
Por Carolina Alvarado
Ofelia roza las seis décadas de vida. Las arrugas se abren paso en rostro, y en su cabello las canas se asoman obstinadas entre el tinte rojizo descuidado y diluido. Los huecos que dejaron los dientes ya ausentes se notan cuando, azorada por la pregunta, queda en suspenso unos segundos con la boca abierta antes de responder a la pregunta:
–¿Es prostitución lo que ejerces?
Cruza sus enormes piernas cubiertas por calcetines para las varices y apenas se remueve en su silla de plástico blanco
–No lo sé, y aunque lo fuera, es trabajo. Así nada más; yo presto un servicio y me pagan por eso.
De abundantes carnes morenas y pequeños ojos vivaces, Ofelia se arrepiente de algo que iba a decir; se toma unos segundos y a pesar de ser una conversadora alegre y de palabra fácil enmudece ante la palabra prostitución.
–Vendes sexo por dinero, insisto.
–Es una fantasía; yo le doy a los hombres que hablan por teléfono un rato de fantasía. Creen que están con una chamaca complaciente que los entiende; les endulzo el oído con las palabras que quieren oír.
Veterana en la prestación de sexo telefónico –cumplirá dos años en julio–, Ofelia cuenta que su jornada laboral empieza a las 21:00 horas y termina a las 7 de la mañana.
–Casi nadie aguanta más de seis meses por las desveladas; las que más tiempo se han quedado llegan nada más al año. Yo soy la más veterana en esto. Ríe.
Aquí no es como los guardias que hacen jornadas de 24 por 24. Aquí todos los días se trabaja toda la noche. Es muy pesado, pero con ese horario yo puedo estar toda la mañana en mi casa y ver que mis nietos vayan a la escuela; además de atender el puesto de dulces que tengo afuera de mi casa.
En las primeras horas de su jornada laboral, cuenta Ofelia, debe atender llamadas de lectura de tarot en la misma línea 01800.
–La lectura del tarot sí es un poco de engaño –reconoce. Yo me siento frente a una computadora que ya tiene un programa instalado, atiendo la llamada, pido nombre y fecha de nacimiento del cliente y las cartas aparecen en la pantalla con su interpretación. Lo único que tengo que hacer es leerla sin que parezca que estoy leyendo. En esto sí soy nueva. Apenas tengo un mes haciéndola de “medium”. Estalla en risa, pero reconoce:
–Me siento bien de ayudar a las personas, aunque sea escuchando sus problemas. Hay mucha gente que está sufriendo mucho y lo único que quiere es platicar con alguien que no los juzgue.
–¿Es charlatanería la lectura del tarot por teléfono?
–Yo diría que es un servicio hasta psicológico porque la gente se “descose” hablando y busca un consejo. Hasta de bruja le hago a veces, inventamos ceremonias de “limpias” y de “altares” con listones y velas, etcétera. No, no me siento mal, creo que estoy ayudando a la gente que llama a veces desesperada y hasta llorando.

¿Qué traes puesto?
Después de las 10 de la noche, las llamadas que debe atender Ofelia son exclusivamente de sexo servicio telefónico. Está entrenada para “retener” al cliente en la línea los 15 minutos que dura la llamada. Reitera al cliente entre suspiros y gemidos su “nombre” y extensión para que, de cortarse la llamada a los 15 minutos, éste la solicite al conmutador. El minuto cuesta 40 pesos y el cobro llega en el recibo telefónico, les recuerda constantemente.
Ofelia usa una diadema de telefonista y atiende las sexo llamadas en un cubículo individual que comparte con otras siete empleadas. Ahí, durante toda la noche, con cara lavada, ropa cómoda (chanclas, tenis, pants) y sin un mínimo del glamour que muestra la joven mujer en la publicidad, las siete mujeres –todas madres– complacen a hombres que buscan sexo impersonal, sin compromiso y sin risego.
Ofelia narra que aprendió a “usar una voz joven” para complacer al cliente.
–A nadie le gustaría saber que está teniendo sexo con una vieja; por eso utilizo las palabras de moda que escucho de las jovencitas, las que les oigo en el transporte. Todas fingimos la voz. A los hombres les gusta pensar que le están haciendo el amor a una jovencita cachonda.
–¿Te han insultado o agredido?
–Sí, algunos hombres hablan para insultarnos nada más. Nosotras no estamos obligadas a escucharlos porque puede ser que no estés en tus “cinco minutos” y sí logras enojarte y discutir con alguien que de entrada debe estar enfermo. En la capacitación nos dijeron que somos “actrices”, que nada es personal y que no debemos engancharnos.
–¿Te has “enganchado” con algún cliente?
–Ellos se enganchan con la fantasía. Una vez uno de ellos me presionó mucho para conocerme. Llamaba todos los días y quería saber dónde podía verme y pasar por mí. Insistió mucho, me dijo que era de Culiacán y que tenía una “troca”, que iba pasar por mí para irnos a Mazatlán. Me han tocado compañeras que sí han hecho cita personal con los clientes. Yo no; ¡imagínate que me conocieran!

Una mujer dispuesta a todo
–¿Qué es lo que más piden los hombres?
–Una mujer dispuesta a todo. Quieren a una mujer que acepten lo que el hombre ofrece y pide, de buena gana y sin remilgos; que siempre quiera sexo, que le guste lo que él les da. Una mujer complaciente.
–¿Por qué llegaste a este empleo?
–Te lo respondo con otra pregunta ¿quién crees que me va emplear a esta edad? Aquí no me piden “excelente presentación” o edad mínima, inglés y computación o experiencia; y además tengo seguro médico, la mañana y la tarde para dormir o estar con mis tres nietos y hacer la comida y el quehacer. Aquí me gustaría quedarme, pero esto no creo que tenga mucho futuro porque ya viene el chat en vivo con cámara ¡Ahí sí ni cómo fingir!, ojalá y no quiten el tarot.
–¿Tus hijos o nietos saben a qué te dedicas?
–No, yo les digo que soy veladora en una empresa. Nada más tengo un hijo que se fue a Estados Unidos hace seis años y no ha regresado ni sé nada de él; mi nuera no aguantó y se fue con otro hombre hace cuatro años a Chicago, dijo (que) iba a venir por ellos… todavía la estamos esperando…