
Por Máximo Cerdio
En la entrada de la oficina del coordinador de Reinserción Social, Lucio Hernández Gutiérrez, hay tres exhibidores con base y marco de madera protegidos por hojas de vidrio corredizo. En uno se pueden ver más de cincuenta celulares de diferentes tamaños, marcas y colores, como almejas abiertas, decomisados en los operativos.
Enfrente hay otro con droga. Dosis pequeñas que caben en las más íntimaspartes del cuerpo o en el pelo o en el tacón o en la suela de los zapatos o en la comida. El capitán Pedro Muñoz Chícharo apunta que los familiares de los reclusos y éstos encuentran mil maneras de introducir la droga, principalmente marihuana y heroína –“la negra”,le llaman con cariño en el encierro–. “Son muy ingeniosos”, califica, quien fue responsable de la cárcel distrital de Jojutla y desde diciembre de 2014 es directordel Centro de Reinserción Social(Cereso)Morelos, conocido también como penal de Atlacholoaya.
El más llamativo es el exhibidor de las armas de filo y punta. Los internos esconden un trozo de muelle, lo enderezan en días y lo van desgastando todo los días contra el cemento o con alguna lima hasta convertirlo en un arma capaz de atravesar la piel y los músculos de alguna víctima o atacante, tan pesado y duro que podrían romper con facilidad de un solo golpe el espinazo a un hombre. Algunas tienen empuñadura de cuerdas semejando armas orientales: detrás del vidrio son asesinos dormidos.

El capitán Pedro Muñoz pide que dejemos nuestros celulares en la oficina del coordinador de Reinserción Social: “dentro del penal no funcionan los celulares, excepto si son de los reclusos”, dice alguien en tono sarcástico. En una nota del 4 de febrero de este año, Maciel Calvo consignó en el periódico La Unión de Morelos que los presos no sólo hacen llamadas por celular, también tienen acceso a cuentas en las redes sociales.
Se nos permite llevar cámara fotográfica pero aceptamos evitar tomas que comprometan la seguridad del Cereso o de los guardias, tampoco deben afectar los derechos de los reclusos. Nos acompañan al menos cuatro custodios uniformados y armados y el director. “En otras circunstancias tendríamos que haberle pedido permiso al líder del autogobierno para que ustedes puedan pasar, pero aquí ya no hay jefes ni autogobierno”, asegura Lucio Hernández.
Ciudad Cereso
El Cereso Moreloses como una ciudad ubicada en el poblado de Atlacholoaya, municipio de Xochitepec. Resguarda a 2 mil 743 internos hombres y 171 mujeres. La edificación se ubica en el centro de las 35.18 hectáreas de superficie que abarca el penal de acuerdo con un documento denominado Memoria técnica de Xochitepec, que se puede consultar en la dirección electrónica http://www.transparenciamorelos.mx/sites/default/files/Memoria%20Tecnica%20pmduxochi_0.pdf
Entramos y nos registramos: viernes 17 de julio del año 2015, 14:26 horas. Después nos separan a hombres y mujeres y pasamos una revisión, que en caso de las visitas ordinarias es exhaustiva, según nos explicó el guardia. “No debiste traer botas, no se permiten; debes venir con camisa roja y pantalón azul”.

Atravesamos por un pasillo y llegamos a otro control. Una mujer nos pone en el reverso de la mano derecha un sello con tinta invisible, luego nos dice que metamos la diestra por un lector con una lámpara especial y nos dan un gafete. Accedemos.
Cruzamos el filtro y caminamos por una breve oscuridad. Después, un cielo azul nos da en la orilla del parietal.Las áreas abiertas están irremediablemente separadas por mallas y más mallas de rombos de acero: las aves de la mirada se ponen nerviosas y aletean con fuerza.

Avanzamos, de filtro en filtro.Mujeres custodias nos dan la bienvenida con una sonrisa,abriendo pequeñas puertas de metal que comunican las diferentes secciones y aunque vamos escoltados no nos sentimos seguros.Pasamos la zona donde hay canchas y un ring de lucha libre o box, desvencijado. Quienes se encuentran ahí privados de su libertad practican deportes y tienen opciones: volibol, básquetbol, box, lucha, atletismo, yoga.
Llegamos al área de servicio médico y saludamos a los pocos pacientes; algunos nos contestan. El titular del área nos dice que en ese lugar sólo dan atención de primer nivel, es decir, actividades de promoción de la salud y protección específica;consulta de medicina general, diagnóstico precoz y tratamiento oportuno de los problemas de salud más frecuentes. En este nivel las unidades médicas cuentan con menor especialización y tecnificación de sus recursos. Continuamos el recorrido hasta la zona de visita conyugal.

Amor constante más allá de las celdas
El área para la visita íntima huele a cloro. Un procesado pasa y repasa un trapeador de la tercera edad por el pasillo principal. Todo es de cemento para que dure más que los años de sentencia de todos los condenados. Las más de 40 habitaciones son del tamaño de los cuartos de los moteles que las buenas costumbres arrojan a las afueras de la ciudad. En cada uno hay una losa de cemento y sobre ésta una esponja mordisqueada como por gigantescos roedores a modo de colchón. Cada pareja lleva su ropa de alcoba. En la pared central de la que sale la “cama” hay un mural: sobre un fondo negro picoteado por estrellas, una paloma blanca desciende de una luz; una mujer con alas la observa. En otro de los cuartos también hay una mujer vestida sobre un fondo de varios colores suaves donde predomina el verde, también hay dos rosas que difícilmente pueden crecer en los espacios de tierra de los que los habitantes del reclusorio se apropian para convertirlos en esqueléticos huertos. Este es un agujero del tiempo por el que las almas evitan los metales y el cemento gris que las aprisionan, mientras los cuerpos sudorosos se aman como en una lucha a muerte. “Antes todo esto estaba sucio y maloliente, pero fueron los propios presos que pintaron, decoraron y limpiaron para tener un lugar digno donde recibir a sus parejas”, explica nuestro guía. Salimos rumbo a otra sección.

Hasta la cocina
Hay varios internos –se distinguen por el uniforme amarillo o beige– que ayudan en las labores. “Para los reclusos es un premio trabajar aquí, en esta área, porque hay actividades más pesadas”, explica una joven encargada de la cocina, mientras reparte gorritos y tapabocas a la entrada. A pocos minutos de que sirvan el almuerzo mueven, dentro de gigantescas ollas de aluminio, frijoles, chilaquiles, atole, después nos hacen pasar al refrigerador y nos llevan a la alberca donde ablandan el maíz para las tortillas. El pan que se elabora en el Cereso huele rico, nos permiten que cojamos uno. Es suave, no muy dulce y sabe delicioso.
De la cocina pasamos a una nave donde se fabrican sandalias tejidas, el responsable del taller explica cómo se elaboran y el costo, mientras sus compañeros continúan costurando, con la mirada hacia la aguja, fija en las máquinas industriales de coser y en los moldes.
A la salida del taller, pocos advierten unos carteles de mujeres semidesnudas, arriba de éstos hay un rótulo que dice: “Producto terminado”.

Salinas en el Cereso
Sobre un escritorio hay una pantalla de una computadora con un programa abierto. También se distingue un libro negro con una fotografía del expresidente de México, “Salinas en Proceso”, es el título.Arriba de un silla un gato nos ignora, lo tienen ahí“para cazar a las ratas que se comen el papel” (esto quizá sea sólo un pretexto porque el felino es un consentidazo que parece que no tuviera necesidad de perseguir roedores). Al fondo hay una imprenta con algunos octavos del Periódico Oficial Tierra y Libertad, ahí se editan e imprimen, de 200 a 300 ejemplares o hasta un millar dependiendo de las necesidades del gobierno del Estado. El encargado del lugar da clases de computación y edición, nos enseña Sangre mestiza, su novela con la cual ganó el Premio Nacional de Novela Contemporánea 2013. Su nombre es Jonathan Covarrubias Rodríguez, es alto y fornido, tiene la apariencia de quien no mata ni una mosca pero lo condenaron a 39 años por homicidio calificado y lleva 14 en prisión.
Salimos de la imprenta y entramos a un cuarto en donde internos, oscuros, elaboran bolsas de muchos colores tejidas con material sintético; de ahí pasamos al taller de repujado y carpintería: hay baúles, bastidores, juguetes en proceso de elaboración. Uno de los artesanos esculpe unos alcatraces a un cabezal: “es un encargo de afuera, es pino, sólo trabajamos con pino porque las maderas preciosas son muy caras, quedaría más chingón el cabezal de la cama de cedro o caoba”, murmura, mientras empuja con la mano el mango de una gubia filosa y el acero levanta la madera. Nos despedimos y continuamos el recorrido.
En la nave donde fabrican los gorritos y tapabocas nadie habla. Todos están concentrados. Los miramos desde la puerta, saludamos, y nos encaminamos a uno de los dormitorios.

Hay gatos flacos merodeando como mínimos tigres dentro de los “patios”. Gente caminando de prisa de acá para allá por los andadores. Más al fondo hay pantalones y playeras de un amarillo secándose al sol y algunos jóvenes detrás de las mallas nos observan asombrados. En uno de los pasillos un hombre nos ofreció tacos de carnitas: tenía la mitad de una cabeza de cerdo guisada dentro de una olla, otro más nos extendió unas pulseras tejidas con nombres de equipos de futbol mexicano de primera división y otro ofreció un juguete hecho con cajetillas duras de cigarros: “Veinte, en veinte. Quince, pues, oh, bueno, diez varos,bara pues. ¿Cuánto tienes? ¿Nueve? ¡Vienen los nuevevaros!” Porque dentro de esta ciudad no se desperdicia nada y todo se vende: bienes y servicios. Lo que para la gente libre pudiera parecer inservible, dentro de la cárcel tiene un precio y se vende al mejor postor. Hay, desde luego, productos para las visitas y cosas prohibidas que se trafican entre los internos.
Nuestro recorrido finaliza en uno de los dormitorios. Hay diez habitaciones sobre un pasillo largo.

Las “celdas”
De acuerdo con el Comité Europeo para la Prevención de la Tortura y de las Penas o Tratos Inhumanos o Degradantes,las celdas para un único ocupante de 8 metros cuadrados y 9 metros cuadrados brindan condiciones de detención, completamente satisfactorias y razonables, sin embargo, en estos dormitorios de un poco más de tres metros por cuatro los habitantes viven hacinados: hay ocho y en la época de mayor sobrepoblación ha habido hasta diecisiete internos. Ropa, imágenes religiosas, trastes, botes de plástico para acarrear agua, fotografías de familiares, algún aparato eléctrico viejo, son las posesiones más preciadas. Nadie se explica cómo en estos espacios tan pequeños los procesados y sentenciados pueden ocultar armas punzocortantes de hasta medio metro de largo o víboras como las que se incautaron el 13 de enero del año pasado. Grupitos de internos estaban a esas horas dentro, en la semioscuridad. Algunos contestaron las buenas tardes, con la cabeza agachada.Entramos y salimos del pasillo de prisa.

Hacia la libertad
Mientras avanzamos, apresurados, por los andadores algunos internos sonríen, otros miran de una forma dura, amenazante, como si hubiéramos invadido su territorio o hubiéramos ido a burlarnos de ellos, de su libertad encerrada. Ellos se quedan ahí, un día, un mes, un año, una década o tal vez ya nunca salgan con vida. Se van haciendo más y más pequeños a nuestras espaldas mientras la puerta hacia el último filtro que da a la salida se vuelve más ancha para nosotros.
