
Por Stella Turcato/Fotos: Ojocojo
En la esquina del recoveco de no más de dos metros cuadrados está el aparato que revolucionó la vida del mundo occidental a mediados del siglo pasado y que hoy, en esta misma parte del orbe, es obsoleto. Como con deseos de sobrevivir, ligeramente se entiende lo que emite su sonido, pero, poco, muy poco se puede ver en él.
Una estrecha cama enfrente del artefacto y otros pocos objetos que apenas caben en este rincón de uno de los tapancos del viejo edificio. Un teléfono pesado, todavía de disco, amarillento de añejo y un ejemplar atrasado de Conurbados en el piso nos acompañan.
Han transcurrido unas semanas desde que se cumplió el presagio y Don Sergio insiste en descifrar lo que transmite su otrora compañera.
–Me gustaba ver las noticias (locales), de por sí. A las 10. Y luego, seguían las del Dóriga, y ahora ya no.
–¿Usted sabía que iba a pasar esto?
–Sí; lo estuvieron anunciando.
–Cuénteme cómo fue ese 28 de octubre cuando ya no hubo señal y prendió la tele, como siempre…
–¡Y ya no se vio nada! Ya después vinieron las sobrinas y ellas le estuvieron buscando y ellas le encontraron que estaba (se captaba una mala imagen y el sonido de dos canales) el 10 y el 8.
–¿Usted sabe que con un dispositivo puede ver su antigua TV?
–Sí, ¡pero cuesta 600 pesos!
Poco importa que viva en el centro de la ciudad, en lo que se conoce como el “primer cuadro” de ésta, y a pocos metros del poder público. Un par de calles lo separan de las sedes del Palacio de gobierno, del Congreso o del Tribunal Superior de Justicia, de los lugares donde suceden las cosas y él se siente aislado.
–¡Uyyy, se me hacen las horas larguísimas! Porque antes me enteraba de las noticias… ¡Ahora ya no sé nada! ¿Eh? Entonces, es otro movimiento. De por sí, en esta cueva no veo nada, no oigo nada y allá veía todo –Don Sergio hace alusión a que aunado a la reubicación a la que fue obligado por sus patrones, desde hace meses, ante la inminente venta del edificio que habita y que es uno de los dos que cuida desde hace 40 años, también tuvo que renunciar al casi único medio de información al que estaba acostumbrado: “la tele”.
Platicar con fantasmas
A este hombre, renuente a decir su edad pero que admite que pasa los 70, le gusta hablar de las historias que guardan las paredes de los inmuebles que custodia. De los relatos que le contaron sobre los tiempos de la Revolución y de la presencia de Zapata en ambos recintos, de túneles interminables que se reparten como venas debajo del centro capitalino…
También le gusta hablar de la aparición de una misteriosa niña que asustaba a los inquilinos del vetusto local, de cómo la joven fantasma los impresionaba.
–¿Y a usted no lo ha espantado?
–Nooo. Yo a veces digo: bueno esta muchacha sería bueno que se apareciera pa’ platicar con ella; ¡luego no tengo ni con quien platicar!
Don Sergio quizá no sepa que el suyo es uno de los 186 mil hogares de Morelos que, el 28 de octubre, se quedaron sin señal de televisión abierta por el llamado apagón analógico.
Quizá también ignore que, tan sólo un día antes de esa fecha, un diputado local hizo la intentona de que él y sus homólogos pedirían al Congreso de la Unión y al Instituto Federal de Telecomunicaciones que se posponga el apagón analógico en el estado, al menos, hasta el próximo 31 de diciembre.
Pero a don Sergio poco podría importarle el alarde infructuoso del legislador y mejor se concentra en crear soluciones.
Fabricarse su propia antena
El septuagenario dice que él mismo va a confeccionar una antena especial que permita el funcionamiento de la vieja caja.
Y detalla el origen de su idea:
–Empezaban a llegar los radiecitos para mi pueblo y se hacía como una cruz y ahí se le iba enredando un alambrito y ya se hacía una rueda así de grande –forma un círculo con sus manos– y ya se subía a un árbol, ya se ponía y ya se conectaba al radio. Así se hacía… En otro pueblo, que se llama Tejupilco (Estado de México), había una tienda, y había un ingeniero que nos dijo que iban a dar créditos de música pa’ la gente y ninguno se quería endrogar, no sabía uno qué era un crédito. El encargado se llamaba Elías y dijo: vamos a ver; ¡y qué era una ruidera! Entonces, dijo es que se necesita una antena y así la hicimos: con una cruz y se le enredó alambre y alambre y alambre y ya después tocaba bien clarito la música, a mucho volumen. En ese tiempo había una estación, solamente, en Zitácuaro. Muy famosa, muy norteña, puras canciones y dedicadas y todo eso. Y, después, todos los compañeros empezaron: ¡yo también voy a sacar mi radio!
Así, con la costumbre de crear con sus propias manos las soluciones, con la esperanza de quien se ha curtido por la necesidad y con la seguridad que hará funcionar a su antes inseparable tele, se queda don Sergio, entre las paredes cuyas historias tanto disfruta rememorar.
