A los padres solteros nadie nos ayuda

Raymundo Gil Salinas
Raymundo Gil Salinas

Por Máximo Cerdio

Los gobiernos federal, estatal y municipal tienen programas para jefas de familia, para madres solteras, para los ancianos, para los estudiantes, para las víctimas y sus familiares, pero no ayuda a padres solteros que están en una situación difícil como la de Raymundo Gil Salinas.

Tiene cuarenta y seis años.Él solo mantiene a su pequeña hija Naomi Sayuri Gil Santiago, de ocho años de edad, quien tiene dislexia, déficit de atención, disminución visual y auditiva, motivo por lo que requiere médicos especialistas, medicinas y terapias de lenguaje, entre otras. Su trabajo como bolero ambulante no le alcanza.

Pidió a las autoridades de los gobiernos estatal y municipal que le permitan trabajar honradamente, como lo ha hecho desde siempre, boleando zapatos en plaza de armas, ya que es una garantía constitucional, es un trabajo honrado y le permite satisfacer sus necesidades y las de su pequeña:

“Mi hija y yo estamos solos en Cuernavaca, y mi trabajo es lo único que yo tengo para sobrevivir y para darle a ella sus alimentos y escuela, vestirla, además de las terapias y medicinas que necesita; es una niña con capacidades diferentes”, explicó.

Raymundo Gil Salinas2
Raymundo Gil Salinas

La discapacidad de su hija

Raymundo es originario de Ecatepec, Estado de México, trabajó allá y en la Ciudad de México como documentador en autotransportes, también fue policía y aprendió a hacer paletas. Llegó con su esposa hace más de 15 años a Cuernavaca, en donde puso una paletería. Le fue muy bien en un tiempo pero después su situación se complicó al grado que hace cinco años su esposa lo abandonó, dejándolo con su hija que en ese entonces tenía tres años de edad.

–Naomi tiene ocho años. Yo trabajaba mucho y no miraba nada anormal en ella, pero conforme fue creciendo pude darme cuenta que era distinta porque no escuchaba ni veía bien y no hablaba bien. Después de muchos años y de acudir a hospitales y especialistas se le diagnosticó síndrome de Asperger, déficit de atención, problemas de lenguaje, de audición y de la vista, y desde ese momento hemos acudido con médicos, con psicólogos, con el psiquiatra y a terapias, en el Hospital del Niño Morelense y en otras instituciones.

Este padre soltero se quejó de que en las escuelas especiales donde ha estado su pequeña, los maestros sólo ven números y datos. Diagnostican a partir de estudios, condenan a las personas a una vida aislada porque tratan con personas con capacidades diferentes.

–Algunos doctores no ven el lado humano a pesar de que trabajan con humanos. En el caso de mi hija, le dieron un diagnóstico de déficit de atención, dislexia y otros problemas pero yo insistí mucho en que la pequeña entrara a una escuela “normal” para que pudiera convivir con los demás niños y fuera tratada como los otros, para que ella hiciera el esfuerzo y se incorporara a una sociedad en donde hay una mayoría sana. Fui muy necio y por fin, gracias a Dios, Naomi va a entrar a la escuela federal “20 de Noviembre”, que es una escuela normal. Ahí yo me comprometí a entregar a la dirección los resultados de una prueba en la que se explicaran sus fortalezas y debilidades para que las los maestros, a partir de este diagnóstico, le ayudara a trabajar estos aspectos.

Durante cuatro semanasRaymundo llevó a su niña a la Universidad Autónoma del Estado de Morelos y las psicólogas le practicaron un test psicométrico denominado Escala Wechsler de Inteligencia (WAIS). La primera semana de julio los especialistas ya tenían los resultados, pero Raymundo no ha podido recogerlos porque le faltaban seiscientos pesos, los cuales piensa juntar antes del inicio del ciclo escolar para llevarlos a la directora de la primaria, como se lo exigieron.

Raymundo Gil Salinas
Raymundo Gil Salinas

Una situación económica complicada

Hasta antes de que el gobierno del estado prohibiera a los ambulantes vender en Plaza de Armas (porque la remodelaría para darle una imagen turística “internacional”), Raymundo ganaba entre 120 y 130 pesos diarios, que apenas le alcanzaban para mantenerse él y a su hija.

Desde mediados de mayo, policías comenzaron a impedir a los vendedores que ofrecieran sus productos en el zócalo, y desde el 22 de junio hubo policías e inspectores que los retiraban de ese lugar y de las inmediaciones.

Raymundo explica que él, como todo el mundo, tiene derecho a trabajar en una actividad lícita:

–Yo ofrezco mis servicios en todo el centro, no soy vendedor, pero igual, vienen los inspectores y me quieren recoger mi caja y pues si me la quitan, me dejan sin herramienta de trabajo. Tengo que andar de escondiéndome de las autoridades y eso no me da chance de trabajar como se debe. Desde la segunda quincena de mayo ando ganando como cuarenta o cincuenta pesos diarios, todo el día, es decir, ni la mitad de lo que ganaba yo para sobrevivir con mi hija. Es algo que yo no entiendo del gobierno: nos prohíbe trabajar pero no crea fuentes de empleo.

Según él, como bolero puede transportar sus herramientas de trabajo a donde quiera que va, a terapias con su niña, al Hospital del Niño Morelense, o si va a recoger a la escuela a la niña también ofrece sus servicios. Si va al mandado carga con su caja y bolea, cuando lleva a Naomi, mientras ella es atendida él se pone a trabajar y se gana unos pesos. Su oficio le ha permitido aprovechar el tiempo para poder atender a la niña, de otra manera no hubiera podido estar cerca de ella.

El pago de la renta, la alimentación para él y su niña, su vestimenta y calzado, los pasajes que se necesitan para el médico y las terapias, las medicinas que no da el seguro popular y los gastos escolares son demasiado para Raymundo.

–Los sábados y domingos que ella no va a la escuela ni al médico ni a sus terapias nos echamos un “volado” y así decidimos si vamos a divertirnos a un lugar donde no cobren como el parque Solidaridad (ubicado la periferia de Cuernavaca). Ahí se divierte con los juegos y con algunos niños que llegan también los sábados y domingos. Yo voy ahorrando para comprarle a Naomi un dulce, un raspado para que lo disfrute. Bueno, eso era antes, cuando no nos prohibían trabajar en Plaza de Armas; ahora ya no hay chance de ir a divertirse, debemos trabajar sábados y domingos.

Muy solos los dos

Los abuelos de Naomi viven en el Estado de México, sin embargo los ve poco porque su papá debe trabajar todos los días y en últimas fechas sólo ha habido dinero para sobrevivir, no para viajes.

–Mi padre fue cargador en La Merced. ¡Fuimos quince hermanos! Y una de las cosas que nos decían fue que no agarráramos a nuestra familia de “paño de lágrimas”, a no dar molestias ni pedir nada. Mi padre nos enseñó a ser independientes desde niños. Todos teníamos que contribuir con dinero en la casa, dábamos gasto. Mi madre nos enseñó a cocinar, a zurcir, a hacer el aseo, todo lo sabíamos hacer. Yo envidio a las personas que le dicen a sus hijos:“no te preocupes, déjame a mis nietos y yo los cuido”, en mi caso no, mis padres viven lejos y no puedo hacer eso, ya son grandes y no estoy acostumbrado, por eso estoy solo con mi niña.

Una jornada ordinaria

–Me levanto a las cinco de la mañana, preparo el desayuno y el lonche de la niña, la dejo dormir un poquito más, arreglo su uniforme, lo plancho, me arreglo, me baño, preparo mis cosas del trabajo. Ahora sí, el despertador: cuarto para las seis, despertarla, que se asee, peinarla, dejarla bien bonita, y salir seis veinte o seis y media de la casa, para llegar a las siete y media a las escuela. Dejar a la niña, venirse a trabajar y comenzar a bolear y pedirle mucho a Diosito que los inspectores no nos quiten el cajoncito para poder trabajar. Regresar a las dos y media o cuarto para las tres por la niña, pasar a bolear otro poco más. Dirigirme al mandado al mercado, ir a la casa a hacer la comida. Cuando tenemos terapia, ir con la niña y llevar mi cajón para trabajar, regresar por la tarde, hacer las tareas, a las nueve de la noche a dormir. Nos dormimos temprano porque las desmañanadas son muy pesadas. La niña está siendo medicada y necesita descansar. La llevo al siquiatra y él le da medicina.

Raymundo Gil Salinas
Raymundo Gil Salinas

“El día más terrible de mi vida”

De acuerdo con el padre de Naomi, la niña está aprendiendo a ser autosuficiente. Bañarse, peinarse, arreglarse para ir a la escuela, para tener ordenadas sus cosas.–Gracias a la estricta educación de mi padre conocí el desapego. Mis catorce hermanos dábamos gasto en la casa, trabajábamos desde muy pequeños, nos hacíamos responsables de nosotros mismos. Comprábamos nuestra ropa, lavábamos, guisábamos nosotros. Todo esto se lo estoy enseñando a ella, a mi niña, para que no dependa de nadie. Sé que cuando sea grande, ella y yo nos separaremos, porque así debe ser. Ambos nos estamos enseñando, ella me enseña a ser paciente, responsable, me enseña a amar como aman los niños a sus padres, y ahí, soy un alumno suyo de primer semestre. Ella y yo aprendimos lo que es el desapego cuando su madre nos abandonó. Recuerdo que ese día yo llegué como a la nueve y media de la noche a la casa, llegué temprano porque normalmente regresaba como a las diez y media u once porque yo trabajaba mucho para mantener a mi familia. Entonces llegué y la vi en la banqueta del lugar donde rentábamos, tenía tres años mi niña, estaba llorando. La vi y me acerqué a ella y le pregunté que le pasaba y me dijo: “mamá se fue, ya no está con nosotros”. La metí a la casa, le puse su suéter y me salí a buscar a la mamá y hasta ahora no la he encontrado ni ella ha vuelto para ver a su hija. Obvio, nunca la iba a encontrar porque la vida en Morelos termina muy temprano. Este ha sido el día más terrible de mi vida.

El futuro

–Yo quiero que Naomi Sayuri sea una señorita muy hermosa. Que estudie, que se supere, eso es lo que quiero para ella. Quiero que yo mismo admire a mi hija. Pero hay algo que deseo con todas mis fuerzas y quizá no se cumpla: que un día ella y su madre se den un abrazo.