La cosecha ancestral de hongos en Santa María

 

Colecta de hongos
Colecta de hongos

Por Elsa Castorela Castro

Desde años inmemorables, alrededor de 15 familias de Santa María Ahuacatitlán se dedican a la colecta de hongos silvestres comestibles; en su mayoría son mujeres que de manera temporal generan su autoempleo durante la época de lluvias. Son los “hongueros”,  que año con año suben  a la montaña –al norte de Cuernavaca– a colectar suficiente producto que venden al siguiente día en el mercado local.

Son tres meses de intenso trabajo, porque de la cantidad de hongos que recolecten repercutirá favorablemente a sus ingresos. Una buena cosecha puede tener un valor de hasta dos mil quinientos pesos a la semana o 40 pesos que sólo les alcanzará para comprar tortilla y huevos para comer un día.

Los precios de los hongos varían según el grado de dificultad para cosecharlos,  va desde  120; 60 ó 50  pesos por kilo;  y cuando hay mucho producto el precio baja a 40 pesos el kilo.

La recolección de los hongos es minuciosa, en especial los clavitos; requiere mucha  paciencia y manos cuidadosas. En la temporada más alta de producción, llegan a cosechar hasta una cubeta de 20 kilos por persona y, como se trabaja en pareja,  llegan a reunir hasta 40 kilos.

A María de los Ángeles Martínez,  su padre le enseñó a identificar entre hongos comestibles y los altamente tóxicos. Desde que ella tenía tres años de edad, comenzó la caminata y el aprendizaje para poder sobrevivir en esa zona.

Es en la segunda quincena de junio cuando comienza el ritual de la colecta,  la salida es  a las cinco de la mañana, llevan  provisiones suficientes para caminar  hasta por 16 horas.

Son cuatro lomas en las que se cosechan los hongos que, de manera natural  nacen en esos lugares: Teligia, Chita, Tenango y Tetepetla; “las cuatro que se hacen una al encumbrar la montaña”, se unen en Tres Lomas, que así se le conoce al paraje.

El ascenso

21 de junio, 7 de la mañana, iniciamos el ascenso rumbo a Chita, una de las cuatro lomas. El quiquiriquí de los gallos, una suave llovizna y la compañía de Rebelde, el perro que nos cuidará durante el trayecto, María de los Ángeles y su pequeño hijo David, de ocho años como guías.

¡Buenos días, bienvenida al recorrido a los hongos!

–David, ¿te gusta mojarte?

–Mucho, mucho, mucho.

–¿Cómo sentiste las gotas de lluvia?

–Bien ricas –contesta y se arroja al río.

Para él, es parte de su vida cotidiana, no le importa la lluvia ni el agua fría, sus botas rojas, algo rotas del talón, dejan al descubierto sus calcetines húmedos por el agua, luego la mitad de su cuerpo quedaría mojado.

David llena nuestras botellas con el agua cristalina del río Amaxa, la que beberemos en el camino; proseguimos y  más adelante encontramos los primeros hongos que María de los Ángeles sabe identificar entre las 200 variedades comestibles y tóxicos que se localizan en esta zona, de éstas,   solamente unas 11 variedades se pueden comer con mucha confianza, según el conocimiento de María de los Ángeles.

–Los hongos tienen su época de cosecha: del 15 de junio a septiembre –me explica María de los Ángeles– de junio a julio tenemos el clavito, julio y agosto es de xicalt, clavito o yema de huevo que son los rojos; a mediados de julio en adelante encontramos escobeta, trompas rojas, lechera, azules, panza cema, gusanitos, olotes, patriotas.

Y sigue la explicación, “la escobeta tiene muchas variedades: amarilla, pata de res, morada, son las que hay de escobeta y madroños; hongos de panza roja o morada, hay que tener cuidado, conocerlos e identificarlos,  por ejemplo, éste – me muestra un hongo color rojo– lo llegas a tocar, pero no te lavas las manos, comes –andamos en el campo, sí comemos-, te  intoxicas, son altamente tóxicos.

A una corta edad conocen el bosque
A una corta edad conocen el bosque

Vamos caminando. David y su madre, con los ojos avispados, buscan los hongos a la vez que nos vamos teniendo confianza y nos platicamos, Recuerda ella que cuidó a otros hijos que no eran los suyos, mientras su madre con el apoyo de su papá, cuidaban los de ella.

María de los Ángeles volvió casarse, pero la violencia volvió a su familia,  hasta que por  fin encontró el amor y la comprensión de un hombre que la ha acompañado durante 15 años; con él, tiene un hijo de ocho años.

“Un hijo que llegó a mi vida como un milagro, porque estaba operada para no volver a ser mamá”;  me cuenta; ese hijo es David.

–Cuéntame la historia de estos recorridos  –le digo a María de los  Ángeles.

–Fui hija de un campesino, todo el tiempo trabajamos el campo, vivimos del campo. De hecho, nosotros recolectamos los hongos, la tila, musgos, henos, los huertos de aguacate, de limón, de chile manzano, es de lo que nosotros vivimos. Nosotros cuidamos el bosque, hacemos la reforestación, brechas cortafuego, las cascabatas, que son unos trabajos de hacer hoyos para captar agua  de las lluvias. Santa María es el mejor captador de  agua.