
Por Elsa Castorela Castro
En el campamento para jornaleros agrícolas de Tlaltizapán, que alberga a quienes vienen al corte de caña, existen graves problemas de salud, desnutrición, analfabetismo y un alto nivel de discriminación hacia las mujeres; así lo revela un diagnóstico socioeducativo que realizó Aswang Baalam, de la Universidad Pedagógica Nacional.
El trabajo investigativo consiste en información, sensibilización y promoción del empoderamiento de las mujeres del albergue cañero de Tlaltizapán.
El documento indica que en dicho recinto el 70 por ciento de los adultos son analfabetas, esto se debe –según palabras de los habitantes de ese lugar– a que “la forma y tiempo como se realiza la alfabetización es insuficiente, aunado a ello, la gente, cuando regresa del trabajo está cansada”.
Además, los niños y las niñas tampoco asisten a la escuela por varias razones: carecen de recursos para comprar los materiales que necesitan, como lápices y cuadernos, las madres salen a trabajar y dejan a sus hijos e hijas solos, o bien el padre los lleva a trabajar.
Este mismo estudio señala que existe un alto consumo de alimento chatarra, que ha provocado que exista bajo peso entre la población infantil, caries, colesterol y anemia.
En las cocinas de las mujeres que vienen con sus esposos, padre o hermanos, aún conservan una cultura de alimentos sanos que ellos mismos siembran: verduras, maíz, ajonjolí, cacahuate, frijol, nopales, calabacitas verdes, chayotes, jícamas, verdolagas, cebollas, jitomate, etcétera. Sin embargo, se ha dejado que la población más vulnerable consuma alimento chatarra.
En el tema de salud, la investigación señala la existencia de piojos en la población infantil; la falta de higiene les provoca, además, dermatitis, hongos, grietas en la piel. También informa sobre la escasez de limpieza en sus viviendas y en su entorno y el poco uso de jabón cuando se bañan.
La economía también repercute en toda su vida, tanto educativa como de salud e higiene. Los ingresos de cada uno de los jornaleros –que provienen de comunidades indígenas de los estados de Guerrero, Oaxaca y en ocasiones de Michoacán– es variable; ganan desde cien pesos hasta los doscientos al día, que son insuficientes para vivir.
Corresponde a los productores de caña dotar de servicios en el campamento en la época de la zafra, agua, energía eléctrica, gas y vivienda. Sin embargo, cuando termina la cosecha de la caña, se cierra todo; aunque existen familias que deciden quedarse.
El impacto del bajo precio del azúcar también repercute en el refugio, ya que son los cañeros los que solventan los gastos. El campamento de Tlaltizapán cuenta con 18 galeras, las cuales tienen 432 cuartos en los que llegan a vivir entre 6 y diez personas en cada uno.
Para la investigadora Aswang Baalam, su interés es trabajar en la difusión, promoción y el “conocimiento y ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos en mujeres y niñas”, ya que son éstas las más vulnerables y violentadas en todos sus derechos, ya sea por el padre, el hermano o esposo.
