Espera justicia divina

Armas en feria
Armas en feria

Por Carlos Quintero J.

Don Nacho salió de la sala de audiencia cabizbajo,desolado y con la esperanza desecha. Quería escapar y a toda prisa bajó las escaleras con rumbo a la salida del juzgado.

El brillo de sus ojos desorbitados reflejaba su enojo y su voz entrecortada expresaba su rabia contra la injusticia.

–Toda la gente con la que platico me dice: Tuviste mucho valor, vale; pero mejor… ¡ya vetee! ¿Qué cosa quieres? Van a salir y ¡te van a mataar! Van a matar a toda tu familia. Todos me dicen lo mismo.

El campesino de abundante cabello y bigote canoso, intenta sostener el tono de su voz que se quebraba.

–Ta´ triste todo esto amigo, la verdad. Lamentablemente uno desconoce de las leyes y… es difícil.

El hombre contuvo una lágrima con un profundo resuello y revira:

–Ahora estoy arrepentido de haber denunciado. No, mi amigo ¡Jamás vuelvo a denunciar!

Don Nacho dio la media vuelta y continuó el camino de retorno a su comunidad, de donde, también sus amigos le dijeron, nunca debió salir.

Aun así, venció el miedo de las amenazas de muerte y recorrió un peregrinar del municipio de Jojutla hasta Cuernavaca para pedir justicia.

Violencia en el sur

La zona sur poniente de Morelos colinda con el Estado de México y Guerrero; desde septiembre de 2007, comenzó la violencia de grupos del crimen organizado.

El domingo 27 de mayo de 2012 ocurrió la tragedia de Don Nacho.

Esa mañana él acudió a su establo y cuatro personas con armas largas le cerraron el paso.

–Párese porque tenemos orden de matarlo. ¡Tírese hijo de su pinche madre! –dijo uno de los encapuchados al campesino.

Mientras, otro pistolero lo amarró de las manos y le cubrió la cabeza con un pasamontañas. Después lo condujeron hasta un cañaveral, a unos 150 metros de ahí.

–Siéntese aquí canijo, vamos a platicar –ordenó el hombre armado.

–¿Amigo de qué se trata esto,pueés? –preguntó Don Nacho.

–Quiero que me dé un millón y medio de pesos.

–¡Noo,amigoo! yo no tengo dinero. Si ando aquí es porque miren, yo ando trabajando y tengo necesidad. Yo tengo, yo estoy bien amolado. Ustedes saben que acaba de morir mi hijo, mi mamá está enferma del corazón. No sean injustos por favor ¡Suéltenme!

El hombre suplicó y a cambio ofreció darles la cantidad de 50 mil pesos que podía juntar con su familia, porque no quería tener problemas con nadie.

Ellos le pidieron el número telefónico de su casa y del celular, pero a cambio él les pidió que no llamaran porque su mamá estaba enferma del corazón.

Entre el grupo de pistoleros, Don Nacho identificó a uno de ellos, un tal Manuel, vecino del poblado, con quien se topó minutos antes, de camino a su parcela.

El hombre era integrante de una familia conocida en la zona como «gente de mala muerte», dedicada a robar, extorsionar y asesinar.

Alrededor de las 10 de la noche, decidieron cambiarlo de lugar y le preguntaron si había por ahí otro sitio o una casa abandonada en el campo.

Los delincuentes lo desataron y lo llevaron con amenazas, pero le advirtieron:

–Si encontramos por ahí a alguien, usted diga que soy un trabajador porque si usted cambia alguna palabra, mato a la persona que nos encontremos y lo mato a usted.

Una vez que llegaron a otro cañaveral, más crecido que el anterior, el pistolero volvió a ponerle el pasamontañas y a atarlo.

Luego lo dejaron ahí hasta que Don Nacho preguntó si podían desatarlo para ir al baño, pero nadie le contestó y se dio cuenta que estaba solo.

Ante el temor de que regresaran los delincuentes, el hombre mordió sus ataduras hasta lograr liberarse y se fue rumbo a su casa.

Para ese entonces, la familia del campesino lloraba porque una persona les llamó para decirles que tenían secuestrado a Don Nacho, pedían el pago de un millón y medio de pesos para liberarlo.

Sus parientes se sorprendieron cuando lo vieron entrar y la calma regresó con ellos.

La extorsión

Al día siguiente, el hombre de la tercera edad intentó continuar con su vida normal y se dirigió a su parcela para alimentar a «unos chivitos».

Alrededor de las 10 de la mañana regresó a su casa y su hija le informó que habían recibido otra llamada para exigirle un pago porque con «La Familia Michoacana» no se juega.

Una hora después, el delincuente volvió a llamarle.

–¡Viejo hijo de la chingada! ¿Qué crees que esto es un juego?–dijo el agresor.

–Amigo discúlpame, ya te dije ayer que dinero no tengo, por favor quiero que entiendas, te suplico, ¿cómo te puedo decir que dinero no tengo?

–Entonces, vamos a matar a toda tu pinche familia y te vamos a tirar sus cabezas, ya sabemos dónde viven.

–Mira, yo no quiero problemas. ¿Qué te parece si me das una oportunidad? Entre hoy y mañana déjame ver si te puedo conseguir 100 mil pesos, pero quiero un trato de hombres. No te conozco, no me conoces. Quiero por favor que nos dejes trabajar.

–Pues órale; son buenos los cien mil pesos. Mañana te llamo para que me entregues el dinero. Quiero que el dinero me lo lleve tu hija.

–¡Ah, no! ¿Cómo crees que mi hija te va a entregar el dinero? No. Te lo va a llevar uno de mis empleados.

Finalmente ambos acordaron la hora y la persona que llevaría el pago.

Tras llegarse el plazo establecido, el extorsionador se comunicó con Don Nacho para decirle que el dinero lo entregara en el sitio conocido como La Proa del poblado de Tequesquitengo.

Sin embargo, el delincuente pidió que le diera únicamente la cantidad de 50 mil pesos y que al otro día le daría indicaciones para que le entregara el resto.

Alrededor de las 11 de la noche, el hombre se comunicó con él y dijo que el efectivo lo había recibido y su trabajador iba de regreso a su casa.

No obstante al día siguiente, el extorsionador le reclamó a Don Nacho porque no había recibido nada y quería los cien mil pesos que habían acordado.

Don Nacho alegó que era falso lo que decía porque él mismo había llamado para confirmar que había recibido los 50 mil pesos.

Tras una discusión y ante la presión del extorsionador, la víctima le ofreció el pago de 80 mil pesos pero con la condición que todo terminara ahí.

El pago tuvo lugar en el municipio de Puente de Ixtla y parecía que todo había terminado, pero no fue así porque el día 3 de mayo su hija recibió otra llamado.

–¡Hijo de tu pinche madre! ¿Qué crees que esto ya terminó? No, esto va a ser cada quince días–dijo el extorsionador.

La denuncia

De nueva cuenta comenzó la presión, ahora le exigían un pago de 20 mil pesos que debería de meter en una bolsa y dejarla colgada en una tranca de la colonia El Higuerón.

Don Nacho decidió pagar y pensó “Ojalá que ahí muera todo”.

Sin embargo, el día 16 de mayo recibió un mensaje escrito que dejaron frente a la casa de uno de sus familiares. Otra vez le exigían un pago o sino irían a matarlo.

El hombre se armó de valor y denunció el hecho a la Procuraduría General de Justicia (PGJ) del estado.

La víctima realizó un pago final de 10 mil pesos que dejó cerca de la casa de Anatalia, una curandera, vecina del lugar, a quien había identificado como la líder del grupo criminal, pero que nunca quiso contarle a nadie para no exponerlos.

Ella, en complicidad con sus hijos, entre ellos Armando y Manuel, y otros familiares eran reconocidos porque extorsionaban a los pobladores de la zona.

Agentes de la Policía Ministerial y la Policía Federal Preventiva realizaron un operativo; al momento que recogían el botín, la madre y uno de sus hijos fueron detenidos, además de otros dos jóvenes.

Los capturados fueron llevados a juicio y, el día 30 de septiembre del mismo año, un tribunal de justicia oral absolvió a Anatalia, Armando, Juan Carlos y Omar porque el agente del ministerio público, de la Procuraduría de Justicia de Morelos, no integró bien la carpeta de investigación.

Otros errores fueron que continuamente cambiaron de fiscales, algunos testigos no acudieron a declarar, otras pruebas no se presentaron, lo que repercutió en que los jueces no tuvieran elementos suficientes para sentenciar a los acusados.

Es por eso que ese día, Don Nacho salió casi corriendo del juzgado, buscando la esperanza en una justicia divina. «Lamentablemente me toco perder, ni modo. Que Dios se encargue de ellos, ni modo».