
Por Elsa Castorela Castro
Don Pascual Arroyo Abúndez, nieto de Bonifacio Arroyo Díaz –revolucionario del Ejército Libertador del Sur– sólo heredó las lomas de Chipitlán, la cuales eran tierras de agostadero, sin ganado, pero la urbanización de Cuernavaca ofreció mejores oportunidades para hijos y nietos de ejidatarios, que determinaron que era mejor rentar la tierra.
“El gobierno debería cuidar que no vendieran la tierra, pero los ejidatarios se convirtieron en cantineros, meseros, mineros, choferes” y vendieron la tierra, se lamenta don Pascual Arroyo Abúndez; ahora sólo queda el recuerdo de algunos viejos que añoran la producción de alimentos.
La plática con don Pascual se realizó bajo un frondoso amate prieto, cuyas raíces abrazan la tierra que él se niega a abandonar. Aquí nos dimos cita con el antiguo ejidatario, primero para que me platicara sobre el cultivo de maíz y sorgo, después a comer elotes hervidos con tequesquite, con limón sal y chile o con mayonesa y queso; también, para escuchar corridos de un grupo de la colonia Lagunilla.
“El gobierno está mal, había un decreto que prohibía la venta de la tierra; pero luego el gobierno no se llenó y quiere seguir explotando… ¿Y el mañana? ¿La juventud que va a comer?, se pregunta don Pascual.
“Yo quisiera hablar con el presidente (se refiere al presidente de México).
“¡Donde llueve mucho, no hay alimento; donde no llueve tampoco hay, el mañana no va haber; está mal. El planeta ha venido evolucionando, verano frío y calor; cayó aguacero, muy bueno el clima (se refería a que dos días anteriores había hecho frío y calor) el clima ya no está estable, ¡no hay seguridad!” Es su preocupación.
“Si dictaran una ley y buscaran a una persona que la hiciera producir, habría mucho que comer. Los productores que sembraban en esas lomas están desperdigados, todo se acabó, andan rapiñando”, dice don Pascual de los campesinos que rentaban la tierra a los ejidatarios y ahora ya no tienen qué sembrar.
