
Por Carolina Alvarado
En la centro de la ciudad, en la calle de Matamoros, asido de ambas aceras, aún cuelga lo que fue un anuncio luminoso que conmemora el Bicentenario de la Independencia y el Centenario de le Revolución Mexicana; de las descoloridas siluetas de los próceres revolucionarios penden colgajos de mangueras de luces y pedazos de lazos que aún lo sostienen. Siete años después del aniversario doble, las siluetas de los héroes patrios, desfiguradas, mochas, chuecas y mugrosas siguen ahí.
–Es la obra del gobierno que más ha durado, –dice un avezado comerciante cuando ve que tomo fotos del anuncio.
Cuernavaca está igual de abandonada que ese esperpento inservible: las luminarias no sirven, los dueños se las llevaron en prenda porque el gobierno municipal no pagó la renta, por eso, en noches, en las calles del centro, uno anda a oscuras y a la buena de Dios.
En las calles de Cuernavaca la mierda se expande, la de los perros callejeros se ve por todos lados; la de los indigentes y borrachos huele en muchas de sus esquinas.
El espacio de las angostas banquetas es ocupado por enormes bolsas de basura que no terminan de ser recogidas nunca, porque la recolección de la basura no funciona; tampoco funciona el mensaje institucional a la población de sacar a los desechos a ciertas horas o cuando suene la campana. La gente la saca a la hora y en el lugar que mejor le parece.

En las céntricas calles, aledañas a la Plaza de Armas y al Jardín Juárez de Cuernavaca, el mobiliario urbano –si lo hay– está roto, mugroso, descompuesto, hacinado, doblado o es inservible; las banquetas y cinta asfáltica tienen enormes baches y hoyos que ya parecen ancestrales.
En Cuernavaca el espacio urbano es completamente anárquico, la circulación es caótica, no hay planeación y el comercio ambulante invade las calles; hay tuberías rotas, se escapa el agua en las calles, hay un conflicto vehicular y peatonal por toda la ciudad.

La responsabilidad de las políticas públicas en materia de ordenamiento urbano le compete a las autoridades de Cuernavaca, es innegable; sin embargo, la corresponsabilidad en la mejoría de nuestros espacios comunes tampoco se nota. ¿Los habitantes de la ciudad de la primavera son cochinos?
¿Es la solución exhibir en anuncios espectaculares el rostro de quien ensució el camino común, la calle que a todos nos pertenece, como lo hizo hace unos meses el municipio de San Nicolás, en el norte del país?
Exhibimos, hoy más que nunca con la ayuda de las redes sociales, a políticos cochinos, sucios gobernantes con parientes, amigos y cómplices en el gobierno con evidente y nauseabundo tufo de la corrupción. Con ese ánimo de denuncia del mal actuar, de lo incorrecto, ¿también debería ser expuesta la conducta del ciudadano cochino, el que contribuye a que la ciudad sea un basurero?
Si los gobiernícolas –rescato aquí la palabra de la pluma de Efraín Pacheco– son cochinos, de la manera que sabemos que lo son (válgame la generalidad por no conocer excepciones), los habitantes de la sede de la primavera también lo son, y el amor incondicional por la ciudad no debe impedir la autocrítica por incómoda que pueda ser.
¿Exhibiríamos al cuchi que desde la ventana de su automóvil en movimiento lanza la bolsa de su basura chatarra; ¿descubriríamos el rostro del viandante que avienta a la vía pública las sobras de su elote, paleta, bolsa de papas, que come al andar nuestras calles?
En el municipio de San Nicolás, se exhibía la cara del ciudadano cochino reincidente en espectaculares, colocados por la ciudad.
¿Conoceríamos en Cuernavaca la cara de la madre del infante que no reprime el acto vil de su creación al tirar basura en la calle?, ¿aparecería en espectaculares a las entradas de la ciudad su indolencia para que el vecino ponga sus barbas a remojar?
El señalamiento de los cochinos en este municipio norteño se hace sin la concesión ñoña de la publicidad oficiosa de fundaciones concientizadoras “¿tienes el valor o te vale madres?”; se hace con la aspereza de lo brutal porque la respuesta hasta el momento parece ser: “tengo el valor pero me vale madres”.
¿Seríamos capaces de soportar el dedo flamígero acusatorio con el gesto resignado de quien acepta la enseñanza básica de lo que se debe o no hacer, de lo correcto e incorrecto?
Volvamos el análisis de la conciencia hacia nosotros, parece ser la idea de exhibir a los cochinos en el norte del país.
Sin embargo, pese a la corrupción de los actores políticos locales (vuelvo a generalizar por no conocer excepciones); a pesar de la indolencia de todos, Cuernavaca impone su belleza.
En la sede de la primavera respiramos un aire limpio que nos permite ver a las montañas acodadas a su alrededor vestidas de gordas nubes, y un inmenso cielo azul en las mañanas, que la lluvia abandonó sus calles, pero nos esforzamos en empañarlo con malas políticas ambientales, diseñadas para la tranza, la untada de mano para no mantener el auto o la fábrica en óptimas condiciones.
Una ciudad con una temperatura benevolente hasta en las impías horas de la canícula. Una ciudad que a pesar de nosotros, se impone en cada flor, en sus árboles, que regala flores y frutas en los lugares más insólitos. Cuernavaca nos da ríos limpios que nosotros llenamos de basura. Cuernavaca exhibe sin pudor su belleza y nosotros nos empeñamos en taparla con basura y mugre. Por indolencia mutua, Cuernavaca es un fracaso como ciudad con vocación turística y cultural; como destino empresarial, como referente para las escuelas de español. ¿Reconoceríamos pues que el esfuerzo por empeorarla ha sido mutuo e incesante?