Somos unos perros románticos

Conferenciantes
Conferenciantes

Por Benjamín Nava Boyás

Para Alejandro Almazán los periodistas que consignan en reportajes y crónicas las atrocidades de narcos y policías contra las víctimas de unos y otros, la llamada Generación del Bang, se define así:

–Somos unos güeyes que nos tocó escribir, bien o mal, sobre la violencia.

Los medios contaron a los muertos, pero no narraron la vida detrás de los muertos. No sé cabrón, si dentro de cien años nos van a calificar de periodistas o literatos, lo único cierto es que somos unos perros románticos, narrando las historias de los muertos de la narcoviolencia.

Las palabras del cronista, tres veces Premio Nacional de Periodismo, se dan durante la presentación de su libro Chicas Kaláshnikov, tomo que integra una selección de catorce crónicas publicadas de 2001 a 2011; una década de hacer periodismo con los protagonistas de los hechos de crueldad y violencia que nutren la realidad de México y sus poblaciones.

El lugar es el auditorio de la sede de la Casa de los Derechos de Periodistas (CDP) en la colonia del Valle del D.F., y Alejandro es flanqueado en la mesa por Judith Calderón, presidente de la CDP y Martha Olivia López Medellín, directora ejecutiva del organismo. Será casi hasta el final de su charla que Almazán reconocerá la brusquedad de su lenguaje, pero no se disculpa, sólo matiza:

–Creo que fui menos lépero que en otras presentaciones.

Antes habrá dicho, respecto a los cronistas del narco:

–Queremos seguir en la calle, seguir contando historias; hay que seguir reporteando, vivimos el boom de la narcoliteratura, pero más que una denominación o generación hay que contar la historia de los miles de muertos y desaparecidos por la narcoviolencia, la impunidad y la  corrupción.

–De acuerdo, –agregó– ya nos entró mucha sangre por los ojos, pero es necesario que la gente sepa que detrás de cada muerto, ya sea víctima y victimario, posteriormente ejecutado, hay una historia. Y –dirá también el cronista– sobre los periodistas como víctimas:

–Mis héroes son los reporteros de los estados. Son mis ídolos. Todas estas crónicas de Juárez, Durango, Torreón, Tamaulipas, Morelos, se las debo a mis compañeros de cada ciudad. Y aun así, ellos no tienen el apoyo de los directivos y los dueños; hay mucha mezquindad en este pinche medio, tan indolente con los reporteros.

Sobre acciones y protocolos de protección para comunicadores(as) dijo:

–Cuando llega el miedo, ningún pinche protocolo sirve; pero el mismo miedo te dice qué hacer. Por eso casi nadie quiere contar estas historias de narcos, policías y sus víctimas, por eso somos una generación  –se refiere Almazán a la del Bang– de odio y de miedo, pero alguien lo tenía que hacer.

Por todo ello y porque una de las crónicas de Chicas Kaláshnikov se  titula El Ponchis: aprendiz de sicario, se vale reproducir la dedicatoria que puso Alejandro en mi ejemplar de su libro: «Benjamín: seguro aquí vas a encontrar algo sobre tus tierras. Y sabrás que, lamentablemente, era cierto».

 

La Generación BANG

Bang
Bang

La denominación para los cronistas de la narcoviolencia procede de la antología de textos que recopiló el periodista chileno Juan Pablo Meneses y que van de 2007 a 2012. Ahí se reunió el trabajo de los periodistas que con sus crónicas «mostraban los aspectos profundos que el trato noticioso deja de lado…»

Según la definición conocida para esta generación, los periodistas-escritores bajo esta corriente narrativa se identifican por el siguiente criterio: «si ahondamos en el terror, quitamos el disfraz a las mentiras que señalan que esta es una guerra de ‘buenos vs malos’, que la mayoría de los que mueren son delincuentes o que ‘en algo malo andaban’, que muy pocos eran inocentes».

Fueron once los cronistas y seleccionados para la antología de Juan Pablo Meneses y que formalmente se consideran la Generación Bang, aun cuando la lista no se agota a lo largo y ancho del país:

Un narco sin suerte, Alejandro Almazán; Partes de guerra, Daniel de la Fuente; La mujer más valiente de México tiene miedo, Galia García Palafox; Los niños de la furia, Luis Guillermo Hernández; Juegan a ser sicarios de Daniela Rea, además de otros textos de Diego Enrique Osorno y Humberto Paget.

Don Efrén, casi un siglo bajo el volcán

Popocatépelt
Popocatépelt

Por Stella Turcato

Ocoxaltepec, Ocuituco.- Aquí donde parece acabarse el mapa, en este día nublado ni siquiera se ve el coloso, cuyo brío reciente nos atrajo desde una ciudad que ignora cuanto pasa acá en lo alto.

Las banderas amarillas en la Ayudantía municipal y uno que otro juego de flechas que indican “Ruta de evacuación” advierten parcamente sobre la cercanía a la zona de influencia del volcán. A no ser por la altitud de 2,350 metros sobre el nivel del mar, y el clima oficialmente templado (yo digo frío) y húmedo de montaña, por momentos se pierde la noción de esa proximidad.

Da la impresión que en este lugar no les preocupa mucho la ira de la elevación más persistente en la retina de cualquiera que haya habitado el paisaje del Centro del país.

–Si es por mandato divino, si está en las profecías, no nos vamos a escapar de ninguna forma –dice don Efrén, a manera de síntesis de su sentir y que, seguramente, compartirán muchos de sus coterráneos. Y no será la única vez que se refiera a dios; de hecho, será la constante en la conversación.

Para tener más de nueve décadas a cuestas, a don Efrén García apenas se le ha  ajado la cara. Él nos mira con la razonable curiosidad de quien vive en la calma de un pueblo de poco más de mil 200 habitantes; pero eso sí, nos ve con menos extrañeza que los pocos pobladores que, de dos en dos, nos cruzamos por el camino cuesta arriba.

De historias a historias

Efrén García
Efrén García

En su patio que ahora es de piso firme, el hombre que ha de ser el más anciano de la comunidad, intercala los relatos que se contaban cuando él era un niño con los conocimientos que más tarde adquirió en la formalidad escolar.

–Se decía que el volcán humeaba porque se aparecían dos luceros y se comentaba que el humo era el anuncio de la Revolución de Francisco I. Madero. Después aprendí en la escuela que era la respiración de la tierra; por ahí respira el volcán.

Mientras el nonagenario intenta con gestos apartar a sus perros que no han dejado de merodearlo, me pregunto cómo hará este hombre para conservar tanta lucidez y no presentar visibles deterioros típicos de su edad. Porque él escucha y habla con una gran claridad:

–Ahora estoy formulando unas palabras que voy a decir en el desfile del 16 de septiembre –advierte orondo, al rememorar pasajes de la gesta insurgente que conmemora esa fecha–. He estudiado mirando los libros.

Y da muestras de ello. Son precisas las citas de la historia de México y la ubicación en tiempos, sobre todo cuando habla de la época de Benito Juárez, a quien, se nota, admira por haber consolidado el principio del Estado laico.

También recuerda:

–El primer gobernador que vino al pueblo fue José Refugio Bustamante.

–¿En qué año? –preguntamos, como poniendo otra vez a prueba su ya demostrada memoria.

–Por el ’38.

Y no se equivocó. Después confirmaríamos que ese personaje gobernó Morelos de 1934 a 1938.

Ya no son los canes los interesados en el diálogo. Un gatito de pocas semanas de vida se apodera de la escena. Sus maullidos constantes buscan la atención del longevo que, como todo campesino, le tiene afecto a los animales.

Las remembranzas llegan hasta el gobernador Lauro Ortega y los conceptos se vuelven más opinativos. Habla del PRI de antes y el de ahora, y elogia a su antecesor Partido Nacional Revolucionario.

Devoto del culto Espiritualista, don Efrén se da margen para criticar a la jerarquía católica; y a pregunta expresa, sintetiza lo que, a su juicio, le ha ocurrido a esa institución religiosa.

–A la Iglesia le pasó lo mismo que al PRI.

Y se vuelve más crítico:

–Me da coraje Salinas, porque traicionó a Colosio, al que le di un abrazo en Anenecuilco.

Como si secundara a su amo, al oír el apellido del odiado expresidente de la República, el maúllo del pequeño felino toma un tono de lamento.

El volcán y la volcana, vivos

Efrén García
Efrén García

Casi dos horas transcurridas, con intermitentes referencias a la montaña humeante  y ni una sola vez es mencionada por su nombre oficial. Aunque las nubes tapan la estampa del coloso, una serie de tronidos nos recuerda su poderío y los pocos kilómetros que nos separan de él.

–Han de ser truenos. Es la lluvia que viene –Son las conjeturas de visitantes y locales;  yo prefiero creerle a don Efrén, que opina al contrario:

–He estudiado en los libros que el volcán y la volcana están vivos y que el volcán tiene el nombre de Goyo.

El veterano campesino que procreó 14 hijos, de los cuales sólo cuatro están vivos, que ha sido objeto de estudio, debido a su religión, por parte de alumnos del Colegio Madrid de México y de una universidad poblana, asegura:

–Las personas de aquí no tienen temor al volcán; hay que tenerle temor a dios.

Don Efrén alterna entre lo espiritual: “Quién de nosotros tiene el corazón limpio”, a lo más terrenal: “Actualmente los políticos están más apartados del pueblo, nomás a su gente ayudan”.

Pero sus creencias religiosas no están desvinculadas al gran cerro que humea, puesto que de algún modo él supone que Don Goyo anuncia la venida del Señor.

Trato de regresarlo al tema que nos trajo hasta este pueblo que, por tener más árboles que gente, huele a pino, a eucalipto. Quiero descubrir qué se siente vivir casi un siglo de cara a la elevación que inspiró al inglés Malcom Lowry.

Junto con su hijo Atanasio, ya me había contado sobre el único desalojo que aquí se recuerde, el de diciembre de aquel memorable año 2000. Pero también sobre los hechos más recientes: cuando a menos de 24 horas de un temblor con epicentro en el estado de Guerrero, se registraron intensas exhalaciones volcánicas.

Atanasio reconoce que, de parte de las autoridades de los tres niveles de gobierno, no reciben suficiente información de cómo organizarse en caso de una emergencia volcánica. Como en cualquier otro peligro, los pobladores se atienen “al toque de campanas”.

Mi corazón no anda en pleito

Efrén García
Efrén García

Esa circunstancia y lo apartados (olvidados) que los veo del centro del poder estatal, me obliga a preguntarle a don Efrén si por esa razón quisiera decirle algo a los que mandan, a los que están en Cuernavaca y poco saben de ellos.

–¿A quién me voy a dirigir? ¿A Graco?

El hombre intenta un discurso que, más que demandante, es de buenos deseos:

–Señor gobernador: muchas gracias, quizá me escuche, soy un humilde campesino, pero tengo 92 años de vida en Ocoxaltepec y ojalá que me escuche y tenga un buen tiempo, un buen trabajo,  un buen gobierno…

 

Si acaso, quien todavía viaja solo en transporte público, se anima a pedir que se respete el descuento de ley en los pasajes para adultos mayores. Nomás eso.

La bondad y sabiduría del anciano quizás se resuma en la frase que me soltó ante tanto cuestionamiento: “Mi corazón no anda en pleito”. La misma que me rondó todo el sinuoso camino de regreso, de olor a pino, a eucalipto.

 

Una temporada en el Mercado Adolfo López Mateos

Diablo
Diablo

Por Máximo Cerdio

Fotos: Máximo Cerdio y Julio Mora

 

-Ah! je suis tellement délaissé que j’offre à n’importe quelle divine image des élans vers la perfection.

Une saison en enfer, ARTUR RIMBAUD

 

En la profundidad abisal del Mercado Adolfo López Mateos, que según el más reciente censo alberga 4 mil 127 locales, habitan seres que pasan casi de manera imperceptible por los ojos de los locatarios o comerciantes, de los clientes o marchantes y de los introductores, ellos son los diableros.

De acuerdo con información de los locatarios, el mercado comienza a trabajar desde las tres de la madrugada y “descansa” hasta las 10 de la noche. Las huestes estibadoras se mueven en la madrugada y desaparecen cuando la luz solar inunda los pasillos del mercado.

Diablo
Diablo

 

José, el diablero pirata

El texto en rojo de una de las entradas al Mercado Adolfo López Mateos no puede ser más claro: “Prohibida la entrada de diablos de 9:00 AM a 3:00 PM”.

“Es que a esa hora es cuando los la mayoría de los clientes hacen sus compras y como los pasillos son muy angostos pues no dejan que entremos. Si te agarran los inspectores te quitan el diablo y te multan; tienes que pagar 300 pesos”, dice José Magdaleno, diablero en este centro de abasto inaugurado el 27 octubre 1964 por el entonces presidente de México Adolfo López Mateos.

José Magdaleno tiene 34 años de edad y toda una vida en el mercado: “Yo soy del mercado, mi mamá tuvo un puesto aquí; todos me conocen, aquí está mi familia, mi verdadera familia”.

También relata que el trabajo para los cargadores comienza desde las 3:00 de la madrugada y a eso de las 9:00 concluye casi totalmente.

José gana alrededor de 130 pesos diarios como estibador, los que no le sirven para mantener a su familia, por lo cual también realiza otras actividades: “Nadie se mueres de hambre, aquí le buscas y encuentras. Trabajo lavando coches, cargando cosas y como todos me conocen me regalan frutas, comida, que le llevo a mis hijos y a mi esposa”.

José platica que hace 15 años la situación económica era mejor: “Yo trabajaba aquí y en la Central de Abastos, en México. Por todo, yo me andaba llevando 400 o hasta 500 pesos diarios”.

El 21 de junio de este año, el gobernador Graco Ramírez dijo que había entregado 300 montacargas a la Asociación y a la Unión de Estibadores Asociados al Centro Comercial Adolfo López Mateos A.C., pero a José no le tocó.

“A mí no me dieron nada. Yo soy un diablero pirata. No me gusta que me manden, además tampoco me gusta dar cuotas ni las asambleas en donde también piden dinero; con trabajos y gana uno para el chivo”, confiesa José Magdaleno.

Pirata
Pirata.  Foto: Julio Mora

 

Casi 40 años en el infierno

Yo tengo 48 años de edad y 38 años de diablero, dice Fernando Estic, mientras acaricia los manubrios a su diablo encadenado en el espacio de carga y descarga reservado para los introductores del mercado.

Fernando habla a una velocidad tal, que apenas se puede entender. “No, no, no, a mí no me tocó diablo; los que agarraron diablo son los encajosos y envidiosos; entregaron pocos diablos y los tienen ahí amontonados”.

Fernando platica que él es independiente, que no está afiliado a ninguna asociación, pero que para que lo dejen trabajar tiene que llevar a cabo algunas faenas:

“Hacemos mucha talacha. Nos mandan a nosotros a limpiar las azoteas; nos mandar a levantar basura y a hacer el aseo en algunas partes del mercado para que se vea limpio y la gente le dé gusto venir a comprar; pero por eso no nos cobran cuotas ni nos afilian”.

Fernando Estic se queja de la falta de dinero: “Antes sí había mucha lana y nos iba bien; de a 200 o 300 pesos sacábamos pegándoles duro a la chamba, pero comenzaron a venir los de Guerrero, esos comenzaron a meterse al mercado y ahora nos quitan clientes, por eso ganamos poco porque hay poco y ya somos muchísimos; más de 400”.

Diablos
Diablos

 

 

Lucas el diablero callado

Son las 12 del día y la zona de frutas del mercado está poco menos que desierta. Algunos comerciantes acomodan en sus locales la mercancía que se ha quedado. Desde la entrada por el Circuito Adolfo López Mateos hay diablos encimados y algunos encadenados: todos viejos, con las llantas desgastadas y algunos con soldaduras ásperas como cicatrices.

No es posible encontrar a alguno de los líderes, sólo está un hombre bajito y correoso, que acomoda chiquihuites en un local.

-No están los jefes. Terminan a las 9 y se van y no regresan hasta mañana.

Se llama Lucas y según él lleva 32 años trabajando como diablero en el Mercado Adolfo López Mateos.

Lucas carga de todo: mangos, plátanos; toda la fruta que traen los introductores al mercado. Los lleva de los locales a los taxis y a las camionetas de los clientes que tienen negocitos en Cuernavaca, Temixco y Jiuepec. En su instrumento de trabajo caben 10 cajas de 30 kilos.

Este cargador callado cobra 10 pesos por viaje y todos los días se lleva de 120 a 150 pesos; después que termina la actividad de carga y descarga ayuda a los comerciantes y se gana otros pesos más para mantener a sus cuatro hijos y a su esposa. “Uno anda como los taxistas; buscando por todas partes para completar. Cada vez hay menos trabajo en el mercado”, comenta, con la cara hacia el suelo.

Como la mayoría de los diableros, Lucas no tiene seguro social ni otras prestaciones y cuando tiene alguna lesión tienen que pagar médicos particulares o acudir a dispensario o a la Cruz Roja.

“Si he sufrido lesiones, me lastime, me caí; me lastimé tobillo y me medio compuse; no queda uno bien”, susurra.

Este diablero hermético dice que antes, cuando era joven, trabajaba más duro y rendía más el dinero porque las cosas costaban menos.

Diablos
Diablos. Foto: Julio Mora

 

 

Santos, el diablero de Xoxocotla

“Yo soy de Xoxocotla y todos los días vendo desde mi pueblo hasta el mercado. Llego a las 4 y a eso de las 10 ya terminé; después me voy a vender frutas picadas en las escuelas de mi pueblo; porque acá, como diablero, sólo me llevo 150 pesos y a veces hasta 200 pesos”, dice Santos Valdez Bruno, de 51 años de edad y con 34 años trabajando como estibador en este mercado que ha soportado dos incendios significativos: en 2003 y en 2010, éste consumió cerca de la mitad de locales comerciales de chiles secos, lácteos, carnes, hierbas, y afectó la bóveda.

Santos Valdez relata sus inicios como cargador: “Mi padrastro trabajaba aquí y yo le ayudaba, ya después me quedé en su lugar, me lo heredó el esposo de mi mamá”.

“Yo antes cargaba 500 o 60 kilos en mi diablito, pero en un accidente, me dejaron caer un bulto de frijol y me fracturaron la cadera: un año estuve tirado en la cama, pero logré recuperarme. Ahora sólo hago cargas pequeñas y con mucho cuidado”, comenta.

A Santos sí le tocó uno de los diablos azules que repartió el gobierno. Según él, cada diablo cuesta de 600 a 800 pesos y si se cuidan bien uno de estos dura entre 7 y 10 años.

Una de las cuestiones que más preocupan a Santos es que no tiene prestaciones. “No tengo seguro social; mis hijos y mi esposa sí tiene seguro popular, pero aunque yo tenga seguro no me atienden. Yo padezco ataques epilépticos y tengo que ir con un médico particular”, se lamenta.

Al diablero Santos Valdez Bruno no le rinde el dinero. Paga 18 pesos de ida y 18 de regreso a Xoxocotla y luego la comida… Trabaja vendiendo frutas para ayudarse. “Con eso no me alcanza para mantenerme y mantener a mis dos hijos, a mi esposa ya mi nuera. Gracias a Dios mi esposa trabaja acá, en el mercado, vende dobladitas”, concluye.

Diablero
Diablero