Caminar horas hasta los 2,600 metros de altura y encontrar hongos azules

Ahora sí, buena cosecha de hongos
Ahora sí, buena cosecha de hongos

Por Elsa Castorela Castro

Los hongos de color azul son de encino y se pueden encontrar desde mediados del mes de julio hasta octubre, siempre y cuando haya lluvia que mantenga la humedad; su periodo de vida es de 24 horas y la mejor producción se encuentra a unos dos mil 600 metros sobre el nivel del mar.

Para llegar a ellos, se camina alrededor de dos a cuatro horas con un trayecto entre siete y nueve kilómetros de distancia de la comunidad más cercana de Santa María Ahuacatitlán, al norte de Cuernavaca.

En un artículo anterior, se informó que son cuatro lomas en las que se cosechan los hongos y unas 15 familias que históricamente los colectan en Teligia, Chita, Tenango y Tetepetla.

En esas lomas, de mantera natural se reproducen 11 variedades de hongos comestibles: xicalt, clavito o yema de huevo –que son de color rojo–; escobeta, trompas rojas, lechera, azules, panza cema, gusanitos, olote y patriotas.

Esta vez, la salida para la cosecha de hongos fue con el alba, nuevamente bajo la guía de María de los Ángeles Martínez y su hijo David; ella con su bote a la espalda dentro de un ayate sostenido por su frente y yo con una cubeta en la mano, David con su resortera.

Nunca imaginé que a 30 años en el periodismo volvería a caminar grandes distancias, esta vez alrededor de 18 kilómetros, además hacer colecta de hongos.

Después de la explicación que me dio María de los Ángeles los hongos de color azul fueron fácil identificar, no así los escobeta, para eso era necesario tener la experiencia y conocimiento, de lo contrario, una equivocación nos puede llevar a la muerte.

Era sábado 30 de agosto, con mis botas de montaña, grabadora en mano y mi cámara fotográfica, emprendí la caminata al lado de mi nueva amiga Ángeles, quien me fue entrenando para llegar al lugar en donde “encombran” (se unen) las cuatro lomas, que se convierte en la loma a la que se le conoce como Canoa debido a la unión de las barrancas, desde donde se mira el cerro del Granizo, cuyo nombre se debe a que sólo llueve granizo; desde ahí también se observa el cerro de Cuautepetl; mientras nuestros pies estuvieron sobre la cueva de los Santos.

La cueva de los Santos se llama así porque en la época de la revolución de 1910, los lugareños escondían en ese lugar las imágenes de los santos que veneraban como católicos: la Virgen de la Asunción y San José.

Después de unas ocho horas de caminar bajo los árboles de ocote, encinos, y mandroños, escudriñando bajo los matorrales que hacían cuevas para localizar los hongos; a veces María de los Ángeles abría camino con su machete.

El bote y la cubeta estaban llenos, las bolsas donde llevábamos la comida, también, entonces, María de los Ángeles y David, se sentaron a seleccionar el mejor hongo y dejar semilla para próximos años; había que recordar el paraje.

Era el descenso y aún íbamos encontrando a nuestro paso más hongos de color azul. Decía María de los Ángeles, son tiernitos, su color azul intenso, tenían pocas horas de haber brotado con la lluvia de la mañana.