
Por Carlos Quintero J.
Con los brazos extendidos sobre la baranda del banquillo de los declarantes, Raúl Ascensión alza su rostro hacia el estrado. Sabe que su libertad está en manos del tribunal integrado por tres jueces.
Aprieta sus puños y deja escapar su voz aguardentosa que resuena con un dejo de desesperación.
–Yo me siento algo culpable por no haber escuchado nada, ose’a no haber oído ruidos, pu’s es lo único que lamento, ose’ayoesteé, yo por mí p’es también, sé que piensan que soy yo –dice el hombre con algunos ademanes.
Las miradas fijas del público se centran en la persona de baja estatura, de complexión robusta y cabello lacio, y quien acota en su declaración:
–Pero no dejen de investigar, si quieren pueden tenerme el tiempo que quieran, yo también no quiero salir y que sigan pensando que yo tengo algo que ver ahí.Yo quiero salir como tiene que ser… Con mi nombre limpio y con la frente en alto, y mi conciencia está tranquila y… Yo no tuve nada que ver y ahora sí que estoy en sus manos, señoría.
El reloj digital de la Sala Dos de los Juzgados de Control de Garantías y Juicio Oral marca las 13:10 horas del martes 16 de octubre de 2012.
Era el inicio del juicio oral en contra de Raúl Ascencio, de 41 años de edad, de oficio jardinero e imputado por el homicidio de Porfirio Flores Ayala, ex presidente municipal de Cuernavaca.
El hombre era el primero en rendir declaración, de un total de 16 testigos que estaban listos para desfilar ante el tribunal, integrado por los jueces del Primer Distrito Judicial del estado: María Luisa de Jesús Rodríguez Cadena, Isidoro Edie Sandoval Lome y Martín Eulalio Domínguez Casarrubias.
Erguido, tratando de controlar el trastabillar de su palabras, el imputado comenzó describiendo su relación con la víctima, con quien trabajó durante siete años.
–Cuando a él una vez lo operaron de los ojos, yo fui al seguro por él y sí vi’a yo por él; cuando una vez se cayó, esteé yo era el único queé estaba allí… porque yo siempre lo obedecía a él, lo respetaba yo, anqueé, aunque debido a su manera de ser, esteé para mí era normal, pues esteé muchos decían que discutíamos, pero era normal su manera de ser conmigo.
Un día antes de la muerte de su patrón, el viernes 30 de diciembre del 2011, Raúl Ascensión descansó en su trabajo.
–Para ese día, pues yo tenía una cita con mi pareja, ose’a yo con ella, habíamos terminado dos meses anteriores enton’s yo, esteé esa vez, esteé ese día le pidí pues hablar con ella que me diera una oportunidad más,entonc’s ella como a las doce fue a verme al jardín.
Se refería a la casa de Porfirio Flores, un terreno a desnivel de aproximadamente una hectárea, utilizado también como jardín de eventos especiales, y localizado en la calle Tabachín número 57 A, esquina Llamarada, de la colonia Bella Vista, al norte de Cuernavaca.
El inmueble también era conocido como «Jardín de Cuernavaca», con dos entradas; la principal por la calle Tabachines y la de servicio por la calle Llamarada. Además, el predio incluía amplios jardines, terrazas, baños, una cocina y una alberca.
Raúl Ascensión tenía asignado un cuarto ahí, porque era el encargado de planta del mantenimiento del jardín y la vigilancia; ese día permaneció algunas horas en compañía por su novia, Gabriela.
–Me fue a ver mi pareja, y esteé estuvimos hablando, le pedí una oportunidad más, de ahí yo la llevé a su trabajo, y ya me fui a casa de mis padres del trabajo. Ya regresando como a las ochoal domicilio, yo vivía allí, allí yo me encargaba deéose’a yo, a mí esteé, yo tenía pue’s ahí mi cuarto, yo ahí me quedaba; yo tenía siete años viviendo allí.
El hombre ingresó por la calle Llamarada y después se dirigió hasta la puerta de la entrada de la casa de su patrón para recoger un radio Nextel que le dejo otro de sus compañeros, en un sitio previamente acordado.
–Entonces me bajé a mi dormitorio y le marqué al patrón que ya estaba yo allí, porque esa era una regla que yo tenía que seguir, siempre que yo estuviera allí avisarle a él para que él supiera que era yo el que andaba ya por ahí.
A través de un monologo, Raúl Ascensión revela la última conversión que sostuvo con Porfirio Flores entre las 20:30 y 21:15 horas.
–Licenciado ya estoy por aquí, ya llegué. Le leé marque a su Nextel.
–Me dijo: Está bien Raúl, mañana quiero que te me levantes y esteéose’a te me pongas a barrer.
–Yo sí barría. No es cierto que eso que dice la gente, que dice eso de que no sé porque lo dice, saben bien de que yo era la persona que los sábados, cuando no había eventos, era yo el que me encargaba exclusivamente de barrer, yo a veces, hasta cuando al patrón le decía:
–¡Me carga la mano patrón! Cuando yo entré a trabajar con usted me ponía hasta cuatro o cinco personas y hor’a pues nada más me deja a mí la bronca.
–No, pero a’i tienes al Hugo, a’i tienes al Vicente.
–Ire, Vicente usted me ha dicho que no se le puede decir nada porque él es del estacionamiento. El Vicente nada más viene y limpia las mesas y hay veces que me ayuda, pero hasta que acaba.
El sábado 31 de diciembre, Raúl Ascensión se levantó temprano y se dispuso a barrer el frente de la quinta, salió de su cuarto y observó que el auto de su patrón estaba mal estacionado, obstruía la entrada principal de la calle Tabachín y tenía encendida las luces de los «cuartos».
El hecho no le causó extrañeza porque no era la primera vez que sucedía; ya en ocasiones anteriores, Porfirio había dejado –incluso– el portón abierto. Por tal motivo, el jardinero únicamente le tocó la ventanaa su patrón para decirle lo de su vehículo, pero éste nunca respondió.
Después de ir por un jugo y al puesto de periódicos, el hombre comenzó a barrer frente a la fachada del inmueble.
Alrededor de las 9:30 de la mañana, llegó Hugo, otro empleado con quien platicó por unos momentos hasta casi las 10 cuando se presentó su otro compañero, Vicente.
Los tres estuvieron esperando en la calle al tamalero porque oyeron que venía gritando, «Hay que comprar unos tamales y ahorita le seguimos ¿no? Ya viene ahí a la vuelta», le dijo Vicente y esperaron; pero no apareció.
Raúl Ascensión decidió entonces comenzar con las actividades cotidianas.
–Tú vete a regar, echarle agua a los tinacos–Le dijo a Hugo.
–Primero échale agua a los tinacos porque el licenciado luego se para y se baña, y si no hay agua ya sabes cómo se pone. Ya sabes cómo te llama la atención. Le recordó al joven.
Ellos utilizaban el agua de la alberca para el servicio del baño, para regar el pasto y otras actividades.
Hugo caminó por el amplio corredor que conduce hasta la alberca, mientras Raúl Ascensión continuó barriendo en la calle. Al cabo de unos minutos, Hugo regresó corriendo.
–Me regresa el chavo solo y me dice de cerquita: Rauúl, hay un cuerpo en la albercaa ¿De quién es el cuerpoo? Yo me quedé tóndido ¿no?… Pero cuando me acerqué ose’a la distancia de, de la entrada, nno,el patrón no estaba flotando, así con el cuerpo flotando pues, completamente arriba, sino que estaba sumergido. N’a más se le vi’a el pelo deé, el pelo… la pues… el pelo pues le asomaba por fuera y los pies tocando contra la alberca. No se vi’a de lejos; yo me tuve que acercar, caminar hacia el pasto y esteé estaba en la parte más baja de la alberca.Entonc’s no vi la altura cuando me acerqué y no vi bien… No lo reconocí pues, porque lo vi chaparrito.
La víctima era un hombre que vestía camisa de manga larga, color blanco, corbata y pantalón de vestir gris, zapatos negros.
–¿Pero quién es Hugo? Tú ayer trabajaste. Tú estuviste lavando trastes hasta las siete y media, ¿Tú, tú viste si llegó su hermano? A lo mejor su hermano,ose’a, porque tiene él un hermano que un tiempo se quedó a vivir ahí un mes;entonc’s este, él es chaparrito como de mi estatura, entonc’s yo pensé: a lo mejor su hermano vino a visitarlo y se cayó y el licenciado a lo mejor esteé, no sé, discutieron y el licenciado a lo mejor ahorita salió a arreglar este problema. Yo así pensé ¿no?
Después, Raúl Ascensión se dirigió a su otro compañero:
–¡Oyes, Vicente! Lo alcancé a ver que estaba en el carro. ¡Oyes, Vicente, bájate de ahí! ¿Qué haces allí? Esteé tenemos un problema, hay un cuerpo en la alberca. ¡Ven!
Los empleados no sabían quién era la víctima e intentaron comunicarse por radio con su patrón para informarle del hecho, pero nunca les respondió las llamadas de alerta.
Lo buscaron por toda la quinta hasta que decidieron comunicarse con su socia y novia, Nora, quien –a su vez– le pidió a Tomás, hermano del exalcalde, que se apersonara a investigar qué estaba ocurriendo, porque ella estaba en la Ciudad de México.
–El licenciado Tomás, él venía llegando me dice: ¿Qué pasó Raúl?, él me alcanzó a ver que yo venía de mi cuarto, pu’s licenciado con eso de que hay un cuerpo en la alberca. Él se paró en la entrada y tampoco vio.Creo que se quedó así viendo, tuvo que acercarse, tuvimos que ir a la alberca, nos acercamos a la alberca; no lo reconoció luego, estuvimos viendo.Fue cuando esteé dimos la vuelta y le hago:no, pues, no sé quién sea.
Tomás identificó a la víctima.
–¿Sabes qué, Raúl? Sí es mi hermano, lo reconozco por la pulserita que trae en la mano, es mi hermano; por esa pulserita lo reconozco.
Los hombres observaron en el jardín y el pasillo manchas de sangre, unas monedas tiradas y una serie de huellas de calzado que al seguirlas conducían hasta la entrada principal del domicilio.
Elementos de seguridad pública municipal, del estado, agentes de la policía ministerial y peritos de la Procuraduría General de Justicia (PGJ) de Morelos arribaron a la escena del crimen para iniciar la investigación.
Los peritos realizaron un examen minucioso en el inmueble, tomaron imágenes del lugar, realizaron la diligencia del levantamiento del cadáver y confiscaron un par de zapatos y un preservativo usados por Raúl Ascensión, ambos localizados en su recámara.
En su alegato de apertura del juicio oral, el agente del Ministerio Público, Gumersindo Sánchez Lagunas acusó a Raúl Ascensión del homicidio.
–Porfirio Flores Ayala, ex presidente municipal de Cuernavaca, Morelos, asesinado por su jardinero vigilante. En efecto, honorable tribunal, entre las 23 horas del día 30 de diciembre y la una de la mañana del día 31 de diciembre del 2011, el ex presidente municipal de Cuernavaca, de 64 años de edad, fue asesinado en el interior de su domicilio.
El agente del Ministerio Público argumentó que la evidencia demostraría que no había huellas de puertas forzadas, ni huellas de escalamiento en la barda que delimitan el inmueble; lo que, a su juicio, revelaba que el victimario siempre estuvo adentro de la casa y tenía llaves para entrar y salir de la misma.
Gumersindo Sánchez también presentó un examen de ADN realizado a la corbata de la víctima y en donde afirmó que se encontró el perfil genético del imputado.
–El acusado, conjuntamente con otro sujeto, privaron de la vida a la víctima mediante golpes, sujeción y presión de la corbata hasta causarle estrangulamiento.Por tal motivo, al finalizar, deberá dictarse fallo condenatorio en contra del acusado para que el delito no quede impune, para que la sociedad de Cuernavaca, Morelos y México sepa que aquí, en este tribunal se imparte justicia.
Su contraparte, el defensor público Víctor Javier Hernández Vega, debatió que un solo medio de prueba, en este caso el examen de ADN, no podía ser suficiente para condenar a Raúl Ascensión por el homicidio de Porfirio Flores.
–Hemos escuchado que nos prometió, que se encontraron impresiones de huellas de calzado del lugar de los hechos al domicilio de la víctima, o cuarto de la víctima, a la habitación del imputado; sin embargo, al terminar el presente juicio ustedes se preguntarán ¿Y el calzado dónde está? ¿Y las huellas del calzado de quién son?
Un perito criminalista, un genetista, un médico legista, agentes ministeriales, empleado y familiares de Porfirio Flores rindieron su declaración ante el tribunal.
Finalmente, el 6 de noviembre de 2012, los tres jueces resolvieron por mayoría: Sentencia condenatoria en contra de Raúl Ascensión por homicidio calificado y una pena de 20 años de prisión; además de una multa de 56 mil 700 pesos.
El único voto disidente fue de Martín Domínguez, quien al dar a conocer su postura dijo que se debía, entre algunas cosas, porque el ministerio público incriminaba al jardinero únicamente porque vivía con él, y eso lo hacía sospechoso.
Según el juzgador, la fiscalía no investigó para saber sí los homicidas pudieron haber entrado en el momento que la víctima pretendía salir de su domicilio, porque hubo indicios de que su auto se encontró mal estacionado, «con dirección hacia la calle».
De igual manera, el juez tercero integrante del juicio oral le restó valor probatorio al examen de genética por la forma en cómo se realizó:
–Explicó la perito que ella no realizó la recolección de los perfiles para la obtención del resultado de las pruebas, ya que las recolecciones las realizó su anterior compañero genetista quien efectivamente efectuó todas y cada una de las recolecciones.
En un primer examen que el perito realizó a la corbata que el o los homicidas utilizaron para estrangular a la víctima, encontró únicamente un perfil genético de Porfirio Flores Ayala; pero,la otra perito que intervino posteriormente halló el perfil genético del imputado.
El móvil del homicidio que la fiscalía estableció, de un empleado que «maltrataba» a su patrón, no fue convincente para el juez.
Derivado de la incertidumbre de la prueba de ADN de la corbata y de que dicho resultado se haya «contaminado» con el resultado del examen del preservativo que utilizó el imputado, el abogado defensor interpuso un recurso de casación en contra de la sentencia.
El tribunal de segunda instancia integrado por los magistrados: Andrés Hipólito Prieto, Miguel Ángel Falcón Vega y Roció Bahena Ortiz –esta última con un voto en contra de la resolución– revocó la sentencia y dictó la libertad inmediata de Raúl Ascencio.
El argumento jurídico del abogado de oficio Víctor Javier Hernández Vega demostró insuficiencia en las pruebas desahogadas en el juicio y las cuales fueron valoradas subjetivamente.
–Me culparon por trabajar con mi patrón, pero yo como iba a hacer algo que está en contra de mi propio patrimonio, de mi propio trabajo.Yo no habría de atentar contra mi patrón y se está demostrando; está saliendo la verdad, declaró a este reportero Raúl Ascensión tras obtener su libertad.
