
Por Máximo Cerdio
–Hace algunos meses me encontraba en mi casa porque recibía un tratamientocontra el cáncer que me acababan de diagnosticar, y de pronto comencé a asfixiarme. No tenía fuerzas para pedir ayuda, ni para salir a la calle. Manchas y los demás empujaron la puerta y salieron a pedir auxilio a la calle y unos vecinos me atendieron. De no ser por África, Canela, Estrella. Nicolás y el Manchas yo me hubiera muerto. Lo extraño es que nunca los enseñé a abrir las puertas –relata Beatriz Ortíz Aguirre.
De entre los canes destaca uno: el Manchas, a quien Beatriz atribuye un don especial:
–Todos los días, por la mañana, salgo a pasear con mis perros: África, Canela, Estrella y Nicolás, todos adoptados de la calle. Siempre veíamos al Manchas en el centro, en la Carolina, en El Vergel, y él, desde donde nos viera, nos acompañaba hasta la casa y de ahí se regresaba, nunca se quedaba en casa. Pero después comenzó a llegar de madrugada y tocaba la puerta y yo le abría; y así, hasta que se quedó en la casa: ahora duerme en mi cama. El Manchas es superinteligente, tiene un don especial, todo el mundo lo conoce y lo quiere, incluso le llaman con diferentes nombres como Gordo, Spaghettio el Ingeniero; no es peleonero ni con mis demás perros, todos adoptados de la calle, ni con las personas. A veces, cuando venimos caminando, ladra a los coches, nos cuida, pero nada más eso. Hay ocasiones en las que el Manchas se queda en otra casa, la de una chica, con la cual tengo contacto, pero sabemos dónde anda.
Beatriz dice que tener a estos individuos en su casa es una bendición y no se explica porque algunas gentes son tan crueles con los perros.
–Son cariñosos, te entregan su amor, su cuidado y tú lo que debes hacer es atenderlos, darles de comer, asearlos, ponerles su vacunas, sacarlos a pasear, pero sobre todo quererlos; son seres llenos de amor y de cariño, no entiendo cómo hay personas que odian a los animales.
Beatriz Ortízsupone que el can tuvo alguna vez un hogar donde fue muy querido, porque no es desconfiado ni bravo como los demás perros callejeros, él es amistoso y muy tranquilo.
–Él me eligió a mí, escogió mi casa para vivir y yo estoy agradecida con él y con los demás perros porque me salvaron de una muerte segura –concluyó.

La increíble y a veces difícil vida del Manchas
Aunque mi primer registro fotográfico del Manchases del 12 de octubre de 2011, lo conocí en verdadera acción el 31 de enero de 2013, durante una marcha en contra de la firma del Pacto por México: iba pegado a la pared de Banamex, en la cruz que forman las calles de Dwight W. Morrow y Mariano Matamoros, en el centro de la ciudad. Al principio supuse que lo había arrastrado la ola de más de 500 manifestantes, como a muchos otros individuos de a pie o en auto que transitan a las 11 de la mañana por la capital de Morelos; pero conforme la masa avanzaba su actitud me llevó a pensar que era parte del grupo.
Corrí dos cuadras y me situé casi en la esquina de Galeana y Miguel Hidalgo. Cuando se acercó lo suficiente, disparé: el Manchas está en primer plano y en segundo sus compañeros de protesta.
El contingente subió por Hidalgo y después por las escaleras donde se sitúa la estatua de Emiliano Zapata –montado en lo que parece un pony– y avanzó por la plaza de armas hasta llegar a las puertas principales del Palacio de Gobierno: ahí gritaron las mismas consignas de siempre. El Manchas los acompañó hasta la plancha de cemento y desapareció.
Patrimonio viviente
Junto con cinco individuos de su especie, el Manchas forma parte del inventario de esta zona de Cuernavaca donde suceden hechos de suma importancia y al que algún poeta le llamó “el corazón de la ciudad”. Está incluido con el señor retratista y sus caballitos de fibra de vidrio, con los vendedores de frituras y raspados, con el tamalero, con el vendedor de perros calientes, con los payasos albureros de los sábados y con Pactú: el mimo que arrastra su soledad y su silencio sin hacer el menor ruido.
El Manchas seguramente recuerda a la Muñeca: un hombre delgado de la tercera edad, moreno, pelo negro sin una sola cana,vestido con pantalones y zapatos blancos, depilado y con las pestañas levantadas por el rímel, que se sentaba en una de esas bancas de hierro a ver jovencitos y que una vez ya no volvió. Y es muy seguro que también haya observado, como los borrachos y locos que también viven en la periferia del zócalo, a la mujer drogadicta que se baña desnuda en la fuente pública, cuando el sol comienza a arrojar sus espadas sobre el cemento.
¿Se acordará de Carlitos Avendaño, el jorobadito esquizofrénico que tenía una casa en la colonia Alta Vista y fue asesinado a pedradas el año pasado?
Igual pero no lo mismo
La mayoría de los ladrantes callejeros de la ciudad, que de acuerdo con la Dirección de Control de Fauna del Ayuntamiento de Cuernavaca (DCFAC) suman más de 18 mil 600, es huraña porque casi todos fueron maltratados y abandonados –no hay perros sin dueño sino abandonados, diría el titular de laDCFAC, Delfino Toledano Alfaro-, no están esterilizados, las pulgas, garrapatas y bichos intestinales les chupan la sangre, por eso y porque la alimentación en la calle no es la más sana, andan flacos y con una pinta de enfermos: según los veterinarios, estos individuos viven mucho menos que los domésticos.
El Manchas escapa casi en su totalidad a esta descripción: con todo y sus bichos, tiene un nombre –o varios: Spaguetti, Gordo, Ingeniero, Manchas–, su edad humana aproximada es de 40 años–es decir tiene seis años perrunos–,está esterilizado, es pachón; cuando las personas se le acercan para hacerle un cariño él responde bajando la cabeza y moviendo la cola. Excepcionalmente, se tira al piso y muestra su amplia y blanca panza y el lugar donde estuvieron sus genitales, como señal de sumisión absoluta.
Es muy frecuente verlo acompañando a las personas que atraviesan con prisa la gigantesca plancha del zócalo. No desmentiría a quien asegurara que más que buscar compañía lo que el Manchas demuestra al transeúnte es la importancia de tener compañía no humana.

Héroe de mil y una batallas
A principio de abril de 2012 al Manchas no se le vio por el zócalo. Como sucede con la fauna urbana, no era de extrañarse, considerando que a veces estos individuos se instalan en colonias donde la vida los trata mejor o, en el peor de los casos, los carros los atropellan o son llevados a la perrera y se suman a la lista de los más de 500 sacrificados por Acopio animal cada año en Cuernavaca.
Según información que circula en Facbook, una mujer de nombre Laura Vargas lo encontró algo lastimado y para evitar que los de la perrera se lo llevaran, lo rescató y lo entregó a un grupo de chavos encabezados por Amatista Lía que, de manera independiente, rescatan animales.
Los muchachos lo chainearon, lo desparasitaron y lo esterilizaron: esta última acción rompería con su esbeltez, resultado del hambre y de andar persiguiendo casi todo el día a las hembras, pero daría al Manchas un estilo único: en adelante sería pachón.
Amatista Lía cuenta cómo conoció al Manchas:
–Lo conocimos hace casi cuatro años. Siempre fue un perro cariñoso pero, sobre todo, extremadamente flojo. Una noche, después de un concierto que dimos en el zócalo, decidimos invitarle algo de pasta. Él se tumbó con la patas hacia arriba y teníamos que darle un espagueti a la vez para que pudiera comerlo acostado; jamás se levantó, daba tanta risa verlo succionar la pasta de lado y acostado que empezamos a llamarle por ese nombre Spaguetti. Con el tiempo hizo amistad con más personas del Centro: el dueño de los hot dogs del zócalo le daba salchichas, el Prana le servía platos completos de pollo con pasta, el dueño del Rino’s le tenía también estima. Hace tres años, cuando ya teníamos un tiempo conviviendo con él, llegamos a quererlo tanto –y por las constantes amenazas de acopio– que decidimos cambiarnos de casa y adoptarlo. Antes de eso yo ya le venía poniendo sus vacunas y, finalmente, lo llevé literalmente arrastrando a esterilizar. Como es muy flojo, tuve que buscarlo en los negocios con aire acondicionado, pues era temporada de calor y tanto en las zapaterías como en la escuela de computación CETEC de la calle Francisco Leyva, lo dejaban entrar cuando se cansaba de la calle; así que lo encontré en la zapatería y lo lleve casi a rastras a operar; después lo llevamos a casa por primera vez. Pasó bien la operación los primeros tres días, sin embargo, al cuarto día era tal su desesperación por salir a la calle que aullaba y se golpeaba la cabeza contra puerta, así que después de una gran lucha interna, lo dejé ir. Ahí entendí que es más fácil sacar a un perro de la calle que a la calle de un perro. Tratamos de adoptarlo permanentemente durante algún tiempo pero siempre era lo mismo: llegaba herido o muy cansado, le curábamos las heridas, lo alimentábamos, se recuperaba y se iba. Entonces tratamos de acostumbrarlo a llegar a dormir, durante algún tiempo llegaba diario, cuando tardaba nos preocupábamos y salíamos a buscarlo, llamábamos a acopio y al asilo. Algunas veces llegó con heridas graves, por lo que en contra de su voluntad lo reteníamos varios días hasta que sanaba o terminaba el tratamiento. Otras ocasiones no era tan sencillo y continuábamos el tratamiento en la calle: algunas veces lo obligábamos a tomar la pastilla a medio zócalo o lo sometíamos entre dos para lavarle alguna herida.El Manchas casi nunca pasa la noche en la calle: o duerme en mi casa o en la de Beatriz, a quien conoció hace como dos años; ella y yo mantenemos comunicación constante. Durante mucho tiempo le puse collares con placa para que la gente y los de acopio animal supieran que tenía familia, pero los perdía. Ahora Beatriz y yo estamos buscando la manera de hacerle uno que no le puedan robar o que él mismo no pueda quitarse.
La nómada perrez
En la calle, el Manchas también tiene una familia perruna, está formada por cinco miembros: uno negro, que al parecer es el macho alfa, dos rojizos, una perra blanca y el Manchas. A casi todos se les ve juntos, excepto a él: seguramente sabe que los de la perrera buscan e identifican más rápidamente a las manadas; por tal motivo él anda la mayoría del tiempo solo, además, tiene un camuflaje natural: es medio blanco tirándole gris, con manchas amarillas y café para confundirse con el cemento y el pasto.
El quinteto dormía en las jardineras del Callejón del Cubo, localizadas a un costado del Palacio de Cortés, entre las calles de Clavijero e Hidalgo, pero con la remodelación de esa área que comenzó a principio del mes de febrero y terminó en abril de este año, el lugar donde el grupo pernocta es un misterio porque las jardineras fueron destruidas.
Del único que sí se sabe es del Manchas: pasa las noches en casa de Beatriz Ortiz y junto con cuatro perros pequeños sale todos los días, religiosamente, a dar un paseo por el centro de la ciudad.
Quien observe con cuidado, se podrá dar cuenta que la mujer lleva con collar y correas a los tres cánidos. El Manchas va suelto, ladrando a los coches, se adelanta o se retrasa según se necesite: parecería que él es quien saca a pasear y cuida a Beatriz y a sus cuatro hermanos.
Epílogo
–Mmmm. No creo que se quede mucho tiempo ahí, en esa casa. Ha estado en varios hogares, pero luego se escapa y regresa a la calle –me dijo Areli, una reportera que forma parte de una asociación rescatadora de animales.
Otros testimonios de personas que conocen al Manchas refuerzan la aseveración de que volverá, de nuevo, a las calles y se le podrá ver como siempre: tirado bajo el sol, meneando amistosamente la cola cuando alguien lo saluda o caminando en las marchas, solidario con las exigencias sociales.
