Las cuatro muertes del Choco

El ronco en la barranca

Por Máximo Cerdio

El Choco, o el Ronco, como lo llamaron antes de que se conociera su verdadero nombre, ha sido perseguido por la parca, pero se le ha escapado.

De sus cuatro muertes dos son ciertas, una, de dónde venimos los seres vivos cuando nacemos, y la otra, hacia donde regresamos cuando terminamos de vivir; dos más son subjetivas porque para algunos el animal murió dos veces en el fondo de una hondonada.

La barranca de la muerte

La barranca de Chamilpa se localiza al norte de la ciudad, por la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. En algunos tramos llega a medir varios metros de profundidad, en otro uno o dos. Hay árboles y arbustos que crecen en las paredes o en las márgenes del río. La gente arroja sus aguas negras ahí, además de basura, cadáveres de animales y algunas veces cuerpos de personas, completos o en partes.

En tiempos de lluvia la corriente arrasa con toda la basura, en tiempo de seca la contaminación es mayor y enferma a quienes viven en las proximidades.

Mucha gente ha hecho atajos para acortar tiempo y esfuerzo (y ahorrar unos pesos de pasaje) de Chamilpa hacia la avenida Universidad o Emiliano Zapata, aunque resulte peligroso por las enormes piedras filosas y la basura que obstruyen las veredas. Bajar y subir por la hondonada es un riesgo, muchas personas se han caído y se han roto los huesos, pero la gente sigue usando esas vías, sobre todo quienes han construido de manera irregular casuchas a plena orilla del río, sin energía eléctrica ni agua ni drenaje.

Estas viviendas son removidas cada determinado tiempo, ya que se asientan de manera irregular. El río representa un peligro para las familias que viven en ellas.

“No nos dan permiso de vivir acá, pero nos toleran. Pero tenemos que movernos cuando nos ordenan porque nos amenazan con desalojarnos. Claro que no nos gusta vivir en el peligro y en la incertidumbre, pero no tenemos a dónde ir”, dijo uno de los habitantes.

El Ronco

La primera vez

Como lo dio a conocer Conurbados (número 110), el jueves 13 de octubre, Rodrigo Morales lo rescató de una de las barrancas de Chipitlán, en cuyo fondo yacía el perro tirado, con la garganta abierta, desangrándose. Mucha gente lo dio por muerto.

De ahí lo llevó con un veterinario a Ocotepec y el perro fue, poco a poco, recuperándose hasta que se puso en pie sólo. La última semana de octubre de este año ya estaba en la casa de Rodrigo y podía caminar.

Su salvador paseó varios días al perro por la barranca donde lo encontró medio muerto, con la intención de que las personas que viven por allí lo reconocieran y el can regresara a su hogar o en su caso lo adoptaría y le buscarían un hogar donde tuviera una buena vida.

El 7 de noviembre Rodrigo publicó en su muro de Facebook la fotografía del Choco, en la puerta de una casa y escribió el siguiente texto:

“Para los que me han enviado mensajes para saber cómo va el perrito ahora llamado EL CHOCO aquí vive, en esta casa de lámina a un costado de la barranca. Ya le platiqué la historia de lo que paso el perrito a sus dueños y les pedí de favor que lo cuidaran mucho. Cono nosotros representa un peligro pues las idas y vueltas del trabajo a la casa es un riesgo con tantos perros en cada esquina. Vamos a intentar se quede en su casa y que seamos amigos. Total, él ya sabe dónde vivimos y dónde está el Acopio Museo donde puede ir a comer cuantas veces quiera”.

El Choco y Rodrigo

La segunda

El Choco bajó de los campos de futbol “Los Canelos”. Con mucha práctica descendió por unos escalones improvisados de piedra y se metió a un patio de tierra donde lo esperaba una mujer a quien le movió la cola negra. Enseguida se echó y ahí permaneció escuchando la plática entre Rodrigo Morales y su primera “dueña”.

La casa humilde, a orillas de la barranca, está construida con trozos de madera y de láminas usadas, se localiza cruzando un puente de cemento, en el Callejón Viejo a Chamilpa. Más abajo hay otra casa muy similar.

Emma Hernández Soto, se llama la mujer, es bajita, delgada, no debe tener más de cuarenta años, aunque su apariencia es de una persona mayor. Trabaja en las casas haciendo aseo, ese día por la mañana estaba a punto de salir a laborar.

El 11 de noviembre de este año relató a Conurbados que hace un poco más de dos años llegaron de la calle a su casa una perrita y un perrito, ella blanca y él negro. La hembra murió y sólo quedó el negro a quien su hija, la mayor, le puso por nombre el “Choco”.

La mascota fue creciendo. Cuidaba la entrada de la casa y en una ocasión, cuando la familia llegó por la tarde, de trabajar, encontraron al Choco en el fondo de la barranca, quejándose tirado. La hija mayor de Emma lo subió a su casa.

Según le contó un vecino, el Choco estaba en el patio y un hombre pasó por ahí y el perro le ladró, pero el sujeto lo pateó y el animal cayó al menos desde dos metros a la barranca y pensó que lo había matado.

Pasaron los días y el animal no se podía mover, salía al patio arrastrando las patas traseras.

“Una vez un vecino le jaló la cola y caminó, sólo así pudo caminar”, platicó Emma.

Choco y puente

La última muerte

Rodrigo pensó que una vez que el Choco localizara su casa, la preocupación por que tuviera un lugar seguro acabaría, sin embargo, el perro lo sigue yendo a buscar a su domicilio. Y más, aún, a pesar de que el perro ya está en su hogar original, sigue esperándolos desde la mañana en la entrada de la cafetería El Acopio:

“No sé sí es porque tiene hambre y ya se encariñó con nosotros, pero sigue viniendo. A mí eso me enternece. Nosotros lo seguiremos considerando como de la familia y puede venir las veces que quiera aquí o a nuestra casa, siempre lo vamos a atender. Lo que me preocupa es que en Chamilpa hay muchos perros callejeros que son muy bravos y lo atacan, y también me preocupan los carros que pasan a mucha velocidad por avenida Universidad, pueden atropellarlo. Pero bueno, nosotros vamos a cuidarlo lo más que podamos”, explicó.

El ladrante va de una de sus casas a la otra, y al Acopio. Muchas personas ya lo conocen y lo ven con respeto, conocieron su historia por medio de las redes sociales y por el impreso de Conurbados que se repartió por toda esa zona. Él anda despreocupado, no tiene conciencia del tiempo ni de la muerte que se lo ha querido llevar antes de que se vuelva viejito.