
Por Stella Turcato
Cuartel General de Emiliano Zapata, Tlaltizapán, Morelos; noviembre de 2015.- Sentada al inicio del patio frondoso, como a la espera de alguien a quien narrar la historia oficial, esa que irremediablemente incluye el recorrido por este recinto, pero sobre todo, ávida de contar –una vez más– tantos relatos que ella escuchó desde su niñez. Ahí está doña Diega, sencilla y a la vez satisfecha de saberse guardiana de ese caudal de anécdotas.
Es la víspera de los días de descanso por el CV aniversario del inicio de la Revolución Mexicana y, si no fuera por ella y por este lugar que ningún morelense debería desconocer, ni quien recuerde el motivo del asueto.
Doña Diega se duele por semejante desinterés.

Imitar a otros países
Ella cree que además del –cada vez mayor– desdén de los gobiernos y los políticos por el tema de la Revolución y las medidas de años recientes, como adelantar el festejo y hacerlo coincidir con el programa del Buen Fin, contribuyen a la indiferencia de la gente por la fecha, en particular, y por la historia, en general.
–¡Peor! Todo eso le va quitando interés a nuestra historia, a nuestras costumbres, a todo. Se nos van perdiendo nuestras tradiciones; (éstas) se han ido por los suelos. Ya no hay tradiciones de un pueblo, porque ¡queremos imitar a otros países!
–¿Qué haría falta para reivindicar el apego, al menos, por la historia y los héroes más cercanos?
–Aquí en el pueblo no les interesa. El pueblo está tan mal acostumbrado, que echan un cuete y digan que va a haber chinelo, ¡uju, bajan hasta de los cerros! Pero ¿que digan que se interesan por la historia? ¡No! Aquí estamos en un lugar, que luego les he comentado, de tanta importancia, bueno, yo lo siento. Será porque oía yo platicar a mis padres de esas cosas, que siento la vibra, la emoción de hablar aquí, en este lugar y digo que no le importa a la gente. ¡Y aquí lo tenemos! Aquí está la historia, como les he dicho. No les interesa. Luego, hasta nuestras mismas autoridades ya ni a ellas les interesa.
A sus 81 años, Diega López Rivas es, desde 2003, la guía de este sitio hoy convertido en Museo de la Revolución del Sur y que fuera el principal, aunque por temporadas, campamento militar de Emiliano Zapata.
Ella tiene los nombramientos respectivos como guía turística y cronista de Tlaltizapán, que le fueron otorgados en su etapa de adulta pero que forjó desde la infancia y que se ha ganado por la fascinación que ejercían en ella los relatos de sus mayores y por su privilegiada memoria.
Una vida en la atmósfera zapatista
Su explicación de cómo abrevó de sus mayores es simple:
–Oralmente, porque yo todas las historias que narro son historias orales de personas que sobrevivieron a la Revolución (…). Como yo conocí a muchos sobrevivientes y señoras… yo los conocí desde niña. Como mi padre (que) fue revolucionario y él se murió de más de 100 años –en 1967– (…) Aquí en el pueblo, –su progenitor Lázaro López– era conocido como “el amigo de Zapata”.
Y se derrama la profusión de detalles acerca del paso de El General por estas tierras:
–El acercamiento de mi padre con Emiliano Zapata fue porque mi padre era mayordomo de la iglesia, de la réplica de padre Jesús (del que El Caudillo del Sur era muy devoto) que está aquí –se apoya con el ademán.
La mujer cuenta lo relacionado a los acontecimientos sociales y políticos más importantes del siglo XX como si ella misma los hubiera vivido. No en vano conserva la casa que fuera el hogar de sus antecesores y que acogiera al hombre más puro de la Revolución, al morelense más universal.
–Todavía existe mi casa, el terreno para abajo donde era la casa de mi padre, pero está la argolla donde (Zapata) amarraba su caballo, nunca la he quitado, está debajo de mi cama.
–¿Por qué debajo de su cama?
–Porque era corredor, era patio y después hizo mi papá un corredor como este, así (señala el porche del Cuartel); y ahí hice mi cuarto para dormir. Hice mi casa ahí. Nunca he querido quitar su identidad a un cuartillo (que quedó desde entonces). Digo, mi casa es grande. No le he quitado el piso… Ya está muy antiguo, son ladrillos cocidos como estaba aquí, en el Cuartel y la casa sí los conserva.
Diega habla de las narraciones de su madre como si se tratara del presente:
–Y dice mi mamá que (Zapata) entraba, amarraba su caballo… Dice mi madre: se paseaba de un lado, toooodo el corredor, toooooda la casa. Sonaban las espuelas. Hablando. Hablaba puros rejijos de allá y de acá; que puro disparate decía, que era bien disparatero para hablar. Pero, dice mi mamá, que era muy bien parecido ese hombre, por eso muchas mujeres se enamoraban de él. Otra cosa, dice, casi no sonreía; muy poco. Muy serio él, pero eso sí, con una mirada muy penetrante… Era una mirada que traspasaba a una gente que pasaba.

La tierra que El General pisó
Diega ha tratado con gente de casi todos los continentes, pero –en especial– recuerda lo que le expresó una visitante del Medio Oriente: “era una mujer de un país árabe que me dijo: ‘cuando era niña, yo vi una película de Emiliano Zapata, en mi país, y dije: algún día voy a ir a pisar la tierra que pisó Zapata’. Mire: ¿por qué aquel fervor, aquel amor, aquella admiración en otras gentes que ni siquiera tienen la historia, que lo vieron, que lo conocieron nuestros padres, presenten tanto interés que nosotros que aquí tenemos la historia, aquí tenemos nuestro Cuartel que muy muy poco es visitado?”.
Así se lamenta de la apatía de sus coterráneos doña Diega, una mujer a la que no le pesan sus más de ocho décadas a la hora de contar y contar historias, menos le ha pesado procrear nueve hijos, le viven siete, que le han dado 20 nietos, 18 bisnietos y una tataranieta.
Por eso ella insiste en transmitir sus conocimientos a las nuevas generaciones: “Miren, que para mañana esto que no se muera, que quede en la mente, en la memoria, ¡en el corazón, más que nada!









