
Texto:Máximo Cerdio/Fotos: Ojocojo
Tetelcingo, Cuautla, Morelos.-El olor a muerto casi se puede tocar. Sale del fondo de la tumba y trepa por las paredes de tierra hasta las mesas de disección. Otra veces rompe el plástico negro de la bolsa y emerge como un buzo al que le falta el aire, se mete a la nariz de los peritos, se restrega en los overoles, brinca la zona prohibida y se lanza contra los periodistas y la gente que está detrás de las vallas.
“Nunca se te olvida por más tiempo que pase y por más muertos que sigas oliendo en toda tu vida. El olor permanece ahí, en algún rincón oscuro de la memoria. A veces cuando menos lo piensas, cuando estás solo, aparece y te inunda. Es un olor que te recuerda que no vas a estar todo el tiempo en este mundo. Ahora hay protectores, hace más de treinta años se trabajaba sin guantes, sin tapaboca y sin trajes de protección”, relataba un especialista forense.
“Uno cuando está vivo se preocupa por oler bien, pero una vez que uno muere llega a oler como ellos, ese olor a podrido es nuestro, está dentro de nosotros, dentro de nuestra piel y de nuestros huesos. El cuerpo rechaza ese olor, pero si éste permanece uno lo va asumiendo; el organismo se adapta a ese olor, se le reconoce, la inteligencia le da un origen, lo explica y lo asimila, de tal manera que puede uno trabajar con los cuerpos o ingerir alimentos sin que a uno lo distraiga; esto no quiere decir que uno se vuelve indiferente, sólo se trata de un mecanismo humano, de la conciencia, de la inteligencia”, explicaba un perito de la PGR mientras toma un descanso fuera del área de seguridad.
Por primera vez en la historia del estado se reexhumaron117 cuerpos en una fosa común y por vez primera en México y en la entidad, la Universidad Autónoma de Morelos (UAEM) participó con un equipo de especialistas en este hecho y en el análisis, identificación, toma de muestras y obtención del ADN de los restos mortales.
Fueron parte del proyecto la Procuraduría General de la República (PGR), la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), la FiscalíaGeneral del Estado de Morelos (FGEM) y la UAEM, además de los familiares de víctimas desaparecidas del estado y de otras entidades como Nuevo León, Michoacán y el Estado de México.
Esta es una relación de hechos fundamentales y accesorios que ocurrieron durante el desentierroen este pueblo donde los muertos no pudieron descansar en paz.

Antes se sembraba maíz, ahora muertos
La fosa común –que se dividió en dos hoyos de aproximadamente 3 metros de con siete centímetros de profundidad– está en el panteón “Las Cruces”, del paraje o predio El Maguey, en este pueblo localizado al norte de Cuautla, Morelos.
Se ubica dentro de una zona extensa, de varias hectáreas, a orilla de un camino de terracería por el que, pasando un potrero y variosamplios terrenos de siembra, se llega aTetelcingo.
Por los lados también hay más parcelas en los que los comuneros cultivan maíz, principalmente.
En esa sepultura, de acuerdo con el fiscal general Javier Pérez Durón, se inhumaron 116(el conteo final fue de 117) cadáveres de personas fallecidas entre 2010 y 2013, no reclamados ni identificados, que se encontraban en los anfiteatros de Cuernavaca y Cuautla (zonas metropolitana y oriente respectivamente).
También dijo que eran 118, pero en marzo de 2014 se abrió por primera vez la tumba y en diciembre de ese año se entregaron los restos de Oliver Wenceslao Navarrete Hernández (secuestrado el 24 de mayo de 2013 por un grupo armado en Cuautla)a susdeudos, y también los de una maestra, al parecer secuestrada y asesinada por sus captores.
En Cuautla sólo hay dos panteones regulares, los demás (21), incluyendo éste de Las Flores, son irregulares, según el alcalde perredista Tadeo Nava.
Previo a la exhumación
Desde el sábado 21 de mayo, personal de las FGE instaló una lona amarilla (de esas que se usan en la ferias) sobre la fosa común. El domingo la levantarían sobre algunas bases de fierro y la clavarían alrededor para evitar que se mojara con la caída de agua y para taparla de las molestas miradas de los periodistas.
La FGE dio a conocer medidas estrictas de seguridad en cumplimiento de los protocolos de cadena de custodia de la Procuraduría General de la República (PGR), para preservar el lugar y evitar que personas no autorizadas deambulen innecesariamente por el sitio, impedir la manipulación de objetos que pudieran servir de indicios o evidencias, o se desechen objetos que pudieran tener relación con la investigación, así como que alguien toque los cuerpos o restos humanos.
El domingo 22 de mayo continuaron los trabajos de acondicionamiento por la Fiscalía, del gobierno del estado, que instaló un módulo de atención a familiares de víctimas, y de la UAEM, que puso carpas para comedores, para conferencias de prensa y llevó vehículos, ambulancia y pipas de agua.

La ciencia y la muerte
La Comisión Científica de Identificación Humana (CCIDH) de la UAEM participó con cinco científicos y varios auxiliares en la exhumación, análisis, revisión e identificación de los cuerpos. Los peritos de la Fiscalía –muchos de ellos muy jóvenes– triplicaban a los universitarios.
Cerca de las 11 de la mañana se podía observar a más de treinta personas moviéndose como engranes de una enorme máquina que revisaba restos humanos.
La “mano de chango” de un trascabo descendía con una camilla atada. Dentro del hoyo, personal de la FGE levantaba el cuerpo envuelto con dos capas de plástico, uno transparente y otro negro y lo acomodaba en la camilla. La extremidad metálica subía la bolsa y la depositaba en la superficie, a la orilla de la fosa, donde dos personas lo recibían para acomodarlo en una celdilla; ésta era subida a una mesa de acero donde médicos legistas y otros profesionales esperaban los restos y abrían las bolsas para verificar el contenido.
Esta revisión no duraba más de 10 minutos, pero cuando había particularidades como tatuajes, deformaciones, prótesis, lesiones, los médicos legistas y los criminalistas se tardaban el doble de tiempo.
Una vez inspeccionado el cadáver, se pasaba, con todo y bolsa negra, a otra mesa en donde también era explorado: se analizaba la dentadura del occiso y se sacaban piezas dentales en buen estado; también pequeños pedazos de cartílago y hueso largos, el fémur, por lo común, que se cortaba en trozos para hacer pruebas de ADN.
Ya que las piezas eran embaladas para su análisis, se procedía a identificar el cuerpo y se depositaba en una bolsa con su identificación. Los restos se introducían en las camionetas del Servicio Médico Forense (Semefo) y más tarde serían llevados a unas criptas pagadas por el gobierno de Morelos en Jardines de Recuerdo, a unos 20 kilómetros de ahí.
Este procedimiento inició con el primer cuerpo, extraído a las “12 horas con 23 minutos del martes 24 de mayo de 2016”, según lo comunicaron en conferencia de prensa los parientes de desaparecidos. (A las 11 horas con cuatro minutos se exhumaría el último cadáver, el 117, de acuerdo con el conteo de familiares de desaparecidos.)
Peritos y auxiliares deambulan por los alrededores de la zona prohibida somnolientos. Sobre todo, después de la comida no era raro ver a uno que otro “desparramado” en alguna silla, durmiendo.
–Es un trabajo técnico, desde luego, nos concentramos en observar y examinar, pero no poreso se nos olvida que estamos trabajando con restos humanos. Uno debe ser respetuoso con ellos. También soy madre y me imagino el dolor por el que están pasado las mamás que están aquí y que han perdido a un ser amado –explicaba una perito.

La vigilia y el dolor
Cuatro o cinco familiares de víctimas desaparecidas permanecían detrás de la cinta amarilla de seguridad. Anotaban en hojas datos dictados por los especialistas de la UAEM.
Una o dos venían de Nuevo León; estaban allí porque tenían la esperanza de encontrar a sus parientes.
Entre ellos se encontraban María Concepción Hernández Fernández y Amalia Alejandra Hernández Fernández, madre y tía, respectivamente, de Oliver. Estas dos mujeres obligaron a la Fiscalía a abrir por primera vez la fosa común, en marzo de 2014, para rescatar el cuerpo de su pariente.
–Busco a mi hijo. Tiene un tatuaje grande en el hombro y brazo, y cuando los peritos mencionan que hay un tatuaje en algún cuerpo yo me angustio porque pienso que es mi hijo –dijo Marcela Yáñez, madre de Isaac Jair Villanueva Yáñez, durante una conferencia de prensa en Tetelcingo.
También participaba como observadora la sociedad civil, representada por Valentina Peralta Puga, coordinadora de la Red Eslabones por los Derechos Humanos.
Al pie de la tumba, esperando y anotando, también estaba Tranquilina Hernández Lagunas, madre de Mireya Montiel Hernández, desaparecida en Cuernavaca en 13 de septiembre de 2014. A petición de ella, un juez ordenó al fiscal general permitiera la coadyuvancia de los peritos de la UAEM en el proceso de reexhumación de los cadáveres.
Mensajes para quienes no están
Familiares y conocidos de desaparecidos que no pudieron estar frente a la fosa escribieron en cartulinas mensajes a sus seres queridos. Palabras de bienvenida, frases de cariño destacan en la reja de metal resguardada por los policías sin voz, con tapabocas baratos:
“Su camino incierto hoy termina. Su regreso es la luz en medio de la oscuridad. Se abre el hoyo que los asfixiaba y respiran. El aire que les arrebataron. Bienvenidos”.

Las buscadas imágenes
El lunes 23 de mayo un grupo de más de cincuenta expertos llegaron al lugar donde se realizaría la extracción de los cuerpos. Llevaban bolsas, cajas con material para realizar sus respectivos estudios. Se acomodaron en una carpa instalada a un lado del boquete, se vistieron sus overoles blancos, guantes y tapabocas y se quedaron ahí, sentados o deambulando en la zona asegurada, porque ese día “no hubo muertos” que examinar.
Los fotógrafos y camarógrafos hicieron sus tomas atrás de la primera zona de seguridad delimitadas con una cinta amarilla y una rejas de metal movibles. La idea era evitar que se hicieran fotos y videos gráficas que expusieran a los cadáveres y ofendiera a los parientes.
Los periodistas se las ingeniaron para subirse sobre sillas y escaleras para obtener la imagen, aunque no alcanzaban a captar con claridad los detalles.
El lunes solamente se abrió la primera fosa en la que durante cinco días se encontrarían 53 cadáveres (en los registros de FGEM sólo había solo 52).
Para el martes 24, la Fiscalía amplió, sin acuerdo con los demás participantes, el perímetro de seguridad siete metros más. Los fotógrafos se enojaron porque esta distancia los dejaba con menos posibilidad de conseguir sus instantáneas y se quejaron; pero resolvieron el problema con un camión cisterna de la UAEM. Se subieron sobre la salchicha y de ahí realizaron tomas.
Aunque se encontraban a una distancia de más poco menos de veinte metros, los lentes sí lograban captar el proceso de exhumación y análisis de los cuerpos.
Algunos soltaron sus drones –prohibidos– que como zopilotes electrónicos escaneaban desde el aire el sitio de la excavación. Un trabajador de la fiscalía siguió a uno de estos objetos voladores hasta llegar a donde un joven lo manipulaba desde un control remoto. Según el muchacho, el oficial le dijo que estaba prohibido grabar con esos aparatos y le quitó las pilas al dron: “Las imágenes que había captado se borraron porque no pude respaldar”, explicó.
Periodistas condiarrea
Varios reporteros y fotógrafos que cubrieron este hecho durante dos o más días enfermaron del estómago, a pesar de que se vacunaron contra el tétanos y la tifoidea.
–Nos enfermamos de chorrillo. No fue la comida, hermano, fue la mala vibra que hay ahí, en un lugartan pequeño, es la mala vibra concentrada en un sitio. Hay que ir a Tepoztlán a que nos den una rameada.
Hubo quejas del personal de la Fiscalía porque los reporteros se amontonaban cuando se descubrió la primera bolsa y cuando se extrajo el primer cadáver. El tercer día había pocos representantes de medios de comunicación, el cuarto, uno o dos fotógrafos.
“El show acabó”, fue la frase que empleó un trabajador de la Fiscalía que caminaba rumbo a la entrada de la zona restringida para el público en general.

Sin novedad
Los policías que cuidan la fosa están visiblemente cansados, apenas se pueden sostener parados. Bajan la vista o voltean la cara para evitar la plática con las personas que no tienen uniforme igual al suyo. Están ahí durante el sol de más de 36 grados que todos los días cae sobre este terreno ejidal, que abarca varias hectáreas donde se localiza la fosa y en el cual sólo hay un tristísimo árbol para resguardarse.
Del domingo al lunes aumentó el número de elementos policiacos; antes sólo había cuatro o cinco cuidado la fosa. Más de veinte resguardan la línea de seguridad; otros apenas se distinguen, aburridos, a veinte o treinta metros.
Hay policías entrando y saliendo de la zona prohibida, pero los que tienen que estar 24 por 24 son los más afectados por el sol y por la tierra que se les enreda en las pestañas y se les mete en los agujeros de la nariz cuando el aire levanta con sus manos campesinas sus remolinos de cañas de maíz y polvo.
–Sin novedá. Mucho polvo por acá y mucho frío por las noches. A veces hace aire y chifla por las noches. ¿Oiga y si encuentran a algunos de los muchachos de Ayotzinapa? Sí, huele muy feo, a nosotros nos dieron tapabocas, pero la verdá es que no tapa mucho, cuando hace aire huele mal, pero cuando los abren, cuando cortan las bolsas es cuando más apesta, depende si el aire va o venga, de eso depende. Mi mujer se enoja porque llevo mi ropa oliendomal, pero no le podemos hacer nada, es mi trabajo, ya le dije que una semana y ya vamos a pasar de una semana, se enoja porque le talla y le talla y todavía sigue oliendo mal, pero ni modo, es el olor de la gente muerta. No es lo mismo una gente que muere, que uno ve que está tirado en la calle y muere, tiene un olor, porque yo he estado cerca de algunos atropellados o ejecutados, pero este olor a muerto viejo es distinto. Ya no se quita.
Una mañana, poco antes de las siete, que es cuando la mayoría del personal llega a limpiar las carpas y a registrarse para ingresar a la fosa, un uniformado confundido con el color plomo de la mañana se fumaba un recuerdo, mientras a lo lejos el Popocatépetl, desvelado y silencioso, lanza fumarolas por su cráter.