
Por Máximo Cerdio
Desde que era un niño la escuchaba, pero no había sentido la necesidad de hablar con ella hasta que ocurrió lo de su esposa.
En el mes de agosto del año pasado se puso muy enferma. Había estado internada por más de tres meses en el Seguro Social y los doctores no le dieron las noticias que él esperaba: no sabían qué estaba causando la enfermedad y la paciente se ponía más grave cada día.
–Entonces, llegué ami casa, donde tengo un altar a la Santa Muerte, y le dije: “Flaca, aguanta. Es mi esposa y es la madre de mis hijos. Sálvamela, que se ponga bien. Tú sabes que yo te he tenido fe; siempre tienes prendidas tus veladoras, tus flores no faltan y tu altar está siempre limpio”, ese fue mi favor para ella. Al día siguiente comenzó la mejoría, y poco a poco mi mujer se fue recuperando ante la sorpresa de los médicos que la atendían. Ellos no sabían la razón, pero yo sí: la Muerte me había dicho, en mi sueño, que no era ni la hora ni el día de llevarse a mi esposa. La Muerte también me dijo que quería que yo le diera vida a los sellos sagrados y que me tatuara el cuerpo; ya tengo siete y mi esposa está bien de salud.
A los 13, su primer muerto
Francisco Javier Velázquez Domínguez nació hace 33 años, entre los muertos. Pertenece a la cuarta generación de una familia que se dedica al negocio de los funerales y desde que tenía 7 u 8 ayudaba a sus padres en Funerarias La Paz:
–Veía cómo mi papá sacaba y metía a los muertos y yo cargaba y acomodaba los candelabros para velar a los difuntos y, en general, ayudaba en el local después de que llegaba de la escuela.
A los 13 años, Francisco se encargó, él sólo, de un cadáver. Le lavó las entrañas, cerró perfectamente las arterias para evitar escurrimientos, introdujo las vísceras y costuró el cuerpo. Lo dejó listo, presentable, en poco más de una hora, para que los familiares lo pudieran velar.
–Fue fácil porque a mí desde chiquito siempre me ha gustado esto, echándole la mano en todo a mis padres; así que ya más o menos sabía de qué se trataba y cuando me tocó a mí, pues lo hice bien.
Vivir entre los muertos
Desde hace tres años, Francisco, su esposa y sus cuatro hijos, se independizaron y pusieron su propio negocio: Funeraria La Paz, localizada en la esquina que forman Bulevar Cuauhnáhuac y 2a Prolongación 5 de Mayo, conocido como el crucero de Tlahuapan, en Jiutepec. Allí, ofrecen paquetes que van desde 2 mil 600 pesos, y que incluye un ataúd sencillo de madera, tramitar los permisos para el traslado del cadáver, prepararlo para una velación de 24 horas, transportar el cuerpo al domicilio, y los servicios de velación, hacer los trámites ante el Registro Civil para enterrarlo y al día siguiente llevarlo al panteón. También tienen paquetes en el que se incluye un ataúd de cedro con herrajes de metal, por 9 mil 500 pesos.
–La gente me ha dicho que si no me importa que mis hijos –de cuatro años el más pequeño y de 14 el más grande– anden ahí, entre los muertos, y yo contesto que no, que yo también cuando era chico así andaba; todo es cuestión de acostumbrarse. Eso sí, los muertos que yo veía cuando era chico, y hasta de joven, eran distintos porque se trataba de atropellados, caídos, infartados o muertos ya de viejos; pero ahora, hay mucho muerto por balazos o descuartizados…
En esa zona de Jiutepec, Francisco Javier y su familia proporcionan, cuando hay pocas ventas, de cuatro a cinco servicios al mes; cuando hay buenas ventas los trabajos suben al doble.
–Desde diciembre de 2009, en que la Marina cazó a Arturo Beltrán Leyva, las muertes violentas y los entierros han aumentado bastante en Jiutepec. Por esas fechas me tocó llevar el cuerpo de un muchacho, a Sinaloa. Durante el viaje, la familia me contó que ellos no sabían que el chavo andaba en el desmadre, en malos pasos. “Nos decía que andaba en Acapulco, de cocinero; pero no era verdad”, me contaron sus parientes. ¿Sabes cuánto cobraron por llevar el cuerpo de Beltrán al aeropuerto? ¡ciento veinte mil pesos! Yo le cobré a la familia del muchacho por llevarlo hasta Sinaloa, dieciocho mil seiscientos pesos.Una ocasión, también, un carro del año se paró enfrente del negocio, traía vidrios polarizados. “Oye, haces un servicio para Puebla”, me gritó desde el coche. Yo salí del negocio hacia la calle y dije sí. Entonces, detrás del coche se paró una Hummer y de ahí se bajó un fulano con un arma larga, yo pensé que me iban a levantar. Y me dijo sígueme, vamos a recoger el cuerpo al Hospital. Yo le dije que necesitábamos hacer un papeleo para poder sacar el cuerpo y él me contestó, algo enojado: “No, no, tú nomás vas a sacar el cuerpo, no hay nada de papeleo ni nada. ¿Puedes o no puedes?” Sí puedo, le dije. Me fui con la carroza al Seguro Social y ahí me entregaron a un señor de rostro fino, elegante, y ahí también se paró un coche nuevo, del año. El hombre armado me dijo: “Lo que sí te voy a pedir es que lo embalsames y lo pongas en la mejor caja que tengas” y me dio un número de teléfono. Lo llevamos a embalsamar por Domingo Díez y después venimos por la caja y nos fuimos a Puebla. Yo venía viendo por el espejo cuatro o cinco carros del año con gente armada, entonces le marqué a la persona que me había dado el número reportándole que me venía siguiendo gente armada y él me dijo: “No te preocupes, son mis sobrinos, te van cuidando”. Antes de llegar a la primera caseta de la entrada a Puebla, había una camioneta Mercedes estacionada, de una funeraria, y me pidieron por teléfono que me orillara. Me orillé y me dijeron que entregara el ataúd, yo les dije que era en Puebla y ellos me dijeron: “Hasta aquí llegó tu viaje”. Bajaron el féretro y se fueron. Yo me regresé. Yo no supe quiénes eran ni les pregunté ni nada.

Yo no le temo a la muerte, pero me dan miedo los muertos
–Muchos le tienen miedo a la muerte, pero ella sólo cumple instrucciones de Dios. Yo no le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo a los muertos. Una vez estaba drenando a una persona en la plancha y de repente abrió los ojos frente a mí. Me impresioné. Anduve mucho tiempo viendo los ojos abiertos de aquel muerto, hasta que le pedí a la Santísima Muerte que me quitará esa mirada y me la quitó. En una ocasión fui a hacer un servicio a un señor que había yo conocido con vida pero lo atropellaron y murió. Lo preparamos y todo, pero cuando yo iba manejando y veía por el retrovisor que el señor aparecía sentado. Yo me orillaba y revisaba y ya no había nada. Mi abuelita me dijo que yo hablara con él y hablé. Cuando se me apareció de nuevo le dije: “Bueno, qué quieres, cabrón; cuál es tu bronca”. Entonces el muerto me respondió: “Es que yo no me quiero morir”. “Pero ya estás muerto, cabrón; yo te preparé; ya estás muerto, hasta ya te enterraron”, le dije. “Pero mis hijos…”. “Tus hijos están con tu esposa ya están bien, cabrón”. “Pero diles que lo quiero mucho. Diles que tengo un guardadito, un cofre enterrado en el jardín de mi casa; diles a ellos, no a mi esposa, sólo a mis hijos”. Entonces me puse en contacto con sus hijos y les comenté eso. Los chavos encontraron el cofre con dinero y el señor dejó de aparecerse.
La muerte en el centro del ojo
Francisco Javier asegura tener un don que a nadie le gustaría poseer: adivina qué persona va a morir. Eso lo confirma su esposa, quien durante la entrevista ha intervenido con la precisión de algunos detalles que se le escapan a su marido.
–Sé quién va a morir en las próximas horas o días. En la mirada traen la muerte. Cuando los veo a los ojos, hay algo blanco en medio, un brillo raro, una luz, una chispa en el centro del ojo y cuando los toco o les doy la mano siento algo raro, algo muy pesado. A mi esposa le he dicho: mira, ese señor que está ahí, se va a morir y se muere. Una vez fui a comprar tortillas y cuando la muchacha me dio el cambio vi esa luz extraña en sus ojos y sentí pesada su mano. Como a los ocho días volví a ir a la tortillería y pregunté por la muchacha: “la muchacha murió, la atropellaron”, me dijeron. Otra vez en la funeraria de mi papá. Llegaron unas muchachas que trabajan en las aseguradoras y había una muy bonita. Entonces le dije a mi esposa: mira vi la lucecita en los ojos de esa chavita. Quince días después me enteré de que su pareja la había matado con una piedra; eso pasó hace muy poco, en el municipio de Emiliano Zapata, en la colonia Prohogar, en un módulo, por un kínder. Es triste y no me gusta ni decirlo ni sentirlo, pero nunca me ha fallado.
Los muertos niños
Durante muchos años, Francisco Javier ha trabajado con muchos muertos y reconoce que es un experto preparándolos: lo ha hecho en 20 minutos o media hora. Pero no puede trabajar con niños muertos.
–Hace varios años me llamaron para un servicio. Era época de lluvia y ahí por el hospital Parres una barda se había reblandecido y le cayó encima a una familia y dos niños murieron aplastados. Fui pero no pude, se me figuraron a mis hijos. Mejor pagué para que otros prepararan los cadáveres. Eso mismo me pasó hace poco, aquí cerca, en Tlahuapan. Otro niño, murió aplastado por una barda y no pude.

Pagan por adelantado su caja
A Funerales La Paz llegan clientes raros.Ha habido gente que compra los servicios funerarios para su familiar que está agonizando, pero la muerte no ocurre.
–“Es cuestión de horas”, me han dicho. Pero no se mueren y ahí siguen. Obviamente los servicios ya están pagados. O como aquel viejito al que su familia le compró, hace diez años, su caja y su cremación; estaba a punto de morir. El señor tiene ciento diez años y sigue vivo, pero hace diez años la familia pensó que ya se iba a morir.Una vez, como a las dos de la tarde también vino un hombre como de cincuenta años, a comprar un ataúd para su papá, que estaba muy enfermo. Vivían en la Josefa Ortiz de Domínguez y trabajaban poniendo letreros en las carreteras, en los postes. Vino con sus hijos. Y él insistió mucho en una caja para su papá. Sus hijos decían esta, esta, pero él decía no, yo quiero esa y la pagó por adelantado. Cinco horas después el cajón fue estrenado, pero no por el papá del cliente, sino por el cliente que había escogido la caja: se accidentó.
Ayudar a soportar una pena
Francisco Javier Velázquez Domínguez afirma que el negocio de las funerarias se presta a robos, porque los familiares, en medio de la pena que significa perder a un ser querido, tienen que resolver muchos problemas y pueden abusar de ellos, ya que hasta el día de hoy no hay un control de precios y un servicio de embalsamamiento por el cual él cobra 1,500 pesos, otros pueden cobrar 3 mil o cuatro mil 500 pesos.
–Somos la funeraria más económica de la zona, pero nosotros no vendemos cajas de muerto, proporcionamos un servicio, ayudamos a las personas a que la pérdida de un ser querido sea menos dolorosa–concluye Francisco, el hombre que habla con la Muerte.
