
Por Stella Turcato
No era raro verlo en cualquier parte de la ciudad, en cualquier pueblo de esta tierra. Los ojos verdes, redondos, el bigote tupido, oscuro y la piel curtida de su rostro,gastado éste de tantos besos y, últimamente, de tanto llanto.
Bien calzada, la típica –infalible– texana fina, muy fina. Y el pantalón vaquero. Como el de Y las mariposas; como el que cayó después del sol y ¿junto?con la falda escolar.
Sin mucho séquito; pero eso sí, casi siempre con una mujer al lado, no provocaba tumultos en los lugares comunes. No, al menos, como el que causaba en los ruedos, donde montado en imponentes corceles agrandaba su figura, por la gracia de los cuadrúpedos opor su voz aguda, poderosa y cada vez más enronquecida.
Y qué importa que no haya nacido aquí, si a veces la pertenencia también se elige. Porque así como él había escogido pertenecer también a estesuelo, los de acá igualmente lo cobijamos.
Orgulloso hijo predilecto de Juliantla y de Guerrero, pero siempre subyugado por el terruñozapatistay su capital cosmopolita.

De Teacalco –que es en Morelos– aAxochiapan, desde Tilza hasta Huitzilac; de Zacualpan a Tlaqui, de Coatlán a Tetela; Tepozy Cuautla y Oaxtepec. Todos sus caminos los anduvo, todos los recorrió.
¡Ni hablar de Jojutla! dondeaún no se entiendenlos primeros de enero sin él, sin su repertorio después del jaripeo; sin sus canciones, coreadas lo mismo por quinceañeras que por cincuentones.
Las mujeres, las sonrisas, las botas, el sombrero; camino a la plaza. La música, las cheves, el polvo,las montas y el sudor, mucho sudor. Sensual calor sureño en pleno invierno.Después, bajará la temperatura pero nadie lo notará. La banda estridente ysu voz;aquí,siempre es su voz: Soooooy como quiero ser/, seeer amigo de todos/ ranchero hasta los codos, sincero a más no poder./Soooooy como quiero ser… Y el caballo, larga la crinadornada; el galope, la polvareda. Es El Huracán. Es la locura de cada año, de décadas…
Pero fue Cuernavaca la que lo embelesó.La que habitó y caminó palmo a palmo; la que disfrutó y le dio placeres. La que lo consintió y le dio cobijo sincero. También, la que le dio el dolor, El dolor más grande… había titulado en su entrega dominical el periodista José Manuel Pérez Durán, tocayo y viejo conocido de aquel padre devastado por el segundo hijo arrebatado por la insensatez de la violencia.

Acostumbrados a su presencia, siempre cerca de sus triunfos y sus penas, por él aquí aprendimos que los ídolos también son de carne y hueso.
En cada casa un corral, en cada pueblo un amor.Poeta empedernido, prolífico a más no poder.Más que enamorado, mujeriego.Más que temperamental, de mecha corta. Carismático, solidario, amigo leal; así fue Manuel –como le decían susmás cercanos, como le decían sus carnales Fede, Juan, Rosa–, así fue Joan Sebastian, también nuestro, también de Morelos y, ahora, inmortal.
