! Ya le cuesta tanto trabajo caminar y ya casi no ve. Cuando me la encuentro, luego la tomo de la mano y la paso la carretera; al fin como ya estamos ‘ruquitas’, la mayoría nos cede el paso–se carcajea.
Asegura que así ha sido la situación con algunas otras ancianitas menores que ella, a quienes usualmente les ayuda a cargar su mandado o las acompaña hasta su casa para evitar que “se vayan a caer en el camino”.
Regresa casi corriendo a su casa, quiere llegar a hacer algo de comer para sus nietos, está impaciente por barrer, trapear y dejar el quehacer hecho.
–Ay que correrle, porque el quehacer me espera.
Aunque también afirma que quiere ver a su muchachito Mateo, su nieto, el más niño. “Es el consentido, es el más pequeño y el que más me quiere”, dice Juanita mientras corre para llegar a su casa.
