
Por Elsa Castorela Castro
Galeana, Zacatepec. Emilia Aurora Sosa Marín, la compañera de Félix Serdán Nájera durante 38 años, lo acompañó hasta el lugar donde fueron depositados sus restos en el panteón nuevo de esta comunidad. Ella, junto al cortejo recorrió las calles que durante muchos años el guerrillero jaramillista caminó.
Emilia tenía 38 años cuando conoció a don Félix, en el año de 1977, en Mitepec, estado de Puebla, de donde ella es originaria: era el inicio de una lucha por la tierra; en ese año. Emilia ignoraba que ella estaría al lado del hombre que fue el secretario de Rubén Jaramillo, desde 1942 hasta su muerte ocurrida el 23 de mayo de 1962, cuando fue asesinado junto con su familia.
En una entrevista realizada hace algún tiempo por esta reportera, Emilia platicó de su infancia y de su vinculación al jaramillismo cuando se unió a Félix Serdán Nájera, en la defensa de la tierra invadida por campesinos del estado de Guerrero en Mitepec, Puebla.
Recordó que por culpa de los invasores había muerto gente de la comunidad y el Ejército cercó y enfrentó a los pobladores de Mitepec, ante el intento de liberar a dos hombres de Guerrero detenidos en la cárcel de la comunidad porque habían destruido la siembra de maíz en las tierras en conflicto, y el “ejército intentó liberarlos”.
En ese hecho, Emilia descubrió el coraje que provoca la injusticia, pues los rumores corrían en la comunidad de que “en el campo se estaban matando los campesinos con los soldados y que los soldados iban a venir al pueblo porque había dos presos de Guerrero, que los iban a venir a sacar”.
–Nosotros bajamos pal centro, entonces yo me llevé el machete de mi papá, un largo. ¡Y digo, no!; vamos a ver qué hacemos; voy bajando, descubro que iban más mujeres, unas llevaban machetes, otras palos, otras cuchillos, otras se dijo que llevaban tijeras –narra la anécdota vivida.
–Cuando bajamos y queríamos sacar a los presos, los queríamos sacar para matarlos, porque ya era el coraje pensando que allá (se refería al campo, en donde se decía que estaba el enfrentamiento), se estaban matando y uno no puede hacer nada, pues decíamos es por culpa de estos canallas está este problema; no los vamos a dejar con vida y entonces, anduvimos consiguiendo, yo principalmente, una segueta o la llave para abrir la cárcel, nadie sabía quién la tenía; buscábamos una segueta, un lazo para sacarlos y nosotros decíamos que los íbamos a sacar para matarlos, no los íbamos a matar ahí, los íbamos a sacar para el campo –dice. Y continúa:
–Como una tía vivía mero pegada a la plaza, me ve y me habla, me dice: “¡Ven! ¡No hija, el machete no, déjalo, ándale!” “¡No tía, es que lo necesito!” “¡Dámelo, viene el gobierno y con el mismo machete te va a dar, te lo va a quitar”. Se lo di a mi tía, como tenía una huerta grande, me metí y que me voy a encontrar un palo largo pero macizo, así de gordo –señala el tamaño del grosor–; este mero me ha de servir. Que me saco el palo y ando con mi palo. Pues que iba a ir el gobierno. Un soldado que se descuide me lo chingo en la nuca (se ríe). Le voy a dar, no importa; me van a matar pues, pero van a probar, van a ver lo que somos, nosotras las mujeres.
Emilia Aurora Sosa comparte la emoción de aquellos momentos y ese sentimiento de coraje. Cree que eso pasa entre los hombres cuando se meten a un problema de esos, a una lucha más que nada, y en el que “no se piensa en la familia”.
En esa entrevista Emilia también recordó su niñez:
–Yo siento que mi niñez fue triste y no. Mis papás eran pobres, andaba pie pelón. Ellos no tenían para comprarme los guaraches cuando menos. Mi papá fue muy trabajador pero el dinero no alcanzaba para más, nos tenía que comprar ropa y pa’ la comida. Pues cuando yo ya desarrollé un poco, pues, yo me iba a ayudarle a una tía a amasar la harina, me pagaba creo 50 centavos.
