
“Yo quiero que me recuerden todos contentos y, como dice la canción de Pepe Aguilar, recuérdame bonito y no acostado y atado como perro; y no quiero que nadie me mire así…” Edgar Tamayo Arias
Por Máximo Cerdio
“Un montón de rejas impiden mi paso/ para regresar./Ya salió en la prensa que van a aplicarme/ la inyección letal./ ¿Dónde está mi gente? yo quiero que escuche/ que ponga atención,/ que a veces los gringos aplican sus leyes/sin haber razón”, cantó a capela Teodoro Bello la canción “Inyección letal”, que compuso para Edgar Tamayo Arias y que popularizaron los Tigres del Norte.
Esto ocurrió el domingo 2 de febrero a las cinco de la tarde en Miacatlán, en la misa de cuerpo presente en la parroquia de Santo Tomás, oficiada por el obispo de la diócesis de Cuernavaca, Ramón Castro Castro, quien dijo que Edgar había muerto de manera injusta como Jesucristo.

En la iglesia de patio amplísimo, no cabía un alma; incluso, había gente en el parque ubicado frente a la presidencia municipal y en calles contiguas.
En ese lugar se encontraban alrededor de tres mil personas queriendo observar la procesión. Varios,bien bañados y perfumados, esperaban a los hermanos Hernández: al menos cinco personas oyeron que los Tigres del Norte cantarían en el Rodeo para despedir a quien el 1 de noviembre de 1994 fue condenado a la pena máxima por el homicidio del policía norteamericano Guy P. Gaddis.
Rumbo al rodeo
La caminata por el Rodeo, una especie de plaza de toros rústica en las afueras del pueblo, fue como la interpretación de Teodoro Bello, una última voluntad del morelense a quien el 17 de septiembre de 2013 una Corte estatal de Texas, Estados Unidos, fijó el día 22 de enero de 2014 como la fecha de su ejecución por inyección letal.
Los pobladores hicieron dos filas de varias cuadras de largo, desde la iglesia hasta el corral, para que por ahí transitaran mero adelante quienes llevaban las coronas de flores para el difunto, después los incansables chinelos, las dos bandas reventando la quietud del pueblo con melodías como “Mi gusto es”, “El sinaloense”, “Puño de tierra”, “Arriba Pichátaro”, y los últimos restos mortales de Edgar, cargados por sus familiares y más cercanos amigos, que se turnaban “por tamaños y de dos en dos”, para no desbalancear el peso de la muerte. Junto a la caja también iba un hombre empuñando una bandera de México.

En pocos minutos llegó el ataúd al ruedo y fue recibido con vivas y aplausos por los pobladores pegados a las tablas. Algunos con el cuello estirado y los ojos muy abiertos esperaban todavía que los Tigres del Norte hicieran su espectacular aparición.
Un muñeco de trapo vestido de vaquero y dos hombres disfrazados de toro recorrieron la plaza entre clamores: “¡Te queremos Edgar te queremos!”. Detrás, iba el cortejo fúnebre.
-¡Con ustedes, tenemos a Edgar, la Yegua de Miacatlán, montando un salvaje toro de 500 kilos. Mírenlo, qué manera de aguantar los reparos! -Gritaba El Llaverito, hombre minúsculo y regordete amigo de la infancia y juventud de Edgar.
La ceremonia en el rodeo acabó con el ataúd rodeado por los padres, hermanos y demás deudos de Edgar Tamayo, y con palabras de El Llaverito pasando lista a la “pandilla” de montadores de toros y toreros a la que perteneció el finado durante su juventud. Cuando el Llaverito pronunció el nombre de Edgar, la Yegua de Miacatlán, todos gritaron “presente”.
-¡Esta muerte fue injusta y hay que vengarla. Viva Edgar Tamayo, mueran los gringos! -explotó un grito.
Después, la procesión enfiló rumbo al panteón de Dolores, ubicado en la Calle de la Amargura, a unos cuantos metros del Rodeo. Eran las 6:10 de la tarde y el sol se convirtió en una joya de ámbar.

El panteón de Dolores
Al panteón llegó casi la tercera parte de la multitud que lo siguió hasta el rodeo. Los rostros llorosos de su gente eran menos dramáticos que el 22 de enero, cuando hasta la casa número 3 de la calle Cuauhtémoc, a las 9:40 de la noche,les llegó una llamada de Estados Unidos comunicándoles que Edgar había sido ejecutado.
Incluso, la sepultura de Edgar en el lugar donde descansan sus abuelos fue más relajada que el día sábado 1 de febrero en que, a las 00:40 minutos, la carroza fúnebre escoltada por patrullas de policías federales y municipales arribó con el cuerpo proveniente de Estados Unidos a la entrada de Miacatlán, donde unas mil personas lo recibieron sobre la carretera con veladoras, cohetes y música de banda y uno de sus parientes dijo:
-¡Puta madre. No es posible que nos manden el cadáver de mi primo en una caja de cartón! -Al momento en que él y otros hombres abrieron la carroza fúnebre y se percataron de que el ataúd estaba envuelto con cartones y fajillas de plástico sellada con los textos “Home” y “Express Service 100% guaranteed boarded as booked”.

Frente a lo que sería la tumba de Edgar, la banda tocaba una canción triste. Cuatro hombres bajaban con lazos por la fosa el féretro mientras los familiares observaban llorosos cómo éste se iba haciendo más y más pequeño.A pocos metros del íntimo círculo de parientes, grupos de personas amontonaditas cantaba en voz baja: “Amor eterno/ e inolvidable. Tarde o temprano estaré contigo para seguir amándote”. Eran las 6:43 de la tarde del domingo 2 de febrero de 2014.
De esta manera se cumplió el funeral poco común que pidió, a sus familiares, Edgar Tamayo Arias,nacido el 22 de julio de 1967 en Miacatlán, Morelos.
