
Por Chris Nicolás
Además del hacinamiento y falta de personal de vigilancia, la población del penal femenil del Centro de Reinserción Social (CERESO) Morelos,de Atlacholoaya, tiene que soportar abusoscomo insultos y robos de parte de las pocas custodias que allí trabajan.Ser objeto de burlas o quedarse con hambre, porque las encargadas de vigilancia les quitan sus alimentos, son maltratos cotidianos a los que están expuestas –principalmente– las más pobres.
La descomposición que impera en esa cárcel permite, incluso, que las propias internas adviertan cuáles celadoras consienten el ingreso de artículos prohibidos, quiénes piden dinero o sustraen las pertenencias de las presas.
Una mujer, que pide reservar su identidad, revela a Conurbados cómo fueron los ocho meses que estuvo recluida en esa cárcel, de la que fue liberada por falta de elementos.
Recuerda que durante su estadía, eran aproximadamente dos centenas de mujeres encerradas en el lugar, y que estaban distribuidas en tres distintas áreas comunes: Ingreso, que es, prácticamente, la primer etapa al llegar al lugar, en la cual todas se encuentran enclaustradas en su celda; el Centro de Observación de Conducta, conocido como COC,lugar en el que, como ella lo describe, “ya tienes más libertad y hasta puedes ir a la tiendita”, y Población, en donde se designa la celda en la cual purgarán su condena o esperarán una sentencia.
“Éramos ciento setenta y dos presas y erancreo que veinte custodias, distribuidas en todas las áreas; una por cada edificio. Pero ¿para un edificio sólo una custodia?”, se pregunta.
Hasta el momento, sigue sorprendida por el hecho de que únicamente una celadora fuera la encargada de cuidar cada una de esas secciones; en el área de Población, sólo una cuidaba cada edificio. Las demás, estaban distribuidas en la torre, la entrada, salida, etcétera.
Refiere que ninguna de las centinelas ni de las sargentos estaban armadas: “Sólo traían un tolete, y creo que un gas pimienta.Es más, creo que ni cuando salían a las diligencias iban armadas”.
Relata los abusos por parte de las custodias hacia ella y el resto de las internas. Aunque se preocupa por aclarar que nunca sufrió maltrato físico, asegura que sí fue objeto de burlas, atropellos a sus derechos y limitaciones para recibir comida y otras pertenencias que sus familiares le llevaban durante las visitas.
“En el tiempo que yo estuve, llegaron unas comandantas que inmediatamente las cambió el subsecretario de Reinserción Social porque nos trataban de pendejas, nos decían ‘¡Pendeja, recoge esto! ¡Pendeja, limpia aquí’ y la población se quejó. El subsecretario temía que les fueran a hacer algo, así que las tuvo que cambiar”.
La entrevistada también cuenta que las celadoras no permitían pasar la comida y las cosas buenas o que a ellas les gustaban,como la avena o el café; ésasse las quedaban. “Hay ocasiones en las que nuestra familia nos trae de comer y ellas se quedan con la comida, se la comen; hasta pasan a aventar nuestros topers”, dice.
A la hora de la comida –narra– muchas se quedan con hambre, pues ellas se llevan muchas cosas, sacan bolsas de sus mochilas y dicen: “pásame veinte salchichas para mi perro”. Especifica que esos abusos se cometen usualmente con las mujeres de escasos recursos o con aquellas que no reciben visitas frecuentemente.
Explica que la situaciónde hacinamiento en el penal es un gran problema, puesto que en cada una de las celdas residen hasta cuatro mujeres, en un espacio menor a los cuatro metros cuadrados, en el cual, únicamente hay dos camas de piedra, por lo que dos presas tienen que dormir en el piso.
“A mí me tocó estar en una misma celda con otras dos señoras, pero en la etapa de ingreso dormíamos hasta ocho en una misma celda, en población ya son sólo cuatro, pero me han dicho que en donde están los hombres, es peor”.
