
Por Máximo Cerdio
La Estación y sus patios
En la colonia Patios de la Estación, quizá la más pequeña de Cuernavaca, pocas calles están pavimentadas. La que transito con Juan Carlos Sánchez, integrante del Consejo de esta colonia, está detrás del edificio en ruinas de la antigua estación del ferrocarril. Hay grandes piedras junto a las vías de metal y conforme avanzamos el polvo sube hasta los ojos y entra por la nariz. También hay muchos perros en la calle y frente a las casas sin repellar; algunos niños grises juegan con carritos chinos que seguramente les trajeron los Reyes Magos.
Debajo del cielo de metal son casi las siete de la tarde. El alumbrado público apenas alcanza a iluminar las principales calles; en las demás sólo hay postes de madera con cables amontonados, como si una gigantesca araña hubiera maltejido sus redes eléctricas.

Avanzamos por la semioscuridad mientras las gentes se vuelven más y más sombra. Por acá la policía sólo se presenta una vez a la semana, pasa por la tarde o noche por la calle Eucalipto, no se detiene, sólo atraviesa la colonia. Ha habido algunos operativos en los que han aprehendido a algunos maleantes, pero “son de afuera, no son de acá”, dice Juan Carlos Sánchez. “Aquí pura gente trabajadora, no tenemos tiempo para andar atracando a nadie porque nos dedicamos a vender y no tenemos tiempo para eso; mala fama de que en esta colonia somos delincuentes”, me platica, mientras nos metemos más y más a este lugar en el que viven cerca de mil cuatrocientas familias originarias de Guerrero, Estado de México, Puebla, Oaxaca, principalmente; la mayoría dedicada al comercio.
La casa de las sombras
Mi contacto se detiene frente a una casa de fachada blanca, grafiteada: es una calle muy estrecha y oscura, paralela y en contrasentido a la calle Vías del Ferrocarril. Hay una camioneta Ford, blanca, con placas del estado de Guerrero. En la puerta, recargados en la camioneta, se distinguen tres sombras; una más, que bebe una cerveza, está sentada en un tronco frente a la casa y hay otra recargada en la pared. Hablaban, pero cuando llegamos dejan de conversar.
–Este es el reportero que les dije que quiere entrevistarlos…Quiere saber si los han molestado, si las autoridades les han quitado su mercancía… –Las sombras no responden.
–No es de la policía ni viene de parte de ninguna autoridad; quiere saber cuál es la situación con ustedes…
–Él sabe, a él lo acaban de agarrar hace poco. ¡Diles! –Contesta una de las sombras, señalando a la que está recargada en la pared, que es la más baja de las cinco.
Alguien se introduce a la casa, prende un interruptor y ya no vuelve. La luz amarilla baña varias carretillas de las que emplean los trabajadores de la construcción para acarrear mezcla o tierra, que cuestan cada una 700 pesos, recargadas en una esquina; al lado de ellas hay algunos platos y morrales de plástico de color; también hay cajas de huevo tapadas. Eso es lo único que mi ubicación desde la calle me posibilita observar. La luz también me permite ver que las sombras son cuatro muchachos morenos y delgados, bajos de estatura.

Mi contacto se retira y me dice que una cuadra más abajo instalará su puesto por si se me ofrece algo.
–Sí. –Responde el muchacho recargado en la pared, que apenas tiene dos meses de haber llegado de Guerrero y que es uno de los 30 vendedores en carretilla. Todos hombres, ninguna mujer, que circulan por algunas calles del centro de Cuernavaca ofreciendo frutas de temporada como fresas, mamey, uvas que adquieren en el mercado Adolfo López Mateos.
–Vendo fresas y la semana pasada me livantaron los de la camioneta blanca del Ayuntamiento y me subieron mi mercancía y mi carretilla. Se llevaron la carretilla y la tuvieron ahí en la oficina como dos horas. Luego me cobraron dos salarios mínimo, sí. Allá fue, por donde están los autobuses (Estrella Blanca), por la Bodega Aurrera (avenida Morelos casi esquina con Santos Degollado).
–¿Cuánto ganas aquí, vendiendo?
–Veces nada. Todo el día y hasta el otro día es que hay venta. Veces hasta cien peso, pero veces nada.
–Cien o ciento cincuenta peso; desde la madrugada hasta que oscurece, pero de ahí tenemo que comprá mercancía y el dinero se hace menos… –Contesta otro muchacho, de nombre Juan Carlos, de 27 años, que tiene una esposa y dos hijos en Colotlipa, municipio de Quechultenango, Guerrero, de donde es originario, que apenas sabe leer y escribir y con quien continúo la conversación, porque el primero, que no quiso dar su nombre, se retiró y caminó hacia abajo del callejón hasta perderse en lo oscuro. Los demás jóvenes permanecerán callados durante toda la plática.
–Cuando nos levantan, pues perdemos mercancía y dinero. Tardamo en acomodá la fresa en la carretilla como dos horas y media y cuando suben la carretilla a la camioneta del Ayuntamiento la desacomodan y se pierde mucho tiempo volverla acomodá. La fresa es muy delicada, se malluga y ya la fruta golpeada no se vende. Luego tenemo que pagá la renta de esta casa de mil quinientos peso, el agua, la luz.
–¿Por qué vienen a Cuernavaca y no a otro lado?
–La verdá no venimos a Cuernavaca porque nos guste, venimos a trabajá porque allá en Guerrero hay un chingo de carretillero ya. Luego, acá en la construcción, de peones, pues no hay trabajo; no hay obra tampoco. Hay veces que no hay nada; no vende uno nada en días y uno se siente mal, porque pues le hablan a uno la familia, a veces a la semana, a veces a los quince día, para pedirle dinero y no hay nada, pues.
–¿En dónde venden?
–En las colonias, andamo en todas las colonias de Cuernavaca. Antes de septiembre vendíamo en el centro pero ya no nos dejan; a veces es que nos metemos al centro pero hay mucho peligro de que nos livanten.
–¿Qué piden ustedes?
–Nosotro aceptamos que nos corran, que nos digan aquí no se pueden parar a vendé, pero pedimos que nos dejen vendé, no hacemos mal a nadie, no somo rateros ni gente mala y tenemos derecho a trabajar para mandarles dinero a nuestra familia, porque allá en nuestro pueblo no hay trabajo ni nada. Antes, aquí en Cuernavaca, nos comenzaron a molestá porque dejábamos basura en la calle pero ya no dejamos basura. Tampoco estorbamos en las calle para que no se molesten y nos dejen vendé, ganarnos la vida. No podemos decirles que no nos livanten.
–¿En qué piensas antes de dormir?
–Todas las noches me acuesto pensando mi mujer y mis hijos; en trabajá duro para mandarles dinero. Cuando vuelvo, ya por la tarde, me hago la ilusión que regreso mi casa, y me esperan mis hijos y mi mujer. Pero cuando llego acá, donde vivo, no hay nadie. Me hacen mucha falta mis hijos y mi mujer.
El joven se queda callado y escupe al suelo.
–¿Qué más? –Le pregunto.
–Sólo eso, nada más. –Me responde y se mete a la casa. Los demás lo siguen.
Esto me contó Juan Carlos, que cada tres o cuatro meses va a su pueblo de agricultores, a ver a su familia; pero regresa de nuevo a Cuernavaca a ganarse la vida en las calles, en una jornada que inicia a las seis de la mañana y acaba a las siete de la tarde, siete días a la semana, sin ningún tipo de seguridad social y sin prestaciones de ley.
Camino de prisa entre el polvo y busco una calle con luz. Cincuenta pasos más adelante llego hasta donde está mi contacto, que arma su puesto de tacos en un crucero. Le doy las gracias y le pregunto por dónde salgo de la colonia.
–Por ahí, derecho. Vas a ver la vía, por ahí –Me dice, señalando una calle pavimentada.
Me desplazo nocturno, a pasos amplios hasta dar con las dos líneas de metal que atraviesan la calle; éstas y el edificio en ruinas de la Estación ferroviaria, son lo único que queda del ferrocarril México-Cuernavaca, que realizó su último viaje hacia el olvido el lunes 16 de junio de 1997. Veinte pasos más adelante hay mucha luz: es la estación de camiones Pulman de Morelos Casino La Selva, que está sobre la avenida Plan de Ayala.
